Ha llegado septiembre
2 de septiembre de 2012 WEB NOVELDA DIGITAL

Permítanme una confesión: llevaba escritas diez o doce líneas de este artículo cuando las he borrado y he empezado de nuevo. Iba a hablarles del precio de la gasolina por las nubes, de la subida del IVA, de los libros de texto prohibitivos para la mayoría de familias, de la vuelta al trabajo (que no lo será para cinco millones de personas). Podría haberles contado que ese vecino del barrio que siempre le saluda o aquel otro que va en bici o ese que parece contar nubes mientras apura una cerveza helada se ha quedado sin asistencia sanitaria porque resulta que es inmigrante. Aunque sea un ciudadano más, aunque lleve aquí diez años trabajando, pero ahora sin contrato. Podría haberme extendido como la sombra del rescate sobre nuestras cabezas, hablando de la prima de riesgo y de la Bolsa. Pero he decidido que no.

Ya ha empezado septiembre y muchos, economistas de carrera o de barra, van a hablarles de todas esas cosas. Los de un lado nos dirán que es el precio por los siete años malditos de Zapatero; los del otro nos asegurarán que esa es la excusa perfecta y recurrente de Rajoy para extender el zarpazo del recorte y seguir cumpliendo a rajatabla el subprograma electoral. Las dos Españas de nuevo, las que fueron, las que nunca han dejado de ser.

Ha llegado septiembre, pero quiero hablarles de otro septiembre. Llevamos instalados en la tristeza desde hace años. Nos ha ido minando lentamente. Tanto que parece que llevemos inmersos en esta crisis siglos. Cada año nos dicen que empezaremos a salir al año siguiente, estirando el horizonte y hundiendo la esperanza. El septiembre que yo recuerdo es un atardecer anaranjado junto a una piscina, charlando con el socorrista sobre la vuelta al cole, el inicio del instituto, los amigos que van y vienen, los libros de texto desprendiendo ese olor a tinta que duraba tres semanas… Ese septiembre traía nuevas fuerzas, nuevas ilusiones. El de ahora, el que hoy empieza, nos tiene atemorizados desde mediados de julio. Recuerdo esos niños del septiembre de mi infancia, corriendo para el colegio, felices, con sus mochilas de estreno sobre los hombros. Hoy andan arrastrando los pies, contagiados por la incertidumbre de sus padres, repitiendo como un mantra las mismas frases que oyen en sus casas sobre la situación actual. Cada casa es un mundo, claro, pero la crisis, el medicamentazo, la falta de becas, la subida de impuestos, el IBI, el IVA…; no hay canal temático de dibujos que pueda borrar del inconsciente de los más pequeños las imágenes de la tristeza y la desolación, una tristeza y una desolación que ya no vienen únicamente por la vía del Tercer Mundo y en la pequeña pantalla a la hora de comer, sino que cada vez están más cerca, salvando la distancia de nuestro pesimismo materialista y la absoluta falta de recursos en los países más pobres.

¿Cómo transmitirles alegría a los niños cuando los mayores han perdido la esperanza? ¿Tenemos que resignarnos y admitir que, por primera vez, la próxima generación de seres humanos vivirá muy por debajo de como lo hicieron sus padres? ¿Lo vamos a aceptar así, sin más, porque son cosas que pasan? En Bután hace tiempo que miden la Felicidad Nacional Bruta (FNB), mucho más importante que el Producto Interior Bruto. Nuestra FNB está por los suelos. La Eurocopa de fútbol y las medallas de los Juegos Olímpicos son una felicidad pasajera, pero los principales indicadores de felicidad son, como indica Sulak Sivaraksa en La sabiduría de la sostenibilidad, el grado de confianza, capital social, continuidad cultural y solidaridad social; el nivel general de desarrollo espiritual e inteligencia emocional; el grado de satisfacción con las necesidades básicas; el acceso a, y la capacidad de, disfrutar de la sanidad pública y la educación; y el nivel de integridad medioambiental, incluyendo el crecimiento o decrecimiento de las especies, la contaminación y la degradación medioambiental.

¿Cumple España alguno de esos indicadores? O, lo peor, ¿hemos dejado de cumplir alguno?

A pesar de que haya llegado, irremediablemente, este septiembre de recortes en sanidad, subida del IVA y rescates financieros, seguiré acordándome de aquel otro septiembre: el de la ilusión por empezar el curso, por ver los nuevos alumnos, los nuevos compañeros, el de los amaneceres otoñales, el de las primeras lluvias, el de los charcos a la luz de las farolas, el de las risas en los cafés. Y no se olviden: resignarse es el primer paso para aceptar cualquier cosa. Ser feliz es una actitud propia. Afrontar lo malo que venga con optimismo y tranquilidad es el primer paso para superarlo. Practiquemos algo de felicidad y amor desde abajo. Puede que a los de arriba se les contagie.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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