La música del cambio
1 de enero de 2013 WEB NOVELDA DIGITAL

El hombre mayor aguarda en el soportal de una zapatería. El cigarrillo de su boca va consumiéndose, sin esfuerzo apenas. De vez en cuando, una calada, y el aire blanquecino se pierde en el vaho de la ciudad. El hombre no mira ofertas de botas o tacones, precios ajustadísimos para animar las compras navideñas. El hombre ni siquiera ha reparado en las luces de las avenidas, en las marquesinas decoradas con anuncios de perfumes, en las prisas de la gente que se afana por aprovechar gangas de última hora. El hombre está apostado en una zapatería, frente a un supermercado, mirando los grandes contenedores donde depositan la comida caducada o los excedentes. El hombre mayor echa un vistazo a derecha y a izquierda. Y espera.

Estas fechas de recogimiento familiar, de comidas que se alargan hasta las cenas, de desayunos que son postres de las cenas, de regresos de amigos que intentan ganarse la vida más allá de la frontera, nos muestran el verdadero valor de la Navidad. A pesar de que llevamos inmersos en esta eterna crisis más de cuatro años, parece que está empezando a calar en lo más profundo de nuestras vidas justo ahora. Más que crisis, estamos sometidos a un bombardeo de tristeza continua. Y, lo peor, es que no se ve luz al final del túnel. Se preguntaba un viejo enigma hasta dónde era capaz de entrar un gato negro en un bosque oscuro por la noche. Hasta la mitad, ¿verdad?, porque después ya estaría saliendo. Nosotros estamos como ese gato negro, pero hemos perdido toda perspectiva: no sabemos si este túnel tiene salida, si es muy largo o no y si, quién sabe, cuando lleguemos al final, o cuando pensemos que hemos llegado, nos esperen de nuevo nuestras primeras pisadas, una mueca burlona del destino, señal del bucle infinito en el que estamos inmersos.

No me quiero poner melodramático. Leí la otra tarde que va a ser muy duro desear un feliz año 2013 sabiendo que ni va a ser feliz el año ni nosotros tendremos motivos para ser felices. Pero, ¿eso es así de verdad? ¿No tenemos ningún motivo para sonreír? Lo dudo. Creo que muchísimos más de los que pensamos. Porque, a pesar de los recortes, del desmantelamiento del estado del bienestar, de la brecha que se ha abierto de nuevo entre los que más tienen y los que menos tienen; a pesar de que nuestra España recuerda cada vez más al país que aparecía en las películas de Luis García Berlanga o Juan Antonio Bardem, aún nos queda aquello que nunca nos podrán quitar: la ilusión por querer conseguir nuestros sueños. Porque ahora es el momento de afianzar los lazos que nos unen con los más cercanos: ayudando a asociaciones benéficas locales, apoyando a colectivos de inmigrantes, motivándonos unos a otros, regalándonos lo más barato, las sonrisas y los besos, las palabras de apoyo que pueden salvar vidas. No vale decir que uno está en crisis para zafarse de todo ello: cuando damos únicamente lo que nos sobra, no estamos siendo solidarios, estamos siendo caritativos. Ahora, más que nunca, es momento de ayudarnos mutuamente. Acciones de crowdfunding, poniendo pequeños granitos de arena que hagan construir castillos entre todos; comprando los cuatro o cinco regalos que tengamos que hacer en tiendas de nuestra ciudad, regalando bienestar, vacunas o dinero a otros países del mundo en los que ya quisieran tener esta crisis, lugares donde «crisis» es sinónimo de «normalidad», donde la muerte habita en cada esquina, y siempre ataca a los más desprotegidos e inocentes.

Y es que nuestra crisis es la de un país que se ha dado de morros con la realidad. Levantamos una estructura de hormigón sobre los cimientos de una burbuja inmobiliaria y ahora estamos pagando las consecuencias. Y las seguirán pagando los hijos de nuestros hijos, quienes, si nosotros no lo remediamos, cometerán de nuevo los mismos errores. Con móviles de ultimísima generación e Internet a velocidades inverosímiles, pero con esa forma de repetir una y otra vez la historia que tenemos los europeos. Queremos evolucionar al siglo XXI rescatando políticas y estructuras del XIX. Y no nos damos cuenta de que el cambio empieza por nosotros mismos. Ya hay un sector de la sociedad que está cambiando. Estemos atentos. Todos. Porque ahora no es más que un tímido silbidito, apenas audible, imperceptible para aquellos que disfrutan del puesto más alto de la pirámide, aquellos que piensan que la música del cambio se contrarresta con la indiferencia o con los golpes. Sin embargo, cuando ese silbido sea secundado, cuando crezca la intensidad de la música y se convierta en un estruendoso bramido, más valdrá que estemos afinados y nos sepamos la partitura. O puede que algún tímpano reviente.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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