Palabras moribundas

Aristóteles ya hablaba en su Poética de la verosimilitud. Como el griego escribió ese pequeño manual hace dos mil cuatrocientos años, pueden imaginarse cuántos han sido los que han glosado, (mal)interpretado, criticado, comentado y justificado sus palabras. Si nos vamos al original, pasado por el filtro de la traducción (y en las traducciones de los clásicos todos sabemos que hay mil versiones y mil y una posibilidades, y sobre ello se puede leer la introducción que del Arte poética de Horacio hizo en el siglo XVIII Tomás de Iriarte), Aristóteles nos dice (en Poética, 2009, Alianza: Madrid, página 56):

Y también es evidente, por lo expuesto, que la función del poeta no es narrar lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, y lo posible, conforme a lo verosímil y lo necesario. Pues el historiador y el poeta no difieren por contar las cosas o en verso o en prosa […]. La diferencia estriba en que uno narra lo que ha sucedido, y el otro lo que podría suceder.

La verosimilitud no es lo mismo que el realismo, por supuesto. Y así, realismo sería que una obra literaria (o cinematográfica) buscara plasmar la naturaleza tal como es, reflejando fielmente cómo son las cosas, las personas, los objetos. El famoso espejo al lado del ancho camino que nos decía Stendhal en su prólogo a Rojo y negro. Por el contrario, la verosimilitud incluye inventarse unas reglas del juego y cumplirlas en todo momento para que nuestra historia resulte creíble de principio a fin. Los buenos narradores lo hacen. Y por eso nos creemos Parque jurásico, 2001: una odisea en el espacio y todas las aventuras de superhéroes: porque sus autores inventan unas reglas que nunca rompen. Si las quiebran, entonces es cuando se da el horroroso deus ex machina.

Por ello, siguiendo con el hilo de una entrada anterior, hay que estructurar previamente (o revisar y reescribir después, cada cual que elija su método), trabajando que las historias resulten creíbles. Esa es la primera regla. Nos creemos a James Bond, por ejemplo, viajando de parte a parte del mundo y venciendo a malos malísimos porque nos han contado que es un espía preparadísimo y que o bien un Gobierno paga las facturas que va dejando o bien le llena la tarjeta de crédito. Pero difícilmente nos creeríamos que en una historia ambientada a principios del siglo XX un humilde jornalero decidiera dejarlo todo y marcharse a conocer mundo de país en país, viajando en tren y alojándose en los mejores hoteles. ¿De dónde habrá sacado el dinero? ¿De repente le toca la lotería? ¿De pronto recibe una herencia de un familiar desconocido para él (y lo peor, para nosotros) que aparece en la página 48 justo cuando nuestro protagonista ha decidido que su vida merece un giro de ciento ochenta grados?

Si conseguimos que, a pesar de mantener todas esas imprecisiones, el lector siga hasta el final, entonces sí que nos habrá tocado la lotería.

IMG_1548La novela que estoy escribiendo ahora transcurre en dos épocas, en la actual y desde 1900 a 1950. La actualidad no requiere demasiada investigación, por razones lógicas, pero el pasado, para ser creíble, necesita completarse con datos, hechos y palabras que construyan la verosimilitud, no ya de la trama, sino de la ambientación. Y ahí ha jugado un papel interesante un libro titulado Palabras moribundas, firmado por Álex Grijelmo y Pilar García Mouton en ediciones Taurus (2011). No es un diccionario etimológico, aunque de las casi ciento sesenta palabras que se encierran en sus páginas se explica su etimología. Tampoco es un atlas lexicográfico, aunque podemos leer cómo se dice un término en según qué región del español. Es, ante todo, un buen libro de consulta que puede ser útil para recuperar ciertas palabras que se están perdiendo y analizar el porqué del olvido de otras. Allí nos encontraremos étimos como chiscón, golismero, chisgarabís, jaraíz, romadizo, mandil, etc., ilustrados con ejemplos de literatos pasados y actuales que emplearon esas palabras y de las que se hace, al final de cada entrada, un diagnóstico sobre su estado actual: vivo en ciertas zonas del español, en peligro de extinción o muerta por completo.

Para mí, Palabras moribundas ha sido un pozo donde pescar palabras que se decían en los primeros cincuenta años del siglo XX y que hoy ya no se dicen. Palabras, por tanto, que estaban muy vivas para los personajes de mi novela, que tienen que hablar y moverse como seres vivos muy creíbles. Pero, ojo, tampoco hay que poner una de esas palabras en cada párrafo o cada dos intervenciones, porque nuestra novela no tiene que convertirse en un compendio de sabiduría (ya se sabe: si el lector tiene que ir dos veces al diccionario, a la tercera irá a buscar otro libro que pueda leer). Pérez Reverte necesitó conocer términos del Siglo de Oro y vocabulario específico para la vestimenta, por ejemplo, para que nos creyéramos que los personajes de su saga Alatriste se movían en aquellos años y en aquellos ambientes. Del mismo modo , debemos salpicar aquí y allá, con maestría, esas palabras moribundas que construirán el marco, crearán la ambientación y ayudarán a que nuestra novela se mueva en un universo que será verosímil para el lector.

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