Y, además, parecerlo
25 de enero de 2013   DIARIO INFORMACIÓN

El Preso de Luces de bohemia ya se lo decía a Max Estrella: «En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero». Y, por desgracia, viendo las últimas noticias, uno no puede más que estar de acuerdo. No se trata de ponernos y quitarnos togas invisibles según nos convenga. Aquí no hay ninguna toga prestada, y perdonen lo absurdo de la metáfora. Somos un país de «togas prestadas», desde siempre: desde la falta no señalada a nuestro equipo o el jugador que creemos conveniente que el entrenador debería sacar como refuerzo en el descanso hasta una mera recomendación sobre un medicamento a nuestro compañero de bar (a mí me sirvió tal cosa…) o el dictado, punto por punto, de lo que tenemos que hacer en cada situación (aquí sale el psicólogo que todos llevamos dentro).

Milagrosa Martínez, exconsellera, ex-Presidenta de Les Corts y actual alcaldesa de mi Novelda natal, debería dimitir, pero no porque yo lo piense, claro está. Desde el mismo momento en que el juez (¡un juez!, con su toga y sus años de estudio y preparación a su espalda) la imputó en el caso Gürtel, desde el mismo momento en que se vieron indicios de delito (y no cualquier delito, sino supuestos delitos de malversación de fondos, cohecho y prevaricación), ya debería haber presentado la dimisión. No tiene que esperar a que venga el Partido Popular y se lo pida; es algo que tendría que nacer de ella misma, con la misma fuerza con la que decidió en su día, cuando aterrizó por vez primera en la alcaldía de Novelda hace dieciocho años, subirse el sueldo. Ahora, cuando la Fiscalía Anticorrupción pide para ella 11 años de prisión y 34 de inhabilitación para cargo público, ya es tarde, aunque nunca es tarde para corregir un error. Debería dimitir, no porque yo lo pida, por supuesto, sino porque sus 7.071 votantes, que confiaron en ella, así lo merecen.

Por encima de todo está la presunción de inocencia, eso siempre debe prevalecer, lo dicta nuestra Constitución, la declaración de Derechos Humanos y el sentido común. No obstante, Milagrosa no puede dar alas a todas esas voces que gritan que todos los políticos son unos corruptos, que la política ya no tiene sentido… Ese discurso es muy peligroso (vean, si no, Grecia, donde nació la democracia y donde puede tener su tumba).

Corría hace unos meses un correo electrónico diciendo que era injustificable que España tuviera 445.000 políticos. Es cierto, sería injustificable si no fuera por el hecho de que es una burda mentira. La cifra no llega a los 75.000, y que parezca alta o no ya depende de la ideología de cada uno. Si queremos una democracia, más o menos centralizada, parece correcta esa cifra. Si queremos una dictadura, sobran todos menos uno. Fuera de bromas, a los que más les interesa que un político, en el momento mismo de la imputación (porque está claro que un juez no imputa porque sí, sino porque ve indicios de un posible delito y quiere indagar más) dimita, es a los propios políticos, a esa inmensa mayoría de políticos honrados que hay en nuestro país, la gran mayoría de ellos concejales a sueldo cero que se desviven por sus municipios por una idea, un proyecto y un sueño. Esos mismos concejales, todos esos políticos honrados que sacan horas a su trabajo o a su tiempo libre para trabajar por su pueblo, toda esa base de políticos amateurs que mantienen a los de arriba con las cuotas de los partidos y llenando autobuses para acudir a mítines son los que tendrían que exigir responsabilidades a las direcciones nacionales de sus partidos cuando alguien resulta imputado y se niega a dimitir.

Esos políticos honrados son los que tienen que demostrarnos que la política puede seguir siendo lo que es para muchos: la vocación individual de querer participar en las decisiones de un colectivo. Cualquier persona que parezca que se ha enriquecido fraudulentamente, que parezca que se ha beneficiado por la contratación de una empresa y no otra, que parezca que haya tenido tratos de favor con auténticos mafiosos, debería dimitir. Luego la Justicia dictará sentencia. Favorable o no. Pero no olvidemos que la mujer del César no tenía solo que ser honrada; debía, además, parecerlo.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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