Karaoke
20 de diciembre de 2006   DIARIO INFORMACIÓN

Parece que ya ha pasado la moda pero todos nos acordamos del boom de los karaokes a mediados de los noventa. Locales que se abrían, concursos en los barrios o a nivel municipal, programas en la televisión, y un largo etcétera. Ahora únicamente hay un pub karaoke en la ciudad y la totalidad de aquellos aparatos acumulan polvo dentro del último cajón de la cómoda que ya nadie quiere abrir. Yo mismo grabé «Clavelitos», con la voz sin cambiar aún, en una de esas promociones whisky-pub de los viernes por la noche. Todavía tengo la cinta por casa, también acumulando polvo en cualquier estantería. Aunque lo cierto es que a los de mi generación el karaoke nos pilló muy jóvenes. Recuerdo las comidas y cenas de curso, en Navidad o en junio, cuando, ya regados por la felicidad del vino y antes de echarnos a la pista de baile de cualquier sitio en el que nos dejaran entrar, íbamos a emular a Nino Bravo, Loquillo o Alejandro Sanz y bajábamos suspirando del escenario porque la rubia del fondo no se había dado cuenta de que la canción estaba dedicada a ella. También recuerdo a la perfección que un amigo mío se empeñaba en cantar ese temazo de Héroes del Silencio, «Entre dos tierras», desgañitándose y desafinando a más no poder, un par de sílabas por detrás de la música y orgulloso de ser por unos minutos Enrique Bunbury. En ese momento, justo cuando entraba el solo de guitarra, otro amigo solía decirme: «De donde no hay no quieras sacar». Y tenía razón.

Ahora todos hemos crecido un poco, algunos más que otros. Cuando nos vemos por las calles o nos topamos en uno de esos parques que remodelan deprisa y corriendo, nos saludamos, repasamos el olvido y nos despedimos con un «a ver si hacemos la cena esa de BUP» que viene a ser la muletilla de los de mi clase (pues eso, a ver si la hacemos). Supongo que todos hemos ido cambiando. Por ejemplo, ahora ya no hay apenas karaokes, y me pregunto si ese amigo mío continúa poniéndose «Entre dos tierras» en la minicadena de su casa. Si lo sigue haciendo (que no lo dudo) representa muy bien esa canción: se ha quedado entre dos tierras, entre dos mundos, con un pie en el presente y el otro anclado en el pasado. Y, lo que es peor, sin mirar al futuro. Entre dos tierras también parece que esté el PP de Novelda. Si no entre dos tierras, sí entre dos listas. Los del partido quieren a uno, desde Valencia imponen a otro. El ciudadano de a pie mira asombrado, lo mismo que si nos sentáramos en la sobremesa de La 2 a ver el espectáculo de la jauría despellejándose. Se han rayado. Es como cuando un CD salta en el lector y nos impide escuchar la canción entera. Lo mejor entonces es apretar el Stop y cambiar de disco. Sin más. La clave está en el cambio, recuerden. Después de ocho años nos sabemos las canciones de memoria. Han variado la letra, le han dado un aire veraniego, de acuerdo, pero en el fondo sigue siendo el mismo estilo, no se han renovado. Grupos de música así no sacan más de dos o tres discos. Y luego nada. A sumirse en el olvido. Es hora de que Novelda le dé al Stop de ese disco rayado que no hace más que estropear el lector, el ciudadano, la ciudad. Si no ofrecen nada nuevo (que no pueden ofrecerlo), pues un abrazo y un «buena suerte y hasta luego». Aunque en este caso también funciona lo que decía mi amigo: «De donde no hay…».

 

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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