Atentado histórico
Enero de 2006   B.I.M.

Únicamente debería hablarse de lo que uno sabe. Así que yo voy a hablar de la Glorieta, de nuestra Glorieta. No es que sepa algo de arquitectura o arte (todavía puedo distinguir el clásico del clasicismo, pero sigo sin saber hacer círculos perfectos a mano alzada); de lo que yo voy a hablar es de las palabras y de cómo, por medio de ellas, se embauca al pueblo en una absoluta mentira que solo puede ser considerada de atentado histórico.

Vayamos a los hechos. Y los hechos son el DRAE, última edición, pertinentemente digitalizada y volcada en mi ordenador portátil. La definición de parque, según la Academia, es un «terreno destinado en el interior de una población a prados, jardines y arbolado para recreo y ornato». Sin embargo, la definición de parque para nuestro Ayuntamiento bien podría ser otra. Por otro lado, la definición de glorietapara la RAE es, en su primera acepción una «plazoleta, por lo común en un jardín, donde suele haber un cenador» y, en la segunda acepción, una «plaza donde desembocan por lo común varias calles o alamedas».

Y aquí viene el segundo hecho, el más evidente, correlacionado con el anterior: solamente voy a escribir de lo que sé. Eso ya lo he dicho al principio. Y sé que soy noveldense; de hecho, casi con total seguridad soy de las últimas personas (por no decir la última) nacidas dentro de los límites de esta ciudad. Nací hace algunos años (pocos, según la mayoría; muchos, de acuerdo con mis pequeños alumnos de solfeo) y he asistido, asombrado y con un deje de pesadumbre en los huesos, a las últimas evoluciones de la Glorieta que, ante todo, no lo olvidemos, dejó de ser hace mucho tiempo un parque para devenir en el centro social de nuestro pueblo. Por eso la última remodelación tiene para mí esa carga de atentado histórico con el que he titulado mi artículo.

Recuerdo los escalones de piedra, recuerdo que me caí de ellos y que hay un diente por algún lugar de mi casa que me lo recuerda todavía; recuerdo el gigantesco tablero de ajedrez, los hierros, la fuente, los árboles, esos bancos frescos a la sombra de un otoño de hojas crujientes. Recuerdo muchas cosas. Cada cambio de la Glorieta supuso, con total seguridad, una gran suma de dinero. Quizá el mayor derroche vino con el mencionado ajedrez, siempre inservible, siempre sin utilizar. Pero la estética siguió igual en esta Glorieta de finales del siglo XX que añorará siempre la Glorieta antigua, la de mis padres y mis abuelos, esa Glorieta que era glorieta de verdad y que el Belén municipal se encargó de inmortalizar para siempre las pasadas navidades.

No obstante, y a pesar de los cambios, la Glorieta se podía seguir llamando parque. Había dejado de ser glorieta para ser un parque. Ahora no, ahora es un canto al mal gusto, a la ética y, ya que yo voy a hablar solamente de lo que sé, a las palabras. Nada queda de la definición de parque en la mentira que nos intentaron colar (y que a algunos les coló profundamente): ni prados, ni árboles, ni jardines, ni nada. Solo carteles prohibitivos y un suelo de piedra que podrán estar puliendo para toda la vida.

A las semanas de la inauguración de la Glorieta, yo, que por aquella época quería hacer de la bicicleta mi mejor compañera, me encontraba cruzando la plaza (definitivamente esa es la palabra correcta) con mi nueva amiga. De pronto, surgida de la nada, una señora me dijo que no se podía ir en bici por la Glorieta. Yo, ferviente amante de las palabras, le recriminé que no iba en bici sino con la bici. Ella no supo qué contestarme y yo la dejé ahí, plantada como deberían seguir plantados todos los árboles que arrancaron, que nos arrancaron. Como nuestro querido abeto, acusado de alguna terrible enfermedad, que tuvo que ser sacrificado en honor a cualquier mueble contrachapado de esos que venden por piezas en algún centro comercial. Triste, muy triste, que el lugar que más personas congregaba en el pueblo se haya convertido en un ruin solárium que es la vergüenza de la ciudad. Pero yo seguiré hablando de lo que sé, por supuesto.

Y sé de sobra lo que es un templete y eso, eso que hay ahí en medio, rodeado de columnas agujereadas, no lo es. Regresemos al DRAE. Definición de templete: «pabellón o quiosco, cubierto por una cúpula sostenida por columnas». ¡Cúpula! Espero que la larguísima carrera de Arquitectura tenga un hueco para mostrar esa definición a los alumnos. Si no tiene techo, no es templete. ¿Por qué? Porque no se puede realizar ningún concierto de música sin recurrir a los artilugios de la técnica (incluyendo espectáculos de luz y sonido) que siempre van en contra de la calidad del directo. La mentira dice que ya lo pondrán, que dentro de poco habrá cúpula… Mentiras, como siempre, una tras otra. No se puede colocar una cúpula sin antes rebajar un poco la altura de las columnas. Son temas de la acústica, del bien hacer. Cosas estas, las del bien hacer, poco conocidas en la línea arquitectónica y urbanística de nuestro pueblo durante los últimos años.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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