La música en Semana Santa

Revista de Semana Santa, 2016

Es un hecho que lo que sustenta cualquier celebración es la música. Desde tiempos inmemoriales, incluso cuando no existían más instrumentos que el propio cuerpo humano, hombres y mujeres de todas las culturas y latitudes se dieron a contar historias y relatos, ficticios o reales, acompasando las sílabas de sus palabras con el acompañamiento musical modulado del tono de sus voces o los golpes de unos puños sobre la madera, con dos piedras entrechocando o las mismas manos golpeando los muslos. Hemos vivido con música. Siempre. Desde la noche de los tiempos y hasta hoy, fiel compañera de nuestras angustias y alegrías, de nuestros sueños y derrotas. Es, junto a nuestras palabras y los hijos que dejemos en la tierra que heredamos, lo que quedará. Lo sabemos y lo obviamos. Nos lo dijo Jorge Luis Borges y parece que lo hemos olvidado: «Durarán más allá de nuestro olvido, / no sabrán nunca que nos hemos ido». El resto, como susurró Hamlet antes de expirar, es silencio. Y a pesar de que el eterno argentino hablaba de los objetos que nos rodean, la música, como objeto inmaterial que materializa el pulso de la sangre que nos mueve e incita, también seguirá ahí cuando ya nos hayamos ido, cuando ni siquiera seamos la sombra o el polvo de lo que hoy somos.

Durante esta Semana Santa volveremos a escuchar los compases que acompañan a las imágenes, el arañazo siseante de las sandalias sobre el asfalto, el bramido de trombones que nos trae el recuerdo de las últimas siete palabras de Jesús crucificado. De un tiempo a esta parte, la música de nuestra Semana Santa se llena de partituras propias, de compositores locales que se inspiran en los pasos, en las cofradías, en el oscuro silencio del Jueves Santo, esa noche de largas sombras y pasos lentos, de melodías en modo menor y susurros en la calle; músicos que tratan de plasmar la emoción de la saeta, el rostro apesadumbrado del público, la mirada al suelo del nazareno.

También, desde no hace mucho, es común encontrarse con otro tipo de agrupaciones musicales en las procesiones. A las tradicionales bandas de música o las bandas de cornetas y tambores, se unen las llamadas agrupaciones musicales, aquellas que reúnen en sus filas, además de cornetas y tambores, trompetas y otros instrumentos que refuerzan la armonía y embellecen las melodías. ¿Qué hay de bueno en esta, si me permiten el palabro, «sevillanización» de nuestra Semana Santa? Sobre todo, las ansias de prosperar y enriquecerla, algo necesario y me atrevería a decir que obligatorio en estos tiempos que corren donde se busca la individualización y singularización de unas procesiones que, puesto que ya son patrimonio de un pueblo, adalid de nuestra historia, deben tener el interés turístico y la atención que se merecen.

Por otro lado, las bandas de cornetas y tambores tienen la limitación del instrumento que emplean, una corneta que es incapaz de hacer la escala cromática; esto es, de construir melodías con las doce notas existentes. Este hecho, claro está, aunque no reduzca el número inmenso de obras posibles, sí acorta la capacidad creativa de los compositores. De ese modo, sumando a las cornetas instrumentos como trompetas, fliscornos o bombardinos se completa el espectro sonoro, se gana en calidad armónica (cambian los timbres y, además, el bombardino crea el bajo, tan importante y a veces meramente suplido por golpes de bombo) y, por ende, se beneficia la creatividad.

Dentro de unos años, esas piezas musicales seguirán ahí, sonando por las callejuelas, delante o detrás de los pasos, marcando el vaivén de las pisadas. De nosotros depende que la música de hoy no quede tan solo reflejada en las fotografías que recojan instantes de estos días. El trasvase generacional tiene que producirse a tiempo. La tradición no ha de perderse. Todos pasaremos, pero la memoria colectiva reflejada en aquellas melodías que ya forman parte de lo mejor de nuestras vidas, perdurará. Para que nuestros nietos lo vean y lo sepan valorar.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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