Los regalos de Reyes

Llevo unas semanas enfrascado en la lectura del ensayo La fábrica de cretinos digitales (editorial Península, 2020), de Michel Desmurget, cuyo subtítulo no deja lugar a dudas: Los peligros de las pantallas para nuestros hijos. Antes de continuar, aclarar un par de cosas. La primera es que el autor es doctor en neurociencia y director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia. Es decir, algo sabe, no es un mindundi explicando sus movidas mentales. La segunda la explica el mismo en el prefacio del libro:

El objetivo de esta obra no es decirle a nadie lo que debe hacer, creer o pensar. Tampoco culpabilizar a los padres ni criticar sus prácticas educativas. Las páginas que siguen pretenden, única y exclusivamente, brindar al lector una información todo lo exacta y honesta que sea posible, por muy molesta o incómoda que resulte. A partir de ahí, le corresponderá a cada cual utilizar las herramientas facilitadas como quiera o como pueda.

El libro —no creo que haga falta decirlo— es altamente recomendable para profesores, maestros, pedagogos, padres, políticos y, en general, cualquier persona interesada en la educación (sea esta propia o la de los suyos) y que, claro está, no tenga vínculos profesionales o familiares con los mandamases de las tecnológicas. Y que, bien vale decirlo, tenga la mente un poco abierta y quiera reflexionar sobre cómo (de mal) está educando a sus hijos.

A pesar de que el autor presenta numerosos estudios científicos a lo largo de las casi 450 páginas del ensayo, no se hace pesado, máxime cuando el lector debe partir de que la premisa que se presenta es cierta. Obviamente, si uno piensa que las pantallas no son peligrosas porque «yo jugaba seis horas al día al ordenador de pequeño y ahora soy médico» o «me tiraba todo el sábado viendo series y no me ha ido mal» o «yo no tuve teléfono hasta los 22 años y no me fue mal» este libro no es para él. Recordemos, otra vez, la cita inicial: cada cual que haga lo que pueda o quiera, pero los datos están ahí, siempre que uno quiera verlos.

Por otro lado, tampoco podemos negar la mayor por las excepciones, incluso cuando la excepción es uno mismo. Como Desmurget dice en el libro: si todo el mundo juega, si todo el mundo ve la televisión más de cuatro horas al día, es lógico pensar que habrá casos de éxito que lleguen a buen término a pesar de ese tiempo perdido general, pero no por ello dejan de ser peligrosos los videojuegos, los smartphones, la televisión en la habitación del niño o el teléfono móvil en la mesa como método para que se esté callado y coma.

Sin embargo, vivimos rodeados de pantallas, estamos conectados todo el día con todo el mundo. Y los niños, cada vez a más temprana edad, no conocen, no desean otra cosa que el sumergirse en una pantalla táctil, con lo que eso perjudica a sus cerebros todavía en formación. El día antes de Reyes, sin ir más lejos, con las cabalgatas casi a punto de empezar, el conocido programa Boom (que emite por las tardes Antena 3, del grupo Atresmedia) invitaba a dos equipos de niños para un especial. En total, cuatro chicos y cuatro chicas que rondarían los diez años. El equipo finalista, que resultó ser el de las niñas, se llevó de premio una tableta electrónica por persona. Tabletas electrónicas. Asumiendo que no serían iPad sino dispositivos mucho más económicos, ¿no habría sido mejor regalarles cuatro vales de 100 euros para gastar en La casa del Libro? O cuatro juegos de mesa del programa. O cuatro puzles de mil piezas. O cuatro bicicletas. Ahora ustedes me dirán que esas niñas, que recuerdo que no tendrían más de diez u once años, podrán leer muchísimo en sus flamantes tabletas, pero convendrán conmigo (y hay datos de sobra en el estudio de Michel Desmurget) en que el uso mayoritario es el de visionado de vídeos, juegos o navegación por internet y en que, de forma también generalizada, los niños consumen ese contenido sin la supervisión de los adultos. Las niñas, es evidente, daban saltos de alegría, lo que contrastó cuando los chicos recibieron su regalo por alcanzar al final: entradas para un espectáculo de magia. Genial. Pero las caras de los chavales eran un poema.

Al día siguiente, mañana de Reyes, se me ocurrió preguntarme en Twitter (y ya sabemos que Twitter puede llegar a ser una auténtica escombrera):

Hubo respuestas para todos los gustos: desde quienes se me lanzaron a la yugular desde la tranquilidad de sus teléfonos de última generación y la protección de su anonimato hasta los que respondieron en los mismos términos que ya explica Desmurget en su libro. Repito que tu caso personal o el de tus hijos no debe opacar los estudios científicos que concluyen que el tiempo empleado en videojuegos (por eso del ocio activo, puesto que ver vídeos de YouTube o TikTok es totalmente pasivo) es tiempo perdido. Y son bastantes horas al año las que se van por ahí. Y aunque uno piense (o ha escuchado o le han dicho) que el videojuego ese al que su hijo está viciado lo ayudará a desarrollar áreas del cerebro que después podrá hacer servir para otras cosas, es mentira: ser bueno en un videojuego solo ayuda a ser bueno en ese videojuego, excepto cuando nos ponen ante la maquinita esa en las pruebas para renovar el carné de conducir. Si uno controla mucho la visión espacial y el manejo del mando, seguramente saldrá airoso de esa prueba en concreto. Pero, obviamente (¿en serio hay que decirlo?), conducir muchas horas en el mundo virtual del GTA no me convertirá en un buen conductor en la vida real.

Michel Desmurget lo tiene claro: antes de los seis años ni un minuto de pantallas, pero si no se puede evitar, siempre con la compañía de un adulto que explique y filtre el contenido. Pero claro, que cada cual haga lo que quiera.

También hay estudios que responsabilizan de las notas bajas en la escuela, el instituto o la universidad a la presencia de televisión, videoconsola u ordenador en el dormitorio del niño, a llevarse a la cama el teléfono móvil, a consumir horas y horas de internet no educativo (YouTube, redes sociales…), pero cada uno que haga lo que quiera.

Horas más tarde publiqué otro tuit.

Es decir, no tenemos por qué regalarles siempre libros a nuestros hijos. Faltaría más. Pero cedemos. El niño nos ve enganchados al teléfono y quiere el suyo; nos ve sentados frente a la tele, aunque no la estemos viendo, porque estamos con el móvil, y quiere imitarnos.

Luego, cuando ya sea tarde, le echaremos la culpa a la escuela o al instituto de que el crío no quiera leer y prefiera estar jugando a la consola o viendo la tele. Tristemente, he escuchado eso curso tras curso.

Pero, repito, que cada cual haga lo que quiera. Se supone que cada familia busca lo mejor para sus hijos. Sin embargo, como también me gusta recordar de vez en cuando, decía el filósofo hispanorromano Quintiliano en el siglo I d. C.: «In parentibus vero quam plurimum esse eruditionis optaverim». En realidad, desearía en los padres la mayor erudición posible.

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Sobre mí

Sobre mí

Sergio Mira Jordán (Novelda, 1983) es profesor, escritor y músico. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante, ha compuesto una decena de piezas para banda de música y ha escrito las novelas «La mirada del perro», «El asesino del pentagrama» (Cuadernos del Laberinto, 2012) y «El repicar monótono del agua» (Meracovia, 2016).

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