Con la música a otra parte
Noviembre de 2016   REVISTA DE SANTA CECILIA

Escribo estas líneas en la playa de Arguineguín, en las Islas Canarias, a casi treinta grados, el último domingo de septiembre; y no quiero ponerle a nadie los dientes largos. Porque para playas buenas, las de Alicante (en la provincia, por favor, huyamos de la capital). Así que fuera envidias. Pero quizá, cuando sea invierno y siga bajando a la playa porque el sol aprieta y caen veinticinco grados, la cosa cambie. Cuando el Instagram se pueble de abrigos, escarcha y fotos de cafés con leche en el alféizar de la ventana viendo la lluvia golpear los cristales, por estos lares seguiremos en manga corta. El otro día me dijeron que el mito del clima canario era eso mismo, un mito, y que en febrero hacía fresquito. Pregunté que me definieran «fresquito» y me respondieron que alrededor de 18 grados. Seguimos para bingo…

Escribo estas líneas cuando hace justo un mes que desembarqué en estas islas afortunadas tras más de cuarenta horas en un ferry. Si alguno de vosotros ha ido a Tabarca en uno de esos barquitos con los que puedes admirar el fondo marino, que se lo imagine doce veces más grande, quince veces más lento y cien veces más lejos. Desde que perdí Cádiz de vista no había nada más que hacer que ir del interior a la cubierta, de un televisor sin mando que solo emitía Telecinco al helipuerto y cinco hamacas. Pasaron algunos delfines y, allá donde uno mirara, solo veía el azul inmenso del Atlántico. Tuvieron que pasar dos días para que se me fuera el jet lag y esa sensación de que el suelo se movía bajo mis pies.

Tengo por delante una buena temporada. Larga o corta, depende de las circunstancias. Aquí hay otro ritmo, todo va más lento, más relajado. Cuando ven que te mueves deprisa, con esa costumbre de que te pidan las cosas de hoy para ayer, se dan cuenta enseguida de que eres peninsular. No es un insulto, claro, pero sí es algo que crea distancia en un primer momento. Para bien o para mal, a pesar de que, desde que estoy aquí, solo me he encontrado con gente buena y con buena predisposición a ayudar y hacerme que me sienta como en casa. Sin embargo, supongo que ese miedo o desconfianza al otro está ahí. Lo tenemos nosotros, en la península. ¿No lo iban a tener en una isla? Y eso que aquí el acento no es un problema: el motor principal de este paraíso es el turismo. Hay hasta tiendas, colegios e iglesias suecas. Tengo varias alumnas suecas, de hecho. De hecho, nunca antes había visto tantos suecos juntos fuera de una película de Pajares y Esteso.

Y, hablando del acento, otro mito. Todo el mundo me dijo que volvería con acento y ya me veían hablando canario en Navidad. Pero tengo compañeros de Madrid, del País Vasco o de Valladolid, todos con su acento original después de años en las islas, todos ceceantes como yo. Me diréis que hay gente más propensa a contagiarse el acento que otras, pero es que también hay gente que se marcha un fin de semana a Barcelona de vacaciones y vuelve diciendo «escolti, bona tarda».

La única diferencia entre aquí y allá que he visto (y oído) es respecto a la música, precisamente. No hace mucho estuve en un festival de bandas de música. Tres bandas, de toda la geografía grancanaria, incluida la famosísima banda de Agaete. Eran agrupaciones jóvenes (la más antigua, de Vecindario, cumplía 35 años), con unos treinta miembros de media, sin oboes y con las cuerdas mal compensadas: mucho saxo, poco clarinete, un trombón… Y sonaban muy muy diferentes. Ni siquiera los pasodobles que interpretaron (Puenteareas y Consuelo Císcar) me sonaban igual. Diréis que en la Comunidad Valenciana hay más tradición, pero luego me enteré que la orquesta más antigua de España es la de Las Palmas. Yo creo que es el ADN. El nuestro está hecho de corcheas y blancas, de ligaduras y puntillos. La música por aquí está orientada a las fiestas de los pueblos y poco más. Para nosotros, la música es parte de la vida. Cuando vuelva en Navidad cogeré de nuevo el fliscorno. Con respeto, porque tal vez se haya olvidado de mí. O quizá me ha echado de menos, tanto tiempo sin meterle el morro ni tocar sus pistones. Quién sabe. Hasta entonces, queridos compañeros, guardadme el hueco, apagad los teléfonos móviles durante el ensayo (que tenga que decir yo eso…) y mirad al director. Nos vemos a la vuelta.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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