Yo seguiré en África
1 de junio de 2010   DIARIO INFORMACIÓN

«El próximo 11 de junio, el mundo mirará hacia África»: frase manida, tópico reutilizado por medios de comunicación y personal generalizado, pero no por ello verdad a medias. Este año, por vez primera, un Mundial de Fútbol se celebra en un continente que solo es noticia si hay hambre, guerra o muerte de por medio. Sin embargo, África es mucho más que eso, ya que un lugar donde la gente pasa hambre, convive con la guerra y el sida desangra la infancia y, a pesar de todo, siempre tiene algo que demostrar y una sonrisa que lucir, es muy de respetar. Y más en estos tiempos que corren, cuando parece que nos cobren por la felicidad.

Son otras situaciones las que han provocado que África sea invisible a la Historia. Sobre todo porque esa Historia la escribimos los blancos, obviando así una cultura y un modo de pensar (los de África pero también los de Asia) que también son fundamentales. No hay una única religión mundial, una sola lengua, un solo bloque fijo de ideas, sino que todo ha contribuido, con su granito de arena particular, a que la Tierra siguiera girando milenios y milenios, equilibrando la balanza de las desigualdades. No obstante, desde el siglo XIX hasta la actualidad, esas desigualdades se han acrecentado: desde el reparto de África por parte de los europeos en la Conferencia de Berlín de 1885 hasta el Apartheid, en cuanto alguien alcanza el poder piensa de inmediato que lo tiene sobre alguien o sobre algo, sin pensar que en los avances científicos de hoy se ve la deuda indiscutible del progreso realizado por otras culturas en otras épocas y en otros lugares del planeta. Es ahora cuando se empieza a estudiar (y valorar) la literatura africana, pero África lleva llenando páginas desde hace mucho. Es ahora cuando escuchamos grupos de músicos africanos, pero África inventó el ritmo y nos lo exportó en forma de jazz. Dejamos de evolucionar como pueblo en el preciso instante en el que se niega la interculturalidad y la conexión global con los demás seres humanos.

Cuando estuve en el Sáhara, en 2008, con una delegación noveldense encabezada por la Concejala de Cooperación Internacional para repartir un proyecto de placas solares, pisé África y me impactó. En esos momentos, la crisis mundial no había echado raíces aún en las mentes occidentales, y allí se pasaba hambre y frío, vivían en jaimas o chabolas de adobe con techo de uralita y subsistían gracias a la ayuda externa. Ahora que la crisis es nuestra compañera de viaje, espiritual y emocionalmente, no puedo dejar de pensar en cómo lo estarán pasando en el desierto. Todo se multiplica cuando se habla de África: la crisis, la muerte infantil, las penurias, pero también la ilusión por vivir y la esperanza. Por eso es importante que el Mundial sea en África, aunque sea en uno de los países más desarrollados, ricos y occidentalizados del continente. Durante un mes todos miraremos hacia África. Y luego nada. Dejaremos que se siga consumiendo y únicamente le daremos cobertura informativa cuando las muertes y el hambre nos devuelvan a la cruda realidad de un mundo desajustado. Pero yo seguiré en África. Cuando todos se hayan ido, cuando ya no queden ni jugadores ni seleccionadores, ni prensa ni público, yo seguiré mirando al cielo de aquí añorando aquel cielo de estrellas como puños que me acompañaba los sueños nocturnos en el desierto del Sáhara.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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