Píkaro: volver a casa
Julio de 2006   BETANIA

En los 90 fue la Máquina del Sur. Y antes el Saoro, el Casino… Cada época tiene su local. Cada juventud vive una contracultura. Pero cuidado; contracultura no quiere decir delincuencia. Contracultura es inconformismo, subversión, voluntad de cambiar, voluntad de expresarse. Ganas de hacerse oír, al fin y al cabo.

Mi generación tiene su Píkaro. Y el Píkaro las puertas abiertas.

Viernes noche. El escenario es Novelda. El protagonista no importa. No tiene nombre, como ninguno de vosotros. Es solo un ser anónimo que camina por la ciudad sin dirección alguna. No tiene edad. Eso tampoco importa. No viste ni de rapero, ni de rockero, ni de pijo. Viste de todo eso y más, porque lleva la ropa que quiere y esa persona anónima —que tampoco tiene sexo— no necesita que una marca le diga cómo tiene que vestir, cómo ha de andar o cómo tiene que comportarse. Esa persona solo es. Y camina. Continúa caminando. No parte de ningún sitio pero quiere llegar a buen puerto. Como todos, claro. Va al Píkaro. El viaje de sus piernas terminan en el Píkaro, en pleno centro de Novelda, a apenas doce cuartas de la Glorieta ―tampoco olvidemos que nuestro protagonista no tiene nacionalidad. Entra, y cuando entra es como entrar en casa. Se siente cómodo. Detrás de la barra, cuando Nacho termine de poner esa cerveza, se puede leer un papel que dice: «Abrimos cuando llegamos. Cerramos cuando nos vamos». Pero no es lo único que puede leerse, por supuesto. Por las paredes de madera cuelgan manifiestos, carteles, discursos poéticos de otros personajes anónimos. Y también hay Arte. David Seller hizo una exposición de fotografía y algunas fotos se quedaron, no querían irse, se encontraban a gusto. Como nuestro protagonista. Ha venido solo, pero ya está con alguien, entabla conversación con la gente. Se conocen ya. Todos se conocen. Y al que entra por primera vez se le quiere conocer. Y hablan. En el Píkaro hay un cartel que reza: «Prohibido hablar de trabajo». Faltaría más. Aquí se habla de cosas importantes. A nadie le importa quién ha sido expulsado de cualquier concurso televisivo. Quién se casó con quién en no sé qué telenovela. Suena buena música y la gente habla y no se dedica a seguir el ritmo dando bandazos con la cabeza como borregos. En este momento hay dos partidas de ajedrez en marcha. Gente que mira. Gente que comenta lo buena que es la canción que está sonando. Podría ser música en directo, algunas veces ha pasado; hoy solo es un disco que sale del ordenador. Ruido de vasos que se entrechocan, de gente que se saluda y se abraza. El futbolín no tiene descanso: se juega otra final de Copa y ya van nueve seguidas. Los dardos aciertan en la diana y hay un murmullo, una risa femenina que chapotea y baila. La gente está bien, disfruta. Nadie se mete con nadie. Nadie mira mal a nadie. Ahora imagina. Tú eres ese personaje anónimo. Vives en la ciudad. Tienes la edad que tengas. Estudias. Trabajas. Tienes aficiones. Escribes, pintas, bailas, dibujas, actúas. Las compartes. No tienes nacionalidad. Nadie la tiene. Imagina. Es jueves, viernes, sábado: una noche que se prevé diferente. Y estás caminando. Y tus piernas te llevan al Píkaro. Y tus manos empujan la puerta. Y estás dentro… Vuelves a casa. Bienvenido.

Durante la realización de este reportaje, nadie resultó herido, hubo muy buen rollo y fuimos cacheados por la Guardia Civil… Es el precio por ser libres. Es el precio por querer cambiar el mundo. Salud. Dedicado a los amigos ausentes.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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