Suena la banda
Julio de 2005   BETANIA

Soy músico. Lo he sido siempre, desde el gugu-tata, desde el primer diente que se te cae hasta la primera chica que te dice que no. Siempre he sido músico. Incluso en fiestas de Novelda. Y SÍ, se puede ser músico en fiestas de Novelda. Se puede disfrutar de las fiestas sin ser de ninguna comparsa, porque por encima de ser de Astures, Mozárabes u Omeyas, uno es músico y lleva como chilaba un pantalón azul marino y una camisa blanca. Porque por encima de ser de Beduinos, Piratas o Damasquinos, uno es músico y se sabe de memoria más de quinientos pasodobles y otras tantas marchas moras y cristianas.

Y por extensión, por supuesto, por encima de ser músico, está el ser persona. Aunque ustedes vean a veces una maraña de camisas blancas a la salida de un desfile, el instrumento en una mano y el cubata en la otra, nosotros los músicos tenemos vida propia. Nos vamos a casa, nos cambiamos de ropa y nos vamos de marcha. Luego volvemos a la comparsa y casi sin dormir acudimos a la despertà, citados a las nueve de la mañana y empezando a las once porque los festeros se han quedado dormidos o porque el encargado de comprar los petardos no lo ha hecho.

El músico, en fiestas de cualquier pueblo, desayuna café frío o chocolate hirviendo y magdalenas del día anterior —siempre son del día anterior, incluso el día anterior—. Comemos a las cinco y cenamos a las siete. La siesta en una silla, y los afortunados en el asiento trasero de una C-15 y no vayan a pensar mal, ¿eh…?

Sin embargo, luego están los buenos momentos… En una de las fotos de este artículo, se ve a la reina de las fiestas del año pasado con las baquetas de Elena, compañera de La Artística, y junto a una trompa de la sociedad musical Santa María Magdalena, las tres amigas «desde Puerto Rico, San Juan», que dice aquella antigua canción de los poetas.

Es algo que hay que hacer para ocupar el tiempo: hablar, porque la espera es siempre larga y eterna como el sueño. Y si al músico le toca esperar a los festeros, a estos les toca esperar a las Autoridades. No obstante, por lo general, nosotros, los músicos, estamos más acostumbrados: la espera es algo inherente a nuestro espíritu. Al acto que empieza a las 19:00 horas en el Programa de Fiestas, el músico es citado media hora antes, los festeros llegan media hora después y, finalmente, empieza, con mucha suerte, a las 20:00 horas. Pero eso no solo ocurre en Novelda, ni mucho menos, donde en ese sentido se suele ser puntual. En otras localidades, la espera media es aproximadamente de una hora y tres cuartos. Imaginen las conversaciones afables que dos músicos que no se conocen de nada pueden llegar a experimentar a la salida de un desfile de… yo qué sé… cualquier parte.

—¿Qué? ¿Todo bien?

—Pues sí… Aquí…

—Esperando…

—Como todos.

—Ya ves.

En fiestas de Novelda, los músicos charlamos holgadamente en los bancos de la plaza Vieja, antes de que salga el desfile hacia el Parque Auditorio el día de la elección de la Reina de las Fiestas. No se engañen. Los más afortunados pueden llegar incluso a sentarse en algún banco.

Con el cartón de las partituras en la parte trasera del pantalón, cuatro músicos de La Artística están comentando tranquilamente la segunda división de la lógica trascendental; ya saben, aquella que, según la Crítica de la razón pura kantiana, trata de la dialéctica trascendental. Casi nada. Los platillos apoyados en el banco y la tuba boca abajo en el suelo son el marco de este cuadro de Manet.

Las chicas más jóvenes de la Banda, al fondo, tal vez hagan apuestas sobre de qué barrio será la Reina y cosas así.

Otros músicos, simplemente, calientan su instrumento a la sombra de un Jorge Juan cansado de esperar, como la Verónica de la canción de Calamaro.

Minutos después, los músicos de La Artística nos preparamos para ver tooodo el acto entero del Pregón, la elección abaniquesca de la Reina de nuestras fiestas locales y la subida y bajada de los cargos festeros al escenario, todo ello acompañado de un precioso anochecer, mucho mejor en el Parque Auditorio que donde se hacía antes, en el patio del Colegio Padre Dehon, donde por otra parte la subida al escenario era mucho más arriesgada, no sé si se acuerdan. Después de todo, tanto en un lugar como en otro la acústica es igual de nula y a la organización le toca recurrir a los micrófonos.

Cada año ponen menos… Todavía recuerdo los años aquellos de juventud en los que casi cada músico tenía un micrófono y no podías moverte porque te los metías en la oreja o en la boca y no podías decir nada (joer, qué bien le sienta el traje de noveldera a la chavala esa) porque temías que lo escuchara la persona sentada en la última fila, sí, esa persona que ha venido a ver únicamente a su nietecita, que sale de rodela en una comparsa. Y luego viene el Pregón. Llevo más de diez años tocando en el acto del Pregón y todavía no he escuchado ninguno completo. Siempre me marcho a comprarme una botella de agua, un bocadillo… Tenemos suerte de que a los músicos nos coloquen en un lateral y nuestra huida no sea muy vista por el público asistente. Lo dejo caer solamente: quizá, mucha gente del público se iría si no fuera por el alboroto que se crea al levantarse de las sillas (perdón, ¿me deja? Perdón, ¿me deja? PERDÓN…).

Más avanzadas las fiestas, el día de la Bajada de la Santa (20 de julio de cada siglo y milenio de nuestras vidas) se aprecia en los ojos de los músicos, que además de ser músicos (y seres humanos, no se olviden) son miembros de una comparsa, el cansancio de una noche de verbena y juerga, una noche cualquiera en la que a todos (me incluyo, claro está) nos toca seguir llorándole las penas al chupito de tequila en vez de a los ojos claros de una chica que, noche tras noche, nos quita un poco de aliento cuando la vemos bailar eso de Antes muerta que sencilla.

Apartado especial merecen los desfiles. Que yo supiera, la Banda no había tocado nunca en los desfiles (los más veteranos recuerdan que alguna vez…), pero desde hace un par de años salimos en el segundo desfile, el del día 23. Nunca he entendido, y mi incomprensión se extiende al resto de músicos que conozco, por qué la gente aplaude a los festeros. Tú vas tocando en directo, trabajando, y en cambio a ti no te aplauden. Ni siquiera te aplauden en la Entrada de Bandas, donde se supone —o al menos así lo indica el nombre— que TÚ eres el protagonista. De vez en cuando desentona alguien aplaudiendo la labor de los músicos. Gracias, le digo yo a esa persona. GRACIAS.

El último día de las fiestas, el día de la Subida de la Santa (primer lunes de agosto de cada siglo y milenio de nuestras vidas), el músico se levanta (o no se acuesta) para acompañar a la patrona, primero en procesión y luego en el recuerdo, en su regreso al Santuario. Y digo en el recuerdo, porque después de que, pasada la iglesia de San Roque, se toque el himno nacional y el bombo corte con un buuummm, todos los músicos nos retiramos a almorzar y la gente sigue en romería hasta el Castillo.

Cada año lo mismo. No recuerdo haber llegado en romería nunca hasta el Castillo el día de la Subida de la Santa. Quizá de muy pequeño con mis padres… No lo sé.

Para mí, el momento más fatal de la Subida de la Santa es el espectacular lanzamiento-lluvia de aleluyas desde los balcones de la familia de Daniel Beltrá El Roget. Explico lo de fatal: cada vez menos, porque viene más gente (y no es una paradoja, aunque tal vez sí) y la gente se interpone entre la Santa y La Artística, recuerdo años en los que la precipitación de aleluyas ha caído justo encima de la Banda, con lo que ello conlleva: chiquillos entre las piernas cogiendo aleluyas, hombres y mujeres entre las piernas cogiendo aleluyas, tú mismo cogiendo aleluyas… Hay momentos en los que la gente se agolpa tanto que te es imposible tocar. Hace pocos años, alguien se quejó de que la Banda parase de tocar durante la «lluvia» de aleluyas. La broma es que el «agua» de la lluvia estropea los instrumentos (jejeje), pero ahora en serio: es imposible tocar cuando tienes dos chiquillos entre las piernas y una mujer intentando arrancarte del atril el único aleluya que has podido coger para tu tatarabuelita enferma que te lo pide con ternura cada año.

Es muy difícil ser músico, llegar a ser músico, que un día te despiertes y digas: anda, si la trompeta esta suena y todo… Pero más difícil es ser músico en fiestas de tu pueblo. Seas de Benimodo, Benilloba o Benanovelda, tocar durante las fiestas patronales supone un esfuerzo que, aunque se hace con gusto, claro está, muy poca gente valora.

Eres músico, sí, las comparsas pagan a los grupos musicales para que toquen; eres músico, estás de fiesta y al día siguiente tienes concierto de resaca; eres músico, pero también eres persona, y eso parece que a la mayoría de gente se le olvida. Un poquito de por favor, ¿vale? La fiesta se compone, por importancia, de músicos (sin música no hay fiesta), de público (para que vean los conciertos, desfiles y demás) y de festeros. ¡Bravo por el pueblo que consiga devolver el valor a quienes lo perdieron!

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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