Novelda en El asesino del pentagrama
Julio de 2014   BETANIA

Una de las máximas que siempre se comenta en cualquier curso de escritura es la de escribir sobre lo que uno conoce. Eso no quiere decir que un historiador, a la hora de hacer novela, tenga que poblarla de historiadores. O que un mecánico tenga que inventar una historia que transcurra entre bujías y monos de trabajo. Que también podría ser, claro, porque al final, para contar una historia, necesitamos eso mismo: una historia. Porque ¿qué habría sido de nosotros si Jules Verne hubiera decidido hablar solo de lo que conocía? Cuando escribí El asesino del pentagrama (editorial Cuadernos del Laberinto, 2012), tenía claro que la historia trataría sobre la figura de Bach y esos enigmas que iba sembrando en sus partituras (el hecho de firmar con las letras de su apellido transformadas en notas, la presencia de la numerología en sus obras y en su vida…). Aunque soy músico y conocía la obra de Johann Sebastian Bach, tuve que documentarme para que el lector se creyera que el personaje principal y narrador era un profesor de Historia de la Música. Es el segundo paso antes de crear una novela: que tu personaje sea creíble y que su mundo sea perfectamente aceptado como verosímil por cualquier lector.

En un primer momento, en la génesis inicial del libro, quise hacer una novela histórica, una novela que transcurriera en la época de Bach. Igual de negra y criminal, pero durante el siglo XVIII (al estilo de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, o La cena secreta, de Javier Sierra, salvando las distancias, por supuesto). Eso hubiera incrementado la documentación: la Alemania de la época, el vestuario de palacio, cómo vivían en las ciudades de Sajonia por aquel entonces, etc. Por supuesto, todo eso me tocó leerlo en las múltiples obras sobre J. S. Bach que leí durante el año y medio que estuve preparando la trama. Pero luego me acordé de otra vieja máxima de los cursos de escritura: escribe aquello que te gustaría leer. Y a mí no es que me gusten demasiado las novelas históricas. Así que El asesino del pentagrama tenía que desarrollarse en el presente. Que ocurriera, además, en Del Monte, trasunto literario de nuestra Novelda, fue el siguiente paso.

¿Por qué «Del Monte» y no directamente «Novelda»?, me preguntaron algunos. Para ganar libertad. Para poder sembrar de guiños la historia. Para que nadie viera un manual turístico fidedigno en el libro. Y, así, transformé nuestro Conservatorio «Mestre Gomis», donde transcurre buena parte del libro, en el «Maestro Alcaraz», en homenaje, obviamente, a Alberto Alcaraz Burgada, maestro de maestros y genio guitarrista de nuestra ciudad. Pero incluí otros lugares, como cafeterías, heladerías, pubs o restaurantes, con el nombre y la descripción que podemos ver nosotros mismos cuando paseamos por estas calles. Es más, desde 2012 a hoy, algunos de esos lugares han sufrido reformas, caso del pub irlandés de la Glorieta, que ni se llama como aparece en la novela ni tiene ya una barra larguísima para que se acode en un extremo nuestro protagonista a hacerse cubatas de ron. Me gusta pensar que esos lugares que ya no están o han cambiado siguen vivos en la novela, porque para eso también sirve la literatura.

Lo mismo pasó con el conservatorio. Ha cambiado mucho respecto al que se describe en la novela. Ahora, la garita del conserje no es un espacio minúsculo donde chocarse si hay más de una persona dentro, sino un diáfano lugar que ya hubiera querido para sí Eduardo, el conserje de mi «Maestro Alcaraz». Quizá, quién sabe, en una próxima novela podamos verle disfrutar del cambio.

Solo aparece un nombre real en la novela que coincida con su descripción. Juan, el dueño de un conocido restaurante de la avenida de la Constitución, alguien que es un artista de la cocina y un experto en el trato personal que se merece la mejor de las suertes. Todo el capítulo 6 transcurre en su restaurante. Y los personajes quedan tan encantados con ese dulce de tomate casero como podemos quedar nosotros (y el director de este Betania lo sabe bien) si vamos a allí.

Iba a haber otro nombre real, pero por circunstancias tuve que cambiarlo. Otros personajes sí aparecen con una descripción que pudiera asemejarse a la realidad, pero con otro nombre, otras características y, por supuesto, sin tener nada que ver con la realidad, puesto que estamos ante una obra de ficción.

Otros lugares de nuestra Novelda, como la avenida o la calle Elda (con el secarral plantado de oliveras), salían tal cual, pero inventé algunas calles o cambié de sitio otras en función de las necesidades de la trama. Incluso, por si hubiera dudas, enclavé ese Del Monte en el valle del Vinalopó, cerca de Elda y no muy lejos de Alicante, con una iglesia barroca igualita hasta en el nombre a nuestra parroquia de San Pedro (ahí hay que reconocer mi deuda con ese espléndido y completísimo libro que Pau Herrero y Vicent Pina le dedicaron) y a la sombra de los restos de un castillo medieval.

En este caso, podría decirse que el Del Monte de El asesino del pentagrama es un personaje más. Al principio, el lugar en el que recae David Busquiel para alejarse de su exmujer y labrarse un nuevo futuro. Al final, para todos (para el sargento Beltrán, para Laura Esquembre, para los otros profesores del conservatorio), la ciudad de Del Monte es la prisión shakesperiana que les encierra y les agobia. Y ese conservatorio (que podría haber sido un centro de salud o un instituto), la cáscara de nuez, el lugar donde sufrir, amar, convivir y subsistir.

Echando la vista atrás, no he sido yo mucho de ambientar en ciudades reales mis historias. Prefiero los lugares anónimos, aquellos donde los personajes y sus conflictos pesan más que el lugar en el que habitan. Sin embargo, en lo que estoy escribiendo ahora he vuelto a Del Monte, no ya como personaje sino como necesidad literaria. Necesitaba un pueblo, un instituto y un grupo de jóvenes que empezaran a vivir su vida soltándose de la cadena de sus padres. Y me vino a la mente ese Del Monte. Volveré a utilizar algunos guiños y lugares inventados de El asesino del pentagrama: al tratarse de jóvenes, volveremos a esa estación de autobuses próxima a la rotonda de los médicos. Me gustó imaginármela (de mármol y con techos altos, con el escudo de la ciudad en la entrada), y me consta que a otros muchos también.

No es esta una historia que continúe la de El asesino del pentagrama, aunque sea de misterio y transcurra en Del Monte. Quizá, es posible, hasta los personajes de esta se crucen con los de aquella, en un guiño propio y ajeno. Porque no hay nada mejor que leer y reconocerse en lo que se lee, bien sea porque el lugar nos suena o, mejor, porque nos vemos reflejados en esa historia y esos personajes.

Volviendo al curso de escritura: para mí, la escritura es un camino. Crear una obra literaria no es sentarse y esperar que las frases broten de los dedos, los diálogos surjan sin más y los párrafos se ordenen solos. El proceso de escribir es costoso. Hay que trabajar la idea, ver dónde cojea, crear los personajes y sus vidas (hacerlos verosímiles, completos, y eso vale para todos, desde el principal hasta el secundario más insignificante), crear la trama, saber adónde nos llevará. Incluso, pensando antes el final que el propio arranque de la novela. Y luego leer. Claro. Leer mucho. Y cuando uno crea que se ha cansado de leer, seguir leyendo. Porque así sabremos qué nos gustaría leer. Y siempre podremos empezar a escribirlo nosotros.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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