Cuando gana el menos malo
9 de enero de 2013   DIARIO INFORMACIÓN

Esta semana hemos sabido que John Steinbeck ganó el Premio Nobel de Literatura de 1962, veinte años después de su obra cumbre, Las uvas de la ira, por descarte. Al parecer, la Academia Sueca se quedó con el estadounidense debido a que los otros finalistas no terminaban de convencer: la danesa Karen Blixen, autora de Memorias de África, porque había muerto recientemente; el dramaturgo francés Jean Anouilh, porque dos años antes se lo habían dado a otro francés, Saint-John Perse (y en el 57 a Albert Camus); el poeta inglés Robert Graves, creador de la novela Yo, Claudio, porque podría causar rechazo entre la crítica (?); y el británico Lawrence Durrell, que fue poeta, dramaturgo, ensayista y novelista, por cualquier otra razón inimaginable.

Como puede apreciarse, cualquiera de los otros autores podría haber conseguido el Nobel de Literatura. Hasta al propio Steinbeck le pilló el galardón por sorpresa, sabedor de que no estaba en el mejor momento de su carrera. Para él mismo, su mejor obra había sido Al Este del Edén, escrita mucho antes, en 1952. Para evitar este tipo de cosas, es recomendable hacer como Le Clézio, Nobel de Literatura en 2008, que desde ese año ya no ha vuelto a publicar nada más.

Sin embargo, a veces, los premios (y ahí el Nobel de Literatura se lleva la palma, por ser el más importante) no se conceden por la valía o el mérito literario, sino que existe toda una estructura política, social o incluso costumbrista detrás. Dice una vieja máxima entre escritores que toca desconfiar cuando un premio viene patrocinado o auspiciado por el Ayuntamiento o la Diputación de donde sea. Y, viendo cómo se han ido regalando contratas de basura y suelo industrial por valor de varios cientos de millones de euros a amiguetes y conocidos de bar, pasándose por el forro informes técnicos y demás «bagatelas», ¿qué podríamos pensar de premios que difícilmente rozan los cinco mil?

De un tiempo a esta parte, el Nobel de Literatura está defraudando un poco. El último nobel de habla hispana, Mario Vargas Llosa, llevaba en las quinielas tanto tiempo que ya «tocaba» dárselo. Al menos, Mario tuvo tiempo de ensayar una cara de sorpresa, un discurso de humildad. Quizá nos enteraremos, dentro de cincuenta años, por qué le tocó a él y no a otro. Cuentan las malas lenguas que Camilo José Cela se preparó tan concienzudamente para obtener el Nobel de Literatura que, cuando al final se lo dieron, en 1989, fue más para que dejara de dar el coñazo. Ojo, que la valía literaria de los premiados no se desmerece. No obstante, últimamente estamos asistiendo a galardones que se entregan por motivos tan variopintos y poco literarios como: a) el escritor está muy mayor (una especie de Óscar honorífico), o b) hay que llamar la atención sobre ese país, su problemática, etc.

Antes de que apareciera el ejército de conocedores, analistas y estudiosos de la obra de Mo Yan o Tomas Tranströmer (este último, algo más conocido entre los poetas), nadie, o muy pocos, seamos sinceros, habían oído hablar de ellos. Porque el Nobel, o así nos lo han hecho creer desde siempre, también es sinónimo de Literatura con mayúscula. Para qué engañarnos; aunque las academias nacionales se cansen de proponerlos, jamás ganarán el premio autores de masas como Ken Follet, Robert Harris o J. K. Rowling, por citar algunos. En mis quinielas para el pasado año estaba Haruki Murakami (otro eterno candidato al Nobel), que conjuga todo lo bueno que tiene un autor candidato: escribe excelentemente, es reconocido por crítica y público, su país no gana desde 1994, cuando Kenzaburo Oe lo obtuvo y, encima, ayudaría a acercar el premio a nuevos lectores. Y Murakami gana lectores año tras año con esa prosa intimista y universal que nos envuelve y obliga a devorar cada página. Lo mismo podría decirse de Paul Auster, que cada vez está más cerca de obtener el Premio Nobel. O, si no, tiempo al tiempo.

Algo similar sucede con la política. Hay veces que parece que sale ganador el candidato menos malo. Posiblemente, Mariano Rajoy ganara las elecciones como John Steinbeck el Nobel: por descarte. Pero aquí las consecuencias las sufrimos todos. De momento, solo nos queda esperar a que se hagan realidad las palabras finales de Henry David Thoreau en su Walden: «Solo alborea el día para el cual estamos despiertos. Hay aún muchos días por amanecer». Al fin y al cabo, «el sol no es sino una estrella de la mañana».

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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