La vida empieza tras el choque

Mayo de 2014   REVISTA DEL BARRIO LA ESTACIÓN

Era una de nuestras diversiones. Mezclada con algo de riesgo, por supuesto, que para algo teníamos trece años. El final del curso escolar se atisbaba no muy lejano; casi lo podíamos alcanzar con las manos y, desde luego, lo podíamos disfrutar solo con levantar una hoja del calendario. Lo del riesgo, claro está, viene a cuento porque vivíamos en el centro de Novelda.

Para llegar a La Estación había que ponerse a caminar, o confiar en la benevolencia de algún padre que quisiera perderse el fútbol vespertino cargando en el coche familiar una manada de críos delgaduchos. Pero la mayoría de las veces caminábamos; y llegar hasta el barrio significaba un cuarto de hora, quizá más, de pateo indeciso por estrechos arcenes sin asfaltar, sufriendo los vaivenes de la inercia de camiones que pasaban. Al final llegábamos. La feria esperaba. Yo venía del Sagrado, como otros, donde la feria de mi época duró un par de veranos y daría para varias páginas de anquilosada literatura (tocaría ponerse fino y delicado, para suavizar).

Por eso, llegar a La Estación, y hacerlo además andando, poco después de las cinco de la tarde, en grupos de ocho o diez muchachotes aguerridos (veníamos, para más inri, del Dehon), bajo el sol de un pasado sin cambio climático en el que las estaciones cumplían a rajatabla su aparición en el calendario, se asemejaba más a una aventura intergaláctica, algo así como el París-Dakar o el guión de una road-movie (a pesar de que no supiéramos lo que era eso). Y cuando alcanzábamos las primeras casas, el silencio y el atisbo lejano de los primeros ruidos de la feria ya empezaban a ocuparnos los oídos y la mente con el recuerdo del año anterior. Si aún eras muy joven, tal vez habías tenido que soportar el ir y venir por esas calles en cuadrícula, sorteando paisanos sonrientes, de la mano de tus padres, visitando puestecitos de baratijas y juguetes que nunca te llevabas a casa, observando (con esa envidia sana del que sabe que algún día él también estará allí) los grupitos de amigos que tenían un par de años más que tú. Aquellos que ya habían hecho trizas el cordón umbilical que les impedía el mayor ejercicio de libertad de aquellos tiempos: bajar al pueblo solo. O, al menos, esa orgullosa sensación de que fuera el padre de otro quien tuviera que llenar el coche de chiquillos cuando ya era hora de irse recogiendo.

Tampoco estábamos tanto tiempo en la feria, claro, porque la medianoche era el límite. Esa era una de las razones de salir hacia La Estación a las cinco y media de la tarde, bocata en mano, bien peinados y con la ropa de los domingos aunque fuera viernes. Cuando llegábamos, los puestos de la feria ni siquiera estaban abiertos y las calles aún eran vacíos espacios donde acampar a nuestras anchas. Nos comprábamos entonces varias cajas de petardos para ir despertando a los vecinos, nos quedábamos manteniendo la sombra del parque o veíamos pasar tres veces a la charanga y algunos miembros de la comisión de fiestas, repartiendo alegría y vasitos de licor. Nos montábamos en alguna atracción y aguardábamos.

Cuando atardecía, cuando el neón de las atracciones comenzaba a destacarse entre la negrura del paisaje, como si de pronto estuviéramos en Las Vegas, nosotros, los chiquillos de aquella Novelda de los 90, nos encaminábamos hacia los coches de choque. Era la atracción central, el corazón de la feria. Si había suerte, y casi siempre la había, las chicas ya habían llegado.

No hacía falta maquillaje para que estuvieran preciosas. Como nosotros, ellas también se habían cambiado de ropa y se habían rociado de colonia como para parar un tren o hipnotizar a una jauría de lobos hambrientos. Años después entendí la función de aquel medio litro de colonia que llevaba cada una: subían también caminando y tocaba evitar que la brisa de la tarde esparciera los aromas de esos perfumes de mamá durante el trayecto.

Las chicas nunca montaban enseguida a los coches de choque. Preferían los fríos bancos metálicos, allá donde la música machacona sonaba más fuerte, desde donde podían tener una perspectiva amplia de todo el terreno de juego. Los coches esperaban arrinconados al siguiente bocinazo. Quince o veinte chavales hacían cola, ya con las fichas compradas, con la cabeza gacha, deseando que el encargado de la atracción diera la bendición. Y entonces, con una manada de chiquillos de trece años armados con máquinas de aspecto futurista y las caras iluminadas por colores fosforitos, lo mejor que podían hacer las chicas era esperar los resultados de esa primera batalla. Los perdedores, cuyo coche había recibido demasiados golpes, marchaban doloridos. El meneo del cuello con el quinto golpe no dolía nada comparado con el orgullo herido de haber tenido que soportar la risita lejana de aquella chavala de las gafitas doradas.

Cuando empezaba el segundo asalto, algunas de esas niñas abandonaban su asiento de metal y corrían a ocupar el coche que otro había dejado libre. Y ahí empezaba el juego. Porque si veíamos que había alguna chica a bordo, esta se convertía, casi instintivamente, en el objetivo a batir. Si la chica era graciosa, si en los cinco minutos de atracción te sabías de memoria el número de su coche y los reflejos caoba de su melena al viento, es posible que no te ensañaras demasiado con ella. Quizá un golpe leve por detrás, como haciéndote el despistado. Perdona, no te vi. Luego te la cruzabas de frente y pasabas de largo, porque sabías (lo habías probado en tus carnes) que un golpe cara a cara era doloroso. Te levantaba del asiento y luego te dolían las rodillas durante una semana. Por eso atacabas de lado, procurando que si iban dos en el mismo coche, tu golpe diera del otro lado. De nuevo una disculpa, una sonrisa, una mirada de tanteo. Lo siento. Otra vez. De pronto, la música tecno de la atracción desaparecía y tú solo escuchabas el leve murmullito de sus párpados subiendo y bajando, su risa histriónica.

Al bajar, las piernas te temblaban, y no solo era culpa de aquella atracción. Porque, tras los golpes y las risas, empezaba lo mejor. Te acercabas a aquella chica y le volvías a pedir disculpas. Espero no haberte hecho daño; con tantos coches, es difícil controlar por dónde se va.

Son la metáfora de la vida. Los coches de choque. Tras cada golpe, la oportunidad de resarcirse. Cuando bramaba la bocina final, la decisión de bajar o volver a intentarlo. Dominar el coche, para que vaya por donde tú quieras, es una tarea de tiempo y ganas. Como en la vida. Y también como en la vida, a veces la fortuna te regalaba la mejor tarde, aquella en la que la chica del pelo caoba y los ojos marrones te decía que sí, que vale, que se subía una vuelta contigo en los coches de choque. Pero que la dejaras conducir. Y tú, claro, dejabas que condujera. Como si pudieras hacer otra cosa.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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