Europa al otro lado
25 de octubre de 2014   REVISTA ALMIAR

Tener un Parlamento Europeo con un puñado de euroescépticos es una de esas contradicciones que podrían sacarnos de quicio. Como si un grupo de antitaurinos adquiere una entrada de tribuna para la Feria de San Isidro con la idea de reventar las faenas y pitar en cada lance. Y que conste que nunca pagaría por ver cómo matan a un toro en directo, pero entiendo que hay mucha gente que se dedica a ello y que una buena parte de los impuestos que pagan a través de las entradas quienes van repercute en las arcas del Estado. No obstante, cobrar un buen pellizco al mes por ir de vez en cuando a Bruselas, cuando en realidad lo que quieres es que Europa deje de ser un conjunto de naciones que sueñan y persiguen un objetivo común, hace que todo se cubra de una peligrosa pátina de cutrez oportunista. Y no por el hecho de que a mí no me guste la idea de un hemiciclo plural, donde hasta los que no creen en él se aprovechen de su estructura para cambiar el sistema desde dentro. Porque en eso consiste la democracia. Sin embargo, el euroescepticismo se ha convertido en un inmenso cajón de sastre donde al final acabaron por colarse los de la extrema derecha y la xenofobia, esos a los que la democracia solo les sirve como excusa para penetrar en las instituciones y aprovecharse de ellas para expandir el sinsentido de unas políticas (por llamarlas de cualquier modo) que estigmatizan al otro culpándole de todos los males.

Y todo esto viene a cuento de que los euroescépticos han logrado formar grupo propio en el Parlamento Europeo, ya que el polaco Robert Jaroslaw Iwaszkiewicz se ha adscrito finalmente al grupo que gira en torno al inglés Nigel Farage, que tiene por nombre Europa de la Libertad y la Democracia Directa. Tener grupo propio significa mayores fondos, mayor presencia en comisiones y más tiempo para hablar en los debates. Es decir, podremos escucharles durante más tiempo insistir en que los extranjeros nos invaden para quitarnos el trabajo, que a las mujeres no les deberían dar tantos beneficios laborales o que, ya puestos, ¿qué es eso de una mujer trabajando y quitándose horas para su verdadero destino en el mundo: echar hijos al mundo y criarlos? Puede que así algunos despierten de ese letargo en el que estamos o en el que nosotros mismos nos hemos hundido, pues no olvidemos que a todos estos de la extrema derecha les estamos votando nosotros. Nadie nos pone una pistola en la sien cuando vamos a votar. Lo que ocurre es que los partidos que deberían cerrar filas ante esas actitudes extremistas están a otras cosas, principalmente preocupados por lo suyo y porque no les muevan el sillón. Y en tiempos de crisis, ya sabemos qué pasa: lo mismo de siempre. Condenados a repetir la historia. La mejor metáfora es aquella de que a río revuelto ganancia de pescadores. Pero aquí, mientras nos creamos que los extranjeros nos quitan el futuro y nos imponen su cultura, nos estamos perdiendo la ganancia de entender al otro.

España, que había sido ejemplo de democracia y sentir europeo desde su entrada en la Comunidad, vuelve a ser noticia por un giro a la derecha extrema que sitúa al Gobierno al borde incluso de la ilegalidad: la estratagema del Ministerio del Interior de modificar la Ley para permitir la devolución en caliente de los inmigrantes que intentan acceder a Europa por la frontera de Ceuta y Melilla va en contra de las directrices de Europa, que exigen cerciorarse de que esa persona no está huyendo de su país (y por lo tanto se trata de un refugiado político) ni es menor de edad.

Ese problema siempre ha existido, desde que un pueblo se encontró con otro. Y el problema es que nunca hemos sabido ponernos en la situación del de enfrente. Porque el que cruza un desierto de arena y muerte para esperar cuatro días en el campo para saltar una valla con la esperanza de entrar a Europa, que no a España, merece todos los respetos. Me podrá gustar más o menos, pero lo primero es pararme a pensar en sus razones. Y, entonces, cuando las escuche y comprenda, puede que me ponga en su situación. Porque todos somos seres humanos. Porque mañana podremos irnos nosotros a buscarnos la vida huyendo de la miseria.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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