Vivir la noche
25 de noviembre de 2005   DIARIO INFORMACIÓN

Durante estos días se celebra en Madrid, en la Fundación MAPFRE, una exposición que recoge obras que muestran la visión nocturna de diferentes artistas. En resumen: lunas llenas, tristezas y miradas solapadas con algún lejano maullido que se sepa plasmar bien sobre el lienzo en blanco. Y todo ello con la más absoluta nocturnidad y alevosía. Es otra forma de vivir la noche. Aunque también se puede acudir sin prisa y sin pausa a un irlandés, pedirse un buen vodka con tónica y charlar con la camarera (esa rubia de bote que siempre nos sonríe) hasta que esta apague las luces para insinuarnos que nos vayamos. O nos podemos regalar la visión sin tapujos de clásicos del cine negro o aventurarnos en los derrapes alimenticios de cualquier comida típica oriental, ahora que están tan de moda.

O, por otro lado, también se puede vivir la noche al estilo de nuestros vecinos, los franceses: por necesidad, montando revueltas sumamente organizadas en la periferia de París. Que uno piensa: rara revuelta social la que quema los coches de sus propios vecinos obreros. Hasta ahí la necesidad que decía antes. Y la urgencia de paliar la situación.

Y, claro, como Francia siempre ha llevado la delantera en Europa y España ha sido su perrita faldera, no han sido pocos los que han dejado caer que lo de quemar coches en las afueras de las ciudades y enfrentarse a la policía con lo primero que se tenga a mano será una moda que, como las minifaldas, llegará pronto a nuestro país.

Pero lo cierto es que, hace un tiempo, en Valencia se vivió una versión light de esa quema indiscriminada de vehículos. Lo que pasa es que París, con su magia, su bohemia y su Tour Eiffel, hace que todo parezca más poético y que el simple hecho de quemar un coche, también con su nocturnidad y su alevosía, se revista así de toda una serie de contenidos que lo elevan al grado máximo de heroicidad.

De todos modos, el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad ha rebuscado lo suficiente en su legislatura para volver a instituir, aunque sea por unos días y en unas pocas ciudades en principio, un peligroso toque de queda que parece querer decir «mano ancha para la policía». Típico de los gobiernos: hacer oídos sordos a las peticiones del pueblo. Y cuando las peticiones suben de tono y se tornan en exigencias, ya vengan estas acompañadas de cócteles molotov, manifestaciones o pasquines, se le corta las alas a la ciudadanía y punto. Pero si al pájaro le cortamos las alas, a pesar de que no pueda escapar, a pesar de que sea nuestro y lo podamos manejar a nuestro antojo, como escribió el poeta vasco Joxean Artze, «dejaría de ser pájaro». Y a mí, como a él, me gusta ver volar libres a los pájaros.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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