Sonidos del corazón
Junio de 2011   REVISTA DEL BARRIO SAGRADO CORAZÓN

Evocaciones de un pasado, remoto o no tanto. Cuando cerramos los ojos, el tiempo vuelve a nosotros y nos llenamos de paisajes de otra época, recuerdos del ayer. No hace tanto que el barrio Sagrado Corazón eran cuatro calles de tierra y piedras delimitado por la Acequia Mayor, las viñas de alrededor y el lavadero. La Glorieta quedaba lejos; un lugar casi místico.

Por esas calles se escuchaba el paso de la mula de Luis el Pupilo y del caballo de Isidro el Aigüeto. Por esas calles corrían les espardenyes de los más pequeños. Hoy, en verano, cuando se acercan las Fiestas y las banderitas reflejan arcoíris sobre el asfalto, todavía se ven algunos niños jugando por las calles, al frescor de la mañana, en esos días en que el tiempo parece haberse detenido y alguien ha hecho desaparecer todas las consolas de la casa y todos los canales de la tele.

También esos veranos, las calles se llenaban de sonidos, voces conocidas por los más pequeños: el chambilero, que vendía agualimón, horchata y agua cebada, esa que algunos sorbían con rollitos secos; o Jesús el Beltrana vendiendo churros. Voces que se confundían con la llamada del afilador, el matalafé o ese arrop i tallaetes que aún hoy se puede escuchar de tanto en tanto y que parece recordarnos que aún tenemos un pasado, guardado en lo recóndito del interior del alma. Sonidos que se han ido apagando con el paso de los años, como esas radios antiguas en donde la voz de Antonio Machín, reclamaba un hueco al pintor de sus angelitos negros y que, lentamente, van quedándose sin vida.

¿Escuchan? Sus latidos son apenas perceptibles. Son los latidos del tiempo, de la historia, del recuerdo.

Hace décadas, rumores infantiles y voces chillonas reían junto a la Acequia, con esos peces, enormes para manos tan diminutas, y el croar de las ranas poniendo una banda sonora estridente e imperfecta. Luego, esos mismos muchachos iban a cazar taulaíns que después freían. Por esa época, como ahora, los veranos duraban una vida entera y bien podían servir para granjearte toda una reputación.

Eran sonidos que se mezclaban con la tranquilidad innata del Barrio, una paz natural que solo cortaba el arrastre de una silla cuando alguien salía a tomar la sombra o el sonido seco y repetitivo de una alfombra a la que se le está quitando el polvo.

Ni siquiera se escuchan los pasitos de la lagartija en equilibrio en la pared. Ni siquiera se oye el ronroneo de los gatos bajo los coches.

Hoy, esa paz la rompe una moto partiendo la barrera de la siesta por la calle Cid o algún televisor encendido con el volumen a más de la cuenta.

Cuando llegaban las Fiestas, el estallido de los cohetes llamaba a la ofrenda o al pasacalles y la música pasaba por delante de casa, llevando a las reinas y damas al inicio de la procesión. Los años que había feria, recuerdos ya en color para las imágenes de infancia, niños y niñas de toda Novelda venían traídos por esa calma (aunque ellos dijeran que era por los petardos), atraídos por esos parques y esos solares en construcción donde poder fantasear o confesar, con palabras de canciones y películas de Hollywood, algún amor oculto que insuflaba las mejillas. Era nuestra última oportunidad de llevar compañía a la feria de las Fiestas Patronales, de saber que al extender la mano en la verbena del Casino tendríamos otra que nos esperara para asirla con cariño.

También el Sagrado ha tenido y tiene sonidos y aroma de azafrán. Sonido de camiones que descargan. Aroma de carteritas. El sonido de mujeres trabajando. El aroma de sus manos amarillas de faena. Sonido que ha dado futuro y progreso a todo un barrio y a toda una ciudad.

Pero no era el único negocio. Durante toda la historia, distintos sonidos han llenado el Sagrado: el crujir de la madera, el pan haciéndose en el horno, las brasas del carbón de Emilio, la tienda de la esquina… Un paisaje ecléctico que daba la imagen de ciudad autónoma.

En el Sagrado se encontraba de todo. Para ir a la Glorieta quedaba el Domingo de Ramos. Para bajar al pueblo estaba la visita a algún familiar o al médico o la paloma con los amigos. O ni siquiera al médico, que muchos eran los que, incluso de más allá de nuestras fronteras, iban a ver a María la curandera, en la calle Pizarro, que siempre tenía cola, hasta de madrugada. En el Sagrado estaba todo el pasado, el presente y el futuro de los vecinos. Por eso, esas cenas de convivencia que organiza la Comisión tienen tanto éxito: porque refuerzan la idea de ayuda y respeto mutuo, latente en cada calle, vivo en cada casa.

Con el tiempo, Novelda fue creciendo y los comercios fueron desapareciendo, otorgándole al Barrio ese carácter de zona residencial, un lugar donde aparcar no es un problema (demasiado grave) y aún puedes encontrarte a algún chiquillo jugando en la acera a los tazos con su vecino.

En otro tiempo podías cruzarte con la vaca. Isidro «Cosils» llevó la maroma que tiraba de ella durante años. En esas horas, los gritos y las risas se sucedían y se confundían con el miedo de la vaca, mayor incluso que el de los presentes. Había quienes iban a correr la vaca desde lejos, subidos a un camión. Los más valientes se acercaban un poquito y si les daba algún revolcón ya podían levantarse enseguida para evitar la consecuente sorna.

Unas risas que podían alargarse en el tiempo, como largo era el cordel de cáñamo del filater, que se ponía en la calle Alicante con su aparato para hacer cuerdas que más parecía un instrumento de ingeniería espacial o un ejercicio de auténtica magia.

Sus voces también fueron silenciadas con el paso de los años. Sustituidas por coches y, sobre todo, por esa tecnología siempre de ultimísima generación (lavadoras, cocinas, televisores, Internet…) que nos ha ido recluyendo en la casa propia como prisión personal, haciéndonos olvidar que tenemos una libertad, que la tuvimos, que se llamaba y se sigue llamando barrio Sagrado Corazón.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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