Esto no es un cuento
Noviembre de 2003   REVISTA DE SANTA CECILIA

Esto no es un cuento por ahora, aunque tampoco debiera serlo nunca, Es algo más, algo que traspasa las fronteras de la lógica y penetra, como si de un cuchillo afilado se tratara, por los invertebrados cuerpos rasgando la carne huidiza de los seres que olvidaron llorar, Puedo tratar de narrar los hechos tal y como pasaron, Una línea completamente recta sobre la cual transcurren los acontecimientos que llamamos cosas y las cosas que llamamos casos, Puedo contar los hechos como ocurrieron o como pudieron ocurrir, pero me limito solamente a contar, a contar nubes en el ábaco del cielo, Cuando se está solo, nada importa, únicamente tu soledad, La lengua gallega tiene dos palabras para referirse a la soledad, soidade y saudade, La saudade escuece más al alma porque está hecha de limón y sal como el sanguinoso tequila dunha tarde de venres na praia da miña mágoa, El músico es una fusión de ambas acepciones, El músico, solo ante el escenario o envuelto en una masa bandística u orquestal, con su saudade de bolsillo, tiene que enfrentarse al mundo, En una ocasión, Miranda Rojos Reig, la gran turista onírica, la pianista nocturna, me visitó y me dijo que tocar solo era como tocar para mil personas, Todavía no la he comprendido, pero tampoco aspiro a ello, Nadie debería aspirar a comprender a nadie, tan solo a uno mismo, que ya es trabajo, Un amigo mío, Jorge Mar D’Arision, poeta y argentino, por ese orden, bohemio de corazón y transcultural hasta la médula, me explicó que en realidad nunca estamos solos, que nos acompañan las personas que se quedaron en el camino y aquellas otras que el destino pondrá ante nosotros, Lo malo viene, digo yo, cuando uno no cree en el destino, sino en el azar, Porque pienso que el azar, al igual que nos regala, también es quien nos roba las palabras y las personas, los amores y la vida, Lo único que, aunque no parezca verdad, el Azar y yo jugamos en el mismo equipo todas las noches entre las almohadas de una verbena a la que llegamos siempre pronto, De la misma manera, el azar nos pone en la cabeza un verso, una frase o una melodía, puros como espíritus ninfáticos, para que nosotros sepamos desaprovecharla en mitad de un olvido construido de formol, Es como llorar en solitario, En uno de sus últimos ensayos, el gran Dr. Rainiero Gosmaj, que no era doctor ni nada, nos explica que el acto de soledad absoluta es llorar en las oquedades de un insonorizado cuarto esférico sin ventanas, Porque cuando lloramos, dice él, siempre lo hacemos con la intención de que alguien seque nuestras lágrimas, tendiéndonos un pañuelo de pétalos sin rocío, nos diga que no pasa nada, que mañana volverá a salir estúpidamente el sol tras las montañas, que la tormenta amainará —aquí cabe cualquier otra chorrada que les hayan dicho, Mis lágrimas son notas en el piano invisible de un ocaso que jamás tuve la intención de perseguir, Decía mi amigo, el poeta Jorge Mar, que lo que más le gustaba a él era enamorarse de cada mujer que pasara y dedicarle, ocultado tras la luna y unas cortinas de mimbre, un poema a cada rincón de su piel, Ha sido siempre un soñador, un sinestésico de la carne, Pero mientras habla tiene en el rostro una sonrisa chesiriana, como si todo lo supiera, como si viviera alejado del mundo con Hamlet, dentro de una cáscara de nuez, Hemos vivido, me refiero a él y a mí, y a otros poetas, buscando un sentido a todo lo que hacemos, Yo me respondí hace tiempo aduciendo que todo lo mueve la casualidad ameliniana —comme c’est long de mourir une vie entière, Pero, saben una cosa?, yo sé que él tiene guardado el verdadero sentido de la vida y, por tanto, del Arte, Me lo contó en cierta ocasión, Dijo que estaba rebuscando en la inmundicia de los restos orgánicos de sus vecinos y se topó por casualidad con un pequeño papelito multi(c)olor, en el que ponía El verdadero sentido de la vida es no preguntarse cuál es el verdadero sentido de la vida, Lo que a fin de cuentas es aplicable a todas las cosas, Aunque no hay que cuestionarse nada, La vida no es un círculo como decía Nietzsche, es más bien un eterno reloj de arena, como el del poema de Óscar Hahn, donde la arena de la vida se va desprendiendo lentamente hasta llegar al final, Así acaba mi cuento, pero esto no es un cuento por ahora, aunque tampoco debiera serlo nunca, es algo más,

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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