La otra visión del mundo
14 de octubre de 2009   DIARIO INFORMACIÓN

En una radio de Internet (http://www.rockola.fm, todo un buen descubrimiento) suena el estribillo como una letanía: «que el tiempo es muy poco». Que el tiempo es muy poco… Y realmente es así.

El documental Una verdad incómoda, narrado por Al Gore y dirigido por Davis Guggenheim, termina con la evocadora frase de Carl Sagan acerca de una fotografía tomada de la Tierra en 1990 por la nave espacial Voyager 1, a 6.000 millones de kilómetros de distancia: «La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. (…) Nuestras posturas, nuestra imaginada auto-importancia, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada en el Universo, son desafiadas por este punto de luz pálida».

En ese puntito azul que es la Tierra en esa fotografía han ocurrido todas las guerras, todos los nacimientos, todos los amores… Llevamos millones de años discutiendo, peleando, viviendo y matando en un planeta minúsculo que es todo nuestro pasado y nuestro futuro, toda nuestra herencia. Viendo la inmensidad del universo parece absurdo luchar por un solo centímetro de tierra cuando quizá lo correcto sería compartirlo y sentarse a ver el Sol ponerse por el horizonte; y aun así luchamos, defendemos lo propio y morimos aferrándonos a la Nada más inconmensurable. Parece absurdo preocuparse por nimiedades cuando se aprecia la inmensidad y el vacío de cuanto nos rodea; pero aun así nos preocupamos, nos enfadamos, sufrimos, queremos…

Queremos…

Como también dice la misma canción de Andrés Calamaro: «a lo mejor resulta mejor así». Sin llegar a resignarnos nunca, buceamos en los recovecos de las ciudades que nos son desconocidas para encontrar un rostro nuevo, una amistad más, un nuevo amor. Y tal vez cuando creamos encontrarlo y frenemos la búsqueda de… ¿la felicidad?, bajemos los brazos y el tiempo nos sorprenda con los imprevistos lógicos del azar cuando no somos nosotros quienes guiamos las emociones ajenas. Es entonces cuando volverán los lloros, las lágrimas, los boleros y los tangos y todas esas canciones que siempre mienten (ya saben, en ellas «todo se resuelve en tres minutos»). Es entonces cuando quizá aprendamos que lo mejor de ser feliz es el tiempo invertido en llegar a serlo.

Nuestra visión del mundo y de la vida se reduce a una, el metro cuadrado que ocupamos del planeta, allá donde siempre han ocurrido nuestras cosas: nuestro nacimiento, la entrada al colegio, nuestro primer amor, la celebración aquella, nuestro cuerpo junto a la tumba de un amigo, el lugar donde supimos aquella desgracia, etcétera. Nuestra vida se reduce únicamente al metro cuadrado que ocupamos, los metros que alcanzamos con la vista y los recuerdos que guardamos en nuestro interior como el tesoro más preciado.

Sin embargo, desde el ángulo de visión global de aquella fotografía del espacio, donde la Tierra no es más que un punto azul pálido a seis mil millones de kilómetros de distancia, la visión es otra, más abierta y conceptual. Mirando nuestra vida dentro de ese puntito lo único que podemos sentir es humildad. Todo lo que soñamos o quisimos ser, lo que no fuimos ni seremos, los besos que dimos, los que nos quedan por dar y recibir, los puzles de Victoria Francés, los discos de Sabina, las enseñanzas de Lao Tsé y los libros de Stieg Larsson, las películas de David Fincher, la música de Bach, las cenas en aquellos restaurantes de la costa, los faros en verano, los partidos de fútbol y hockey sobre hielo, los cumpleaños que aún nos quedan por vivir, las palabras que pronunciaremos, las personas que queremos conocer…

Todo eso ha ocurrido y seguirá ocurriendo en ese diminuto punto azul del Universo que llamamos Tierra. Esa es nuestra herencia. Nuestro bien más querido. Y hay que disfrutarla plenamente, a cada segundo y cada instante, ya que, como dice Calamaro, el tiempo es muy poco…

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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