Escribir para todos o leerse uno mismo
7 de marzo de 2012   REVISTA ALMIAR

Vaya por delante la tesis de este artículo: hay que dejar atrás la orgásmica literatura de sinónimos extraños y complejas construcciones sintácticas para abrazar una forma de escribir más directa. Esto es, pienso que es mejor escribir para todos en vez de leerse uno mismo y dedicarse, más que a transmitir un mensaje y darse a entender por la mayoría, a recibir palmadas en la espalda de conocidos o parientes y regodearse en los vítores del «qué bien escribes aunque no te comprenda nadie» (o, peor aún, «qué bien escribes porque no te comprende nadie»). ¡Cuán hermosa es la fachada de esa casa, pero qué vacío su interior! Como esos decorados de cartón piedra que instalan en las viviendas cuando quieren venderlas, con esos libros de clásicos universales que están huecos por dentro.

Lo siento, quizá es que yo hice mía esa forma de descubrir nuevas voces que tenía el famoso editor Mario Muchnik: leer la primera frase de un manuscrito, la última y algunas al azar por en medio. Es probable que así se le escaparan algunas buenas novelas, está bien, pero si esa técnica le funcionó a la persona que descubrió y editó tantos y tantos éxitos a lo largo de su dilatada carrera es que algo de verdad tiene.

Procuro hacer algo parecido: a la hora de leer cualquier texto (la última novela que acabo de adquirir, un artículo de opinión sobre la reforma laboral o un cuento que un alumno quiere presentar a un concurso) leo la primera frase. Si no me atrapa, ahí se queda. Obviamente, si es un alumno mío intento hacerle ver qué se puede mejorar, claro está.

Eso es algo que cualquier autor debería tener en cuenta a la hora de ponerse a escribir: si es incapaz de enganchar con la primera frase, hay que empezar de nuevo. Las veces que hagan falta. Porque luego nos encontramos con aburridísimos primeros capítulos en los que la acción parece que no llega nunca (y no vamos a esperar hasta la página 54 para averiguar de qué va el libro). Por no hablar de esos escritos que empiezan con una letanía de palabras que se alarga durante varias líneas sin atisbos de sentido o de puntos seguidos… Un horror. Por fortuna, la cantidad de textos a los que podemos acceder actualmente es inmensa, así que más vale que el principio sea bueno y vaya al grano o el lector posará sus ojos sobre otra cosa que le llame más la atención. Lejos quedan las épocas en las que era preciso explayarse en la hermosura adánica de palabras forjadas a base de cultivar la pureza y la sinonimia enrevesada (ni siquiera la buena poesía actual cae en ello, gracias a Karmelo Iribarren, Roger Wolfe o Pepe Ramos, entre otros). El Parnaso tiene alfombras persas, majestuosas lámparas de araña y suelos de mármol reluciente, pero la poesía se escribe hoy en día en la calle por personas como ustedes y como yo que, sin embargo, saben ver más allá de los objetos y encontrar el mensaje último e interno de todo cuanto nos rodea.

Belleza, sí; utilidad, por descontado, pero sin olvidar que la Literatura ha de transmitir un mensaje en todo momento. Porque, ¿de qué nos sirve acabar de leer un artículo o una novela y suspirar «qué hermosura, qué calidad lingüística», pero no poder definir el tema y vagamente poder expresar la intención final de su autor? Podremos, y el autor nos lo agradecerá, no cabe duda, alabarle las artes constructivas de un verso o una frase, pero cuando intentemos rascar más profundamentre nos encontraremos con aire, silencio, oquedad.

Al situarnos como escritores frente a la página en blanco pensemos en nuestros lectores potenciales (aunque sea uno solo), pero también tengamos en cuenta aquello que nos gustaría leer. Pensemos que hemos de atrapar al lector desde el primer instante y, sobre todo, llenar nuestro texto de contenido útil y no de estopa que, aunque sea de diamantes o de esponjosas nubes, no deja ser estopa.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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