Mamá… de mayor quiero ser filólogo
Diciembre de 2002   CIUTAT DE NOVELDA

Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Así comienza el Evangelio según San Juan. Como quiera que sea, el niño desarrolla como punto culminante de su evolución, lo que le diferencia de los demás animales, el habla. Con ella señala, pide, nombra el mundo y, cuando es adulto, engaña. En la novela Hiperión, Friedrich Hölderlin alaba al niño por ser «totalmente lo que es», sin disfrazarse de engaños y crueldades, como los adultos. En esa finita pureza se halla la clave del enigma.

De pequeño, el niño descubre el lenguaje, emplea las sílabas cortas y, usualmente, lo primero que dice es «mamá», no porque reconozca a ese ser que está continuamente ante sus ojos, sino porque ambos fonemas (/m/ y /a/), el bilabial nasal sonoro y la más abierta de las vocales son los más fáciles de pronunciar. Cuando el niño dice «mamá» no dice «sé quién eres: la que me trajo al mundo». Cuando el niño dice «mamá» pide comida, tiene sueño, necesita ser cambiado, quiere salir a pasear o quiere jugar. Normalmente acompaña esa única palabra de su oración con el llanto. En definitiva, cuando el niño dice «mamá» dice «hazme caso, aquí estoy yo». Es el egoísmo infantil del que ya hablaba el psicoanálisis freudiano, esa presencia del «yo» textual y contextual que incluso se encuentra en personas que dejaron su infancia muy atrás, en frases como «Quiero que me hagas esto», «Yo lo hice», «Yo he sido el que…». Bueno, el autor no está por la labor de que se elimine el pronombre personal en cuestión, ya que en un mundo que tiende hacia la más completa globalización, nunca está de mal retirarse a uno mismo y poder decir, con la fuerza que nos proporciona el hablar con nosotros: «Me apetece a mí hacer esto».

Y es que no se aprecia el valor de la palabra, algo que es nuestro, algo que nunca nos podrán quitar. Empleamos la palabra (el lenguaje en cualquier lengua) y lo empleamos para comunicarnos con los demás hablantes, para desenvolvernos dentro de la sociedad, para expresarnos. Utilizamos el lenguaje para decir cualquier cosa. Con las palabras de Pablo Neruda nos enamoramos, las de Jardiel Poncela nos hacen reír, las de Ortega y Gasset nos hacen pensar y con las de Unamuno nos emocionamos.

La palabra es lo que más se utiliza a lo largo de la vida. Por tanto, su estudio, el estudio de la lengua, la filología, no debería ser algo que se tomara a la ligera. Pocos de ustedes no conocerán a algún niño que «quiere ser de mayor» bombero, arquitecto, policía, médico, futbolista, o payaso. Luego, cuando se dan cuenta de que la vida no es «mira qué bien, ya soy médico», es muy tarde y engrosan la lista de los matriculados en Filología, ya sea Hispánica o Catalana. Yo estudio en estos momentos Filología Hispánica en la Universidad de Alicante y conozco varios casos de personas a las que no les llegaba la nota para entrar en otras carreras «mejores» y acabaron en Filología. Dicen que no tiene salidas, dicen que es aburrida, dicen muchas cosas, pero ninguna es verdad. La Filología debería estudiarse siempre; luego, si uno quiere ser arquitecto o dentista o matemático, especializarse en esa rama. No se puede consentir la particular variación de la tercera persona del subjuntivo del verbo haber, «haiga», o los múltiples usos verbales de la terminación -emos supliendo a -amos u otras burradas lingüísticas que el decoro me hace suprimir. Imaginen esta conversación (día a día de las universidades españolas):

Hablante A: Hoy comencemos la clase y el profesor va y nos pregunta quién es Andrew Wiles, y que ninguno lo sabe, y luego coge el tío y se enfada y se va a su despacho y no quería volver.

Hablante B: ¿Y qué hicisteis vosotros?

Hablante A: Nos quedemos sentaditos en los bancos, hablando. Yo estaba con la tía buena de (…), mirándola las tetas, que mira que las tiene grandes la muy (…), pero bueno.

Hablante B: ¿Le has dicho algo a ella?

Hablante A: Aunque l’haiga dicho algo no te lo iba a decir, ¿sabes?

Antes de todo, explicar que Andrew Wiles, nacido en 1953, es profesor de Matemáticas en Princeton y que demostró recientemente el último teorema de Fermat, que dice que si x, y, z y n son enteros positivos, la ecuación xn + yn = znno tiene solución para n mayor que 2, lo que en su día John Coates igualó a «la división del átomo o al hallazgo de la estructura del ADN».

Ahora la pregunta es: «¿Saben cuál de los dos hablantes anteriores estudia Filología?». La respuesta es que el hablante A desde luego que no. Y a pesar de que este hablante hace gala de un exacerbado español coloquial (lo cual todos hacemos, en mayor o menor medida), recoge en sus tres intervenciones el compendio de vulgarismos que produce una educación destinada al trabajo. La conversación imaginaria antes expuesta se hubiera salvado de sus incorrecciones con una actitud favorable hacia la filología. Por supuesto, cuando un niño es pequeño no conoce que la literatura no sólo se lee, sino que también sirve para hacer teoría, y que la lengua no es sólo hacer redacciones sobre las vacaciones de Navidad. Superado esto, el niño ya puede ser todo un filólogo con todas las letras de la palabra. Pero cuando el niño crece en un ambiente hostil a la lectura, un ambiente donde la familia se reúne alrededor de la televisión para rendir culto a sus imágenes bidimensionales, no hay nada que hacer. El ámbito de lectura ha descendido muchísimo desde los último diez o doce años, y no hay más que entrar en las casas de las familias jóvenes que llenan sus estanterías de preciosas figurillas de porcelana, de fotos, dejando la cultura y sabiduría de los libros en casa de los padres.

De pequeño, como todos, yo también pronuncié aquella famosa frase que da título a este artículo «Mamá, de mayor quiero ser…», solamente que después dije «arquitecto» en vez de «filólogo». Con los años, la vida me ha puesto en mi lugar, con las letras, apartándome del todo de las ciencias, aunque no desprecio un buen documental de Carl Sagan y abordo, siempre que puedo, cualquier libro de desafíos, paradojas y curiosidades matemáticas. Y es que, por mucho que uno estudie Matemáticas, Bellas Artes, Derecho, Ingeniería de Telecomunicaciones o Piano no debe olvidarse de que es hablante activo de una lengua que le sirve para que la sociedad lo sitúe en una escala social (relacionando su nivel de uso del lenguaje con el grado social que ocupa).

Tal vez, lleguen otros días, mejores sin duda, en el que un niño se acerque a su madre y le diga: «Mamá, de mayor quiero ser filólogo».

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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