Vientos de cambio
Julio de 2006   BETANIA

Where the children of tomorrow dream away in the wind of change «Wind of change», Scorpions

Me cruzo con alguien que me saluda. Despierto. Vengo escuchando música, como casi siempre, caminando por la ciudad prohibida en toda su extensión. Levanto la cabeza y lanzo un «hasta luego» al aire seco de un atardecer de agosto. Me quedo parado, intentando distinguir algún conocido entre el grupo de chicos y chicas que me ha saludado. No sé… Me pregunto dónde irán. Es miércoles por la tarde. Anochece sobre la ciudad y las sombras alargadas de la gente se pelean con los pocos árboles que quedan. Perdonad, habitantes del futuro… Es nuestra idea de urbanismo. Perdonad nuestra imbecilidad repetitiva.

Pero vuelvo al principio, al principio de todo. Y el principio de todo es el tedio, el aburrimiento. El sentarse a contarse la semana en los bancos de los parques, con una bolsa de chucherías entre las piernas. El ir de un sitio a otro sin dirección ni destino. El tener conversaciones eternas por el teléfono móvil a través de mensajes de texto. Messenger. PlayStation On Line. La ultimísima generación que irrumpe en nuestras casas, en nuestras vidas, casi sin que nos demos cuenta. Y aunque nos demos cuenta, nos da exactamente igual. Somos seres del futuro, pero con comportamientos del pasado y una estupidez congénita que algún día deberá ser arrancada de raíz. Tenemos que actuar para evitar que lo virtual sustituya a lo real. Tenemos que intervenir para que la vida no se convierta simplemente en pasar el rato.

Pero regreso al principio, al principio de mi discurso. Me preguntaba dónde irían esos chicos y chicas, caminantes como yo de la ciudad-caos, pero unos diez años más jóvenes. La respuesta no podía ser otra que a ninguna parte. ¿Dónde van a ir? De acuerdo: por la mañana, cuando salen del instituto o se saltan alguna clase o es verano, al Casal a engancharse a internet. Pero por la tarde, ¿dónde se meten? Tengo amigas que se van a su garito. Con trece, catorce o quince años. Podéis estar tranquilos… No van a fumar. Bueno, tal vez algún cigarrillo que otro sí que cae. Como mucho, algunas chicas van a enrollarse con sus novios, esos primerizos con moto y ganas de marcha, mientras unas amigas las miran con envidia y otras con asco. Es la edad del porvenir. De las transgresiones. Del hacer lo que uno quiere y no lo que los padres digan. Y brindo porque siga así toda la vida. Estoy plenamente con vosotros. Pero respondedme una cosa: ¿sabéis cuántos sois? ¿Sabéis cuántos chicos y chicas menores de dieciocho años vivís en esta ciudad? Y no me refiero a hijos de españolitos, por supuesto. Aquí no se habla de razas, religiones o culturas. Aquí se habla de personas. ¿Sabéis cuántos sois? Miles… Se dice pronto, ¿verdad?

Ahora imaginad por un instante que estáis todos juntos, en la plaza más grande de la ciudad. En una película dicen que si quieres conseguir una atención absoluta no puedes limitarte a dar una palmadita en el hombro; debes utilizar un mazo de hierro. Es la misma idea. Debéis permanecer juntos. Y así nadie os podrá doblegar ni vencer. El aburrimiento de una persona, o de tres o siete, no le importa a nadie. Os quitan de en medio como a moscas. Como mucho, si sois muy pero que muy afortunados, os regalan piruletas. Os callan las bocas y giran la cara, orgullosos de gobernar su propia ciudad como en los Sims. Pero si sois miles y dais un puñetazo sobre la mesa os escucharán, ya lo creo que os escucharán. ¿Quiénes? Ellos, los que cogen la sartén por el mango y miran los toros desde la barrera, aquellos a los que nunca les salpica la mierda de sus propios perros. Id y preguntadles a ellos. A los que intentan manejarnos con sus hilos. A los que nos intentan colar sus mentiras. Sois miles y miles. Ellos son muchísimos menos. Vosotros tenéis el poder de cambiar el mundo. Con vosotros tienen que venir los vientos de cambio. Tenéis la capacidad de hacerlo. Tenéis ganas de hacerlo. Salid a la calle y cambiad el mundo antes de que el mundo, este mundo miserable de penurias y tristezas, os haga semejantes a él. Cambiad el mundo. Traed vientos de cambio. Vientos que nos ayuden a escapar del consumismo victimista de nuestra sociedad; que nos libren de comprarnos los últimos modelos de todas las chorradas que anuncian por televisión; que nos obliguen a terminar con esta concepción de la vida como un gran parque temático de la inmediatez, la imbecilidad y el egoísmo; que nos obliguen a huir del camino de lo inútil, del camino de alegrías sintéticas, que solo nos lleva al vacío interior, a la nada, al olvido.

He tenido un sueño. Y en mi sueño, que es un poco como el sueño de Tyler, vosotros, los que seréis los hombres y mujeres del futuro, plantaréis zanahorias y tomates sobre el césped del hoyo decimoquinto del campo de golf que ahora están a punto de construir en las afueras. Cazaréis conejos y ciervos en los bosques húmedos del Parque del Oeste. Pintaréis gigantescas caras totémicas en las paredes del Centro Cívico. Escalaréis hasta la cima de la torre en ruinas de cualquier iglesia y veréis a lo lejos diminutas figuras majando maíz en el área de servicio de una autopista abandonada. Y por la noche, lo que quede de la humanidad, se refugiará dentro de cualquier museo para protegerse de los animales salvajes y calentarse con el fuego de los lienzos y los tapices ardiendo, mientras se narran historias del tiempo que pasó. Vosotros obligaréis a la humanidad a hibernar y entrar en remisión hasta que el planeta se haya recuperado. Vosotros destruiréis la civilización para que podamos hacer de la Tierra un mundo mejor. Ese es mi sueño.

Traed vientos nuevos, vientos de cambio. Dibujad esperanza en el horizonte de la soledad más absoluta. Destruid cualquier vestigio de historia. Que la historia sea lo que hacéis a cada paso. Que vuestros sueños presentes de esperanza construyan una historia mejor para la humanidad. Confiad en la Naturaleza. Olvidad todo lo aprendido anteriormente y empezad de cero. Construid juntos vuestro futuro, vuestra historia. Y empezad ahora, hoy mismo. Porque el futuro no llega, se persigue. Lo vamos construyendo paso a paso. Es fácil adelantarse unos pocos segundos a los acontecimientos: abrimos el grifo y sale agua, empujo la puerta y se abre. Es sencillo. Pero de lo que aquí se trata es de adelantarnos varios decenios. ¿Hay contaminación? Usaremos coches eléctricos. ¿Destruimos el planeta? Sin problema; nos mudamos a otro. Al adelantarnos al futuro estamos interviniendo en él, modificándolo. Pero la planificación es parte del resultado. Adelante. Salid a las calles de la ciudad-caos y cambiad el futuro. Adelante. Sois miles y miles en vuestra ciudad, pero también sois millones y millones en el mundo. Sois la inmensa mayoría contra la insignificante minoría. Tenéis poder para derrocar a cualquier gobierno que únicamente os necesita cada cuatro años y os intenta manipular el resto del tiempo. Esos gobiernos que simplemente nos educan para la sociedad del estrés, del ruido, del vértigo, donde todo lo nuevo se convierte en viejo en apenas unos segundos, donde toda evolución es ficticia, donde el gesto fácil y la ineptitud se imponen al verdadero estudio y a la investigación. Solamente vosotros podéis conseguir ese cambio. Para que de ese modo haya más cultura. Para que la gente se escuche y pueda hablar. Para que la gente opine libremente.

Y sigo caminando. Cruzo parques, cornisas, escaparates. Por todas partes me encuentro con el futuro. A cada paso veo esperanza. Son los más jóvenes. Sois los que haréis la historia. Vosotros construiréis nuestra historia y la historia del mundo. Hoy veo ternura. Veo ojos infantiles llenos de belleza. Niños y niñas que sonríen por la calle, absortos en lo maravilloso de la vida. Me fijo en un grupo de niños y niñas. Se ríen. Disfrutan. ¿Por qué habrían de cambiar? ¿Por qué los obligamos a que se contagien de nuestra tristeza? Que sigan así siempre: siendo bellos, dibujando ternuras, riéndose. Ellos son el futuro… Ellos son nuestra única esperanza.

Y entonces, en la noche de aquel atardecer veraniego, ahora o dentro de los años que sea, se podrán ver desde lo alto de las montañas pequeños personajes contemplando las estrellas, abrazándose para siempre, dándose cuenta del tiempo que ha tenido que pasar para que todos empezáramos a vivir realmente…

Gracias a Andrew Kevin Walker y David Fincher por escribir y dirigir Seven. Gracias a Chuck Palahniuk por escribir El club de la lucha. Gracias por permitirme que os robara frases, imágenes, sensaciones.

Dedicado a Carla, Ana, Yerena, Maite, Natalia… y a toda su generación, la generación que tanto nos va a enseñar y que ya está empezando a cambiar el mundo.

A los amigos ausentes.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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