Sí está, pero durmiendo
Julio de 2006   BETANIA

Decía el filósofo alemán Rainer Doigrosmaj, en uno de sus múltiples y desconocidos ensayos, que lo peor del mundo es que te despierten de la siesta. Tal vez la cita no es muy textual, pero es así como yo la recuerdo. Desde luego, el pobre hombre sabía de qué hablaba: murió mientras dormía la siesta. Pero quizá por aquel entonces, a mediados del siglo XIX, la siesta no se llamara siesta, del mismo modo que tal vez no se había convertido todavía en nuestro mejor deporte nacional, ese que siempre nos da medallas, ese con el que nunca nos cansamos. Así que, por favor, siempre que pregunten por alguien que duerme la siesta, acuérdate del pobre filósofo Doigrosmaj y responde: «Sí está, pero durmiendo…».

Lo que viene a continuación es una relación de todas las posibles siestas que se pueden hacer. Hay muchísimas más, cada uno tendrá la suya, pero aquí están las más importantes.

La famosa siesta del borrego. Se llama así porque los borregos duermen antes de comer (lo vi en un documental de La 2, lo juro), para coger fuerzas y comer más, ya que solo comen una vez al día. Los pobres… Los humanos hemos copiado ese comportamiento animal y algunos se dedican a dormir antes de comer. Es fabuloso dormirse oliendo la comida, todavía con el sabor de un buen vinito en el paladar. Si no es bueno el vino no importa. Es una siesta de sillón, un sueño rápido de apenas 15 minutos. Una siesta preferentemente masculina, puesto que desgraciadamente es la mujer la que está cocinando. Una siesta machista, pues ahorra al hombre el poner la mesa y ayudar en la cocina. En algunos ámbitos femeninos, esta siesta también es la «siesta del gandul».

La siesta de media mañana. Esta siesta tiene lugar los fines de semana, mañanas de sábado o de domingo que te levantas, por la inercia de la semana, antes de hora. Pasas de vestirte. Como mucho, si es invierno, un batín, si es que no tienes la calefacción al máximo. En verano, ropa interior, el equipaje oficial. Desayunas y, de repente, te entra una especie de modorra provocada por unas pipas regadas con cerveza helada. Estás en el sofá, viendo cualquier carrera de motos o de Fórmula 1 y solo te despiertas en los anuncios. ¿Por qué los ponen tan alto? Y vuelves a dormir…

La siesta del día de la Mona. El alcohol preside este tipo de siesta. Día de Mona. El día empezó con cerveza. Después paloma, cuando se acabó la cerveza. Después cerveza, cuando el menos ebrio fue a buscar más. Después chupitos de paloma con cerveza. Tal vez un gin-tonic. Y como entra bien te tomas dos o tres. Y entonces, cuando ya son las cinco de la tarde y tú ya estás para el arrastre, tus amigos, familiares y algún que otro conocido que se ha unido a la fiesta a última hora buscáis el lugar en cuestión para pegaros una buena siesta externa. Vale todo: junto a una acequia, a la sombra de un pino o una palmera, detrás del garaje del dueño del chalet. Lo único que quieres es dormir. Esta siesta de Mona es ideal para que se te vaya un poco la mona que llevas. Cuando despiertas, el sol está cayendo por detrás de las montañas y todo lo cura un par de gelocatiles (a ser posible, intentad no mezclarlos con más cerveza…) y un buen chocolate con mona. La ventaja de esta siesta es que mientras duermes no bebes. Eso que te ganas. Así te evitas terminar arrodillado ante el Roca, contándole la borrachera cruel…

La siesta del furgón. Esta siesta es totalmente conocida por el gremio de los repartidores. Todo el mundo ha visto a un repartidor dormir. Creo que es el primer recuerdo que tengo de niño: una furgoneta de reparto y un tipo durmiéndola a gusto, con media camisa desabrochada y una cadenita de oro de la virgen del Carmen. Los hemos visto dormir donde sea; siempre dentro de su furgón, claro. Delante de las tiendas, reflejados en los escaparates. Pero los buenos repartidores conocen las zonas preparadas para dormir. Son como un coto de siesta. Y así los podemos ver en pinadas o en descampados, con todas las puertas del furgón abiertas, los pies fuera y los ronquidos que se escuchan a cien metros a la redonda. Esas siestas duran una hora por lo menos y suelen estar ambientadas con esa música tipo Camela que venden en las gasolineras.

La siesta del Tour. También podría llamarse «siesta de los documentales». Depende de la época del año en que nos encontremos. Nos sentamos a ver la etapa del día y a los pocos minutos estamos durmiendo… No conozco a nadie que se haya tragado una etapa entera. Son demasiado aburridas. En los documentales, aunque sean sobre los caballitos de mar, siempre aparece un león cazando una gacela. ¿Se han dado cuenta? Eso le da emoción a la cosa. ¿Escapará? ¿Lo pillará? El Tour de Francia siempre es igual. Seguro que dejaron de hacerlo cuando Induráin ganó el último y nos siguen poniendo los mismos. Nadie se daría cuenta… Y, claro, encima que nos sentamos a ver el Tour, siempre nos despertamos cuando ha terminado la etapa y las mozuelas de amarillo reparten besos y ramos de flores a los ganadores.

La siesta de las tres horas. Esa de la que te despiertas solo en casa, como abandonado. Incluso está casi anocheciendo. Y te sientes mal por haber malgastado la tarde. Y te sientes bien por haber dormido tanto… Son las siete y media pasadas y lo único que te entra en el cuerpo es un buen ron con cola, de esos que sabes preparar tú, con mucho ron y poca cola.

Etapas de la siesta. La primera es la silla donde acabas de comer. La tele de fondo, con alguna estupidez de programa de sobremesa o alguna película de bajo presupuesto. Al quinto cabezazo te vas al sillón. Segunda etapa. Algunos terminan aquí. Otros, buscando una mejor comodidad, buscan una tercera etapa en el sofá. Esto empieza a ponerse serio. Estiramientos. El problema es que todo te molesta. La tele sigue encendida, el lavavajillas está en marcha y hoy suena más que nunca. El perro ladra. El canario canta. A los niños, sobrinos o nietos les da por montar una batalla a los pies del sofá. Al final acabas yéndote al dormitorio, buscando la etapa final: la cama. Para disimular, nunca te metes dentro. Tapado con una mantita y completamente vestido, eres un pequeño universo sin satélites, ni planetas, ni estrellas. Únicamente tú. Pero el perro sigue ladrando…

La siesta del pino. Gafas de sol como única protección para las gotas de resina y sentado en una de esas sillas plegables de playa, cierras los ojos. De vez en cuando los abres, miras el cielo y las nubes pasan veloces. Poco a poco vas durmiendo. Tranquilidad total. La banda sonora la ponen unos cuantos grillos descompasados. La mente se separa del cuerpo. La respiración que sientes parece no ser la tuya. El viento mueve la copa de los árboles. Estás en otro mundo. Más que una siesta es todo un viaje.

La siesta en la playa. Te bañas después de comer, para darte el último remojón. Nunca te creíste lo de la digestión y esperar hora y media. Te tumbas en la toalla, sobre el cojín de arena previamente fabricado. La brisa del mar te acaricia. El sol te impide abrir los ojos. El sabor del bocadillo de tortilla y la ensaladilla rusa (comida oficial de la playa), el gusto de la cerveza y las patatas fritas… El fondo son las risas de los niños y la conversación del vecino de Madrid, el manso ruido de las olas. No piensas en nada. El mundo es tuyo. Hay una variante de este tipo de siesta: la siesta en la piscina (también conocida por algunos autores como “la siesta del Poli”). En este tipo de siesta, la arena se sustituye por hierba y los insoportables madrileños de al lado por moscas (o por la suegra, en el caso de cada cual).

La siesta noveldera. Típicamente nuestra, por supuesto, como su nombre indica. Esta siesta suele ser de interior, ya sea en la huerta o en el pueblo. Una siesta completamente veraniega, claro está, con la ventana abierta, llena del sonido de las máquinas serradoras de mármol, repleta del olor a azufre y a abono. Una siesta que nos trae la brisa cercana del río Vinalopó o los sinsabores del Clot, una siesta que tiene como telón de fondo cualquier calle de Novelda, con el sonido de los niños jugando a la pelota (esos nunca duermen siesta…) o algún llanto de bebé que se cruza en nuestro sueño. La siesta noveldera, con el Betania en el pecho, siempre termina con las campanas de San Pedro, con un irresponsable tirando cohetes por ahí o con una charanga que se lleva a dormir a los últimos festeros.

La siesta en compañía. En todos los manuales sobre la siesta consultados para la realización de este artículo se dice que la siesta es solitaria, pero como soy yo quien hace este artículo propongo un nuevo tipo de siesta: la siesta en compañía. Realmente es muy complicada, ya que tu compañero o compañera tiene que estar compenetradísimo contigo. Y, desde luego, no dedicarte a pensar si el de al lado duerme o no. Simplemente dormir. Olvidarse todo. Y despertar… Lo mejor de la siesta en compañía es despertarse al lado de esa persona tan especial… Y aquí que cada uno piense lo que quiera, porque hay niños delante.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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