Colchones y vasos

Hoy publica El País una curiosa carta al director. La escribe Gonzalo Sánchez Marín desde Gelves (Sevilla) y es tan breve que cabe aquí mismo, en una fotografía:

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A Gonzalo no le gusta que la gente vaya contando su vida por las redes sociales (se centra, ante todo, en Twitter) y, como quizá no tenga redes sociales (aunque, entonces, ¿cómo carajo sabe lo que la gente publica o deja de publicar?), ha decidido transmitirnos un suceso de su cotidianidad: la rotura de un vaso. No es un hecho muy común. A poco que uno sea cuidadoso cuando guarda, coge, friega o seca los vasos, estos no suelen romperse a diario, pero al señor Sánchez Marín, que quizá se pasea con manoplas por su casa, no le sucede lo mismo: empieza la carta con el adverbio ayer y la termina con un hoy pesadumbroso, al que añade ese «y después he tenido que recogerlo». Se infieren dos cosas: la primera, que le ocurre a menudo o, al menos, en los últimos dos días; y la segunda, que el vaso estaba vacío. Porque fregar el contenido habría sido algo para reseñar.

Por otro lado, el complemento del nombre «de cristal» añade ese matiz irónico que enseguida nos lleva a pensar: bueno, claro, menos mal que es de cristal. Porque podría ser de barro (y entonces nos tendría que contar el señor Sánchez Marín por qué emplea vasos de barro todavía en este siglo); y también podría ser de plástico (y entonces, obvio, no habría rotura ni historia que contar).

Es sabido —cualquier narrador lo puede ratificar— que la inspiración para cualquier historia nace en el lugar más insospechado, en la acción más cotidiana. Por eso, se dice que los escritores tienen esa mirada peculiar que les hace convertir lo habitual en motivo literario. Esta carta al director de El País tiene muchos escondrijos por los que rebuscar una trama novelística. Un escritor podría profundizar en la vida de su protagonista, en la abulia de prepararse la comida para uno mismo, en la soledad de no poder contarle a nadie (ni siquiera en Twitter, ¿quién habría de seguirlo?) que se le ha roto un vaso, en el silencio quebrado por el cristal haciéndose añicos… Pero otro escritor también podría profundizar en la carta misma, la carta como objeto literario si lo prefieren. Y entonces descubriría que, incluso en este pequeño género periodístico, las redes que conectan las ideas son tan estrechas que, por desgracia, nada es nuevo bajo el sol. El 14 de enero de 2014, el diario ABC publicaba un texto muy parecido al de El País, pero con colchones en vez de vasos. Claro que, literariamente, era mejor la carta original. Al menos en esa, que pongo a continuación, aparecían más personajes (está el hermano y, por qué no, una posible cuñada o cuñado) y era mayor la riqueza de sus detalles («muy cómodo», «una tapita de queso»). Lo dicho: hasta cuando se busca la gracia nos encontramos con que el chiste ya es muy viejo.

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