La Glorieta, algunas horas después
6 de julio de 2006   DIARIO INFORMACIÓN

Parece que empieza a anochecer. Todavía hay niños (ellos juegan al balón, emulando un Mundial que, de nuevo, se nos escapó por los pelos; ellas, acariciando la madurez, toman helados y patatas fritas para alargar este domingo). Los padres están sentados en los bancos, a la sombra de un periódico. Mantienen conversaciones eternas y el ruido de las pipas al romperse contra los dientes llena cualquier atisbo de silencio. De vez en cuando alguien corre, o surge, inesperadamente, una voz que sobresale en medio de todo. Pero es únicamente por un segundo. Luego todo vuelve al rumor templado del murmullo general, acompasado por el canto de algunos pájaros.

Es domingo.

Algunos llegan de la playa, y se les nota en la cara, enrojecida, por el cansancio mostrado en los bostezos, por esas ganas externas de tumbarse en el sofá. Otros salen de la misa de los Padres y pasean, esperando pillar mesa en el Bar Pepe o en el Sol y Nieve, y empezar a abrir boca con un agua limón o una leche merengada. Ahora corre brisa y la sombra prolongada de esta Glorieta la convierte en el mejor lugar del mundo. Por un solo instante.

Es domingo. Podría ser cualquier domingo. Pero, de algún modo, directa o indirectamente, algo ha cambiado. Hoy es el día siguiente de la presentación delBetania06. A este mismo lugar, hace aproximadamente doce horas, la gente empezaba a acudir con la promesa incierta de un Betania nuevo, un Betaniadiferente. Esta mañana, la gente hacía cola para comprar una revista que lleva impregnada la sangre de quien la pensó y de quienes le ayudamos a hacerlo realidad. Grano a grano. Como una playa. Gota a gota. Como el Clot, principio y fin de esta aventura. Ahora parece que algo ha terminado. Ya lo parecía anoche, cuando bajé del templete junto a Charly. La sensación de «ya está», un respiro, se ha cerrado el paréntesis. Es verdad: algo ha terminado, pero algo empieza de la misma manera, se abre de nuevo el ciclo. Shakespeare dijo que la vida era un círculo. Los paralelismos de la Historia, como lo expresó Charly, también pueden ser los paralelismos de nuestra propia vida. Ahora todo empieza o todo continúa. Hay un verano por delante, un verano de verbenas, paseos y muchas tardes como esta, acurrucado en un banco de esta Glorieta con el sonido de cuatro idiomas a mi alrededor.

Pasa el tiempo. El sol ha ido bajando y la luz anaranjada parece ser la invitación perfecta a recluirse en casa hasta el próximo día. He disfrutado del viaje. Aunque no es fin de trayecto sí que es momento de bajarse en este andén. Cinco minutos. Para estirar las piernas y recobrar el camino con más fuerza. Una manera de recordar cómo empezó el viaje, con un paseo en bici de Jesús y yo volviendo de la panadería. Hace casi un año. Se ha llorado. Se ha reído. Me he reencontrado con amigos. He conocido personas que ya son amigos íntimos. Se ha intentado estar al máximo, aunque las fuerzas interiores no acompañaran. Es el llamado «nivel de exigencia». Veinticuatro horas al día y siete días por semana. Hasta ayer. Anoche me derrumbé. Faltó esa persona. Pero como falta cada segundo, cada instante, el corazón se acostumbra a latir solitario.

Ya pasó todo. Ahora queda apartarse. Dejar que la gente descubra el Betania y logre encontrar su Betania, ese que lleva dentro y que es el reflejo de cada uno de los lectores. Ahora queda situarse en la perspectiva del voyeur y de encontrar a la gente leyendo en sus casas, en familia o por la noche, cuando todos están durmiendo y parece que las palabras nos vienen como susurradas al oído. Encontrar a la gente hablando de este o de aquel artículo, o de si fulanito no sale bien en la foto, o de si menganita mira qué guapa está.

Y de nuevo vuelve este domingo a la cabeza. Esta Glorieta. Y hay alguien, cansado de esperar, que se levanta de un banco y empieza a caminar hacia su casa. Tal vez tenga, como tantos, el rumbo errado. Puede ser. Lo único que quiere es que cada día, aunque sea el último, tenga fuerzas para seguir viviendo en esta ciudad. A pesar de todo.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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