Santa Cecilia: de mártir a patrona sin querer
Noviembre de 2013   REVISTA DE SANTA CECILIA

Gregorio XIII, el Papa que instauró en 1582 el actual calendario, que modificaba al juliano que venía empleándose desde el 46 a.C., fue también quien nombró oficialmente a Santa Cecilia como patrona de la música.

La Enciclopedia Católica de 1913, que hoy se puede consultar en Internet en http://ec.aciprensa.com, nos lo relata así: «La referencia histórica más antigua de Santa Cecilia se encuentra en el Martyrologium Hieronymianum. […] La fiesta de la santa que se menciona el 22 de noviembre, en cuyo día es todavía celebrada, fue preservada en el templo dedicado a ella del barrio del Trastevere en Roma. Por consiguiente, su origen probablemente se remonta a esta iglesia. Las primeras guías medievales (Itineraria) de los sepulcros de los mártires romanos señalan su tumba en la Vía Apia, al lado de la cripta de los obispos romanos del siglo tercero. […] Hacia la mitad del siglo quinto aparecen las Actas originales del martirio de Santa Cecilia, que habían sido transmitidas en numerosos manuscritos; estas actas también se tradujeron al griego. Fueron utilizadas en los prefacios de las misas del mencionado Sacramentarium Leonianum. Ellas nos informan que, Cecilia, una virgen de una familia senatorial y cristiana desde su infancia, fue dada matrimonio por sus padres a un noble joven pagano, Valeriano. Cuando, tras la celebración del matrimonio, la pareja se había retirado a la cámara nupcial, Cecilia le dijo a Valeriano que ella se había desposado con un ángel que celosamente guardaba su cuerpo; por consiguiente, Valeriano debía tener el cuidado de no violar su virginidad. Valeriano pidió ver al ángel, después de lo cual Cecilia lo envió junto a la tercera piedra miliaria de la Vía Apia donde debía encontrarse con el obispo (Papa) Urbano. Valeriano obedeció, fue bautizado por el Papa y regresó como cristiano ante Cecilia. Entonces se apareció un ángel a los dos y los coronó con rosas y azucenas. Cuando Tiburcio, el hermano de Valeriano, se acercó a ellos, también fue ganado para la Cristiandad. Como niños celosos de la Fe, ambos hermanos distribuyeron ricas limosnas y enterraron los cuerpos de los confesores que habían muerto por Cristo. El prefecto, Turcio Almaquio, los condenó a muerte; el funcionario del prefecto, Máximo, fue designado para ejecutar la sentencia, se convirtió y sufrió el martirio con los dos hermanos. Sus restos fueron enterrados en una tumba por Cecilia. Ahora la propia Cecilia fue buscada por los funcionarios del prefecto. Antes de que fuera apresada, dispuso que su casa debiera conservarse como un lugar de culto para la Iglesia romana. Después de una gloriosa profesión de fe, fue condenada a morir asfixiada en el baño de su propia casa. Pero, cuando permaneció ilesa en el ardiente cuarto, el prefecto decidió su decapitación en ese lugar. El ejecutor dejó caer su espada tres veces sin separar la cabeza del tronco y huyó, dejando a la virgen bañada en su propia sangre. Vivió tres días, hizo disposiciones en favor de los pobres y dispuso que, después de su muerte, su casa debía dedicarse como templo. Urbano la enterró entre los obispos y los confesores, es decir, en la catacumba de Calixto».

En poemas basados en las Actas de Santa Cecilia podemos leer: «Venit dies in quo thalamus collacatus est, et, cantantibus organis, illa in corde suo soli Domino decantabat: fiat Domine cor meum et corpus meus inmaculatum et non confundar», cuya traducción es: «Vino el día en que el matrimonio fue celebrado, y, sonando los instrumentos, ella en su corazón solo alababa al Señor diciendo: haz, Señor, mi corazón y mi cuerpo inmaculados y no sea yo confundida». Seguramente, tal y como nos dice la Enciclopedia Católica, «el cantantibus organis fue interpretado erróneamente, como si la propia Cecilia fuera la organista. De este modo se relacionó estrechamente a la santa con la música. Cuando se fundó en Roma la Academia de la Música (1584) fue nombrada patrona del instituto, después de lo cual su veneración como patrona de la música de la iglesia se generalizó universalmente».

Porque organum puede referirse tanto al instrumento de música en sí (el órgano) como a todos los instrumentos de música en general. En la asignatura de Literatura Comparada, en la Universidad, el profesor insistía en que el traductor es un traidor, de ese binomio italiano de «tradurre e tradire». En este caso, puede que la traición al original haya provocado que Santa Cecilia sea nuestra patrona. Asimismo, y esta vez por una similar escritura de las palabras latinas cæcitas (ceguera) y Cæcilia(Cecilia), también es Santa Cecilia, junto a Lucía de Siracusa, la patrona de los ciegos.

Nuestra palabra música, como nos indica el Diccionario etimológico de Joan Coromines, viene del latín musica, y este del griego antiguo μουσική (musiké), uso sustantivo de μουσικός (musikós), «propio de o relativo a las musas». Homero se había referido a ellas, tanto de forma individual como colectiva, incluso citando su número: «Nueve Musas cantando por turno con voz melodiosa entonaron sus trenos» (Odisea, canto XXIV, vv. 60-61). Sin embargo, fue Hesíodo, en su Teogonía(vv. 75-80), quien las presenta por su nombre: «las Musas que habitan las mansiones olímpicas, las nueve hijas nacidas del poderoso Zeus: Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Érato, Polimnia, Urania y Calíope». Euterpe, que en griego significa «la muy placentera», era considerada la musa de la música, después sustituida por Santa Cecilia, en cuyo honor se celebran, aquí y allá, numerosos actos. Pero la imagen de nuestra Patrona, en Novelda, está…, bueno, de dónde está y de cómo podríamos «honrarla» mejor no queda tiempo ahora para debatir. Quizá en otra revista… Hasta entonces, ¡feliz día de Santa Cecilia, amigos, socios y músicos de La Artística!

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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