Un niño leyendo

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La foto (más bien, una captura a la tele) era esa. Un niño leyendo. Si nos fijamos en sus ojos, en su rictus serio, en los labios apretados, se diría incluso que está concentrado. Muy concentrado. Lleva más o menos la mitad del libro (Viking myths & sagas: retold from ancient norse texts, de Rosalind Kerven, 2015) y parece que nada de lo que sucede a su alrededor es tan importante como ese ensayo sobre mitología vikinga.

Hasta aquí ninguna novedad. Más allá de que cada vez resulta más difícil ver niños de esas edades (11, 12 o 13 años) leyendo en público, no debería ser noticia o convertirse en tendencia que un muchacho se siente en un banco, abra el libro que se trae entre manos y se disponga a pasar otro rato leyendo, sea como aprendizaje o como evasión.

Sin embargo, fue noticia y, durante unas horas, hubo mucho movimiento en Twitter porque ese chaval estaba leyendo. ¿El problema? El contexto. Unos cientos de personas consideraron que el niño debería haber estado pendiente de la semifinal de Wimbledon entre Rafa Nadal y Roger Federer. Algunos, directamente, le decían (como si el niño pudiera oírles o tuviera la necesidad de saber lo que pensaban) que se dejara de libros y viera el partido histórico de tenis que se estaba desarrollando a tan solo unos metros. (Fíjense si es histórico que el español y el suizo se han enfrentado en cuarenta ocasiones a lo largo de los últimos quince años.) Otros, los que eran algo más tolerantes, argüían que ya habría otro momento para leer. No obstante, unos y otros olvidaban la tercera posibilidad, quizá la más importante: que al muchacho no le interese lo más mínimo el tenis y sí (y mucho) la lectura. Es decir, que tus padres tengan el dinero para costearse unas entradas para la pista central de Wimbledon y llevarte en tus vacaciones de verano a ver una semifinal no implica necesariamente que a ti te guste el tenis. Porque a ti te gusta más (a la vista queda) leer.

La sociedad actual se ha estancado en la inmediatez y en lo visual. La reflexión que genera la lectura se está perdiendo y los maestros y profesores tenemos que bregar contra dos armas peligrosísimas: por un lado, la televisión y los cientos de canales con contenido infantil las veinticuatro horas del día, a lo que hay que sumar el acceso a internet cada vez más temprano (desde los 9 años o incluso antes) y lo que eso conlleva: miles y miles de canales de YouTube con contenido atractivo para niños y niñas, aunque también millones de horas de contenido pernicioso que nadie controla. Por otro lado, los padres, que, o bien porque trabajan y no controlan el contenido que ven sus hijos en televisión o en sus pantallas móviles o bien porque prefieren «callar» al niño (a veces, incluso bebés) con un juego del teléfono o de la tableta electrónica, han delegado en general la educación de sus hijos a otras plataformas que, aun siendo más caras que un libro, pueden almacenar cientos de horas de entretenimiento rápido y fácil. Obsérvese en todo esto el olvido de las bibliotecas públicas como eje central del crecimiento personal de un niño.

Parece que nos duele la lectura. Que nos moleste. Acostumbrados al ruido, a los gritos, a las palabras huecas y a toda esa agramaticalidad de los mensajes breves, un niño leyendo nos preocupa. Quizá porque pensemos que se siente solo. Quizá porque creamos que trama algo. Tal vez porque no queremos entender que alguien (¡y encima un niño!) pueda entretenerse en pleno siglo XXI con la lectura de un ensayo sobre mitología nórdica. Cualquiera de esos tres comentarios o pensamientos tienen fácil solución: coge un libro y lee.

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