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El juego de los niños

Habré visto la película unas tres veces y en cada ocasión descubro un matiz nuevo. Me refiero, claro está, a ¿Quién puede matar a un niño?, la segunda película de Narciso Ibáñez Serrador. Toda la generación EGB lo conoció gracias al programa Un, dos, tres… en sus múltiples idas y venidas de televisión, aunque nuestros padres ya sabían de sus andanzas en el terror televisivo por las Historias para no dormir que son fácilmente encontrables por internet.

A lo que iba. Hace unas semanas volvieron a echar en el programa de La 2 de TVE Historia de nuestro cine la película de Chicho Ibáñez Serrador y, puesto que uno ya estaba agotado por el España-Bélgica y tocaba madrugar al día siguiente, la grabé. He vuelto a verla. ¡Y qué buena que es! Ya sabía que estaba basada en una novela corta, publicada el mismo año del estreno de la película, 1976, por Juan José Plans con el título El juego de los niños, pero no había tenido ocasión de echarle el ojo al libro. Ahora sí. Y con menos de doscientas páginas se lee de una sentada.

Juan José Plans Martínez nació en Gijón en 1943, ciudad en la que murió en 2014 cuando le faltaban cuatro días para cumplir los setenta y un años. Como periodista, trabajó para Radio Nacional de España (Premio Nacional de Radio en 1972, premio Ondas en 1982) y colaboró con el suplemento cultural de La Nueva España. Como escritor, se centró en el género fantástico y de terror, con relatos cortos que adaptaba a la radio o la televisión y que le granjearon el favor del gran público. Sus obras están traducidas a diversas lenguas, apareciendo en distintas antologías o prologando antologías. En 1976, como se dijo, publicó El juego de los niños, que se adaptó ese mismo año en el que empieza la Transición española con el título de ¿Quién puede matar a un niño? (atención a la música, inquietante, de Waldo de los Ríos, y a la fotografía, espléndida, de José Luis Alcaine).

Las diferencias son sustanciales.

La novela, dividida en cuatro partes de cuatro capítulos cada una, se abre con una cita de Tweedledee, el hermano de Tweedledum, los onomatopéyicos gemelos de la canción infantil, mundialmente conocidos gracias a Lewis Carroll y su Alicia a través del espejo:

…Si así fuera, así podría ser…

La narración emplea una tercera persona omnisciente en pasado y presenta nada más abrirse la primera parte a un profesor ganador del premio Nobel de Medicina («por sus trabajos de etología») al que está entrevistando una joven periodista. Muy al estilo de la narrativa de corte científico y estoy pensando ahora mismo en Michael Crichton. Volverá a salir en las últimas líneas de la novela, para enmarcar la obra. El discurso inicial del profesor sin nombre es premonitorio

El hombre, animal superior, conglomerado de muchos trillones de células que representan cada una de ellas un montaje de diversas moléculas, se plantea en la actualidad su futuro; es su gran problema. […] Grave responsabilidad, pienso, y atiendo principalmente al acontecer histórico. […] El hombre, en el reino animal, no deja de ser una especie más. Y, como tal, si hablamos de nosotros como de un producto cualquiera de la naturaleza, podemos llegar a extinguirnos por muy diversas y dispares causas. Una de ellas: la autoaniquilación.

Leído en perspectiva, parece fuera de lugar. ¿Sobran esas páginas? No sabría decir, porque el autor es siempre soberano. Lo mismo pasa con los minutos iniciales de la película: metraje que parece retardar el inicio de la acción y que, de nuevo visto cincuenta años después, me resulta demasiado explicativo.

Después de ese inicio que busca contextualizar, conocemos a Malco y Nona, un matrimonio que ha dejado a sus hijos (David y Esther, ¿buscamos referencias bíblicas?) en casa con la abuela para emprender unas vacaciones que los llevará a la isla en la que él pasó su infancia, acompañando a su padre, don Mario, el abogado que se encargó en su día del reparto de tierras. El nombre del islote, en el que viven unas cuatrocientas personas incomunicadas del continente (en la película son un centenar, lo que resulta chocante a tenor de la cantidad de niños que vive allí), es singular: Th’a, producto de una leyenda.

A la isla se la conocía por Th’a desde que, muchos siglos antes, su joven reina fuera asesinada por su esposo, angustiado a causa de unos infundados celos. La había matado al borde de un acantilado y después, ante la estupefacción y dolor de sus súbditos, la arrojó al mar.

Al desaparecer Th’a bajo las aguas, entraron en erupción varios volcanes. Los nativos siempre lo consideraron como un castigo de los dioses por haber dado muerte el rey a una de sus hijas predilectas. Parte de la isla fue devorada por el mar y el viento se encargó de esculpir el cuerpo de Th’a en lo que quedó de ella.

Como en la versión cinematográfica, Nona está embarazada. Los nombres cambiaron en la versión cinematográfica. Malco y Nona serán Tom y Evelyn, interpretados por Lewis Fiander y Prunella Ransome. El Malco escritor de cuentos infantiles (creador del osito Pilgrim, lo que tendrá una importancia clave en la construcción del personaje) será el biólogo Tom. También cambian los topónimos. El pueblo sin nombre del que parte el matrimonio hacia la isla Th’a, de situación ilocalizable y por tanto universal, será Benavís (que comparte fonética con Benahavís, en el interior de Málaga). La isla se llamará Almanzora. Nombres castellanos para una historia que, aunque no se diga nunca si ocurre en España, está claro que es muy mediterránea, a pesar de que los exteriores de la película se rodaron en un pueblo de Toledo, Ciruelos (cuando aparece mar es Menorca, Almuñécar o Sitges).

Como en su versión en cine, la novela también se va construyendo lentamente, creando una intriga creciente que explota cuando vemos matar al primer niño: aparecen cuerpos mutilados, cadáveres acuchillados… Todo va creando un suspense en el lector bastante efectivo: ¿qué está ocurriendo? Y lo mejor de todo: ¿qué va a ocurrir? Fíjate en el final del capítulo tres, en la primera parte:

El mar, manso, se retiraba.

Quedaban hoyuelos en la playa, varadas algunas lanchas en el puerto, peces prisioneros en las oquedades de las rocas.

Unos cangrejos dejaban sus huellas en la arena.

Y en una gruta, abandonado allí por el mar, lleno de algas, el cadáver de un hombre, con un profundo corte en el cuello, sin brazos, con los ojos fuera de las órbitas, aún tenía marcado en su rostro todo el horror que mente humana pueda concebir.

Los cangrejos escalaron aquel cuerpo.

Ese suspense in crescendo está muy bien logrado. Cuando Malco deja a Nona en un bar y va a explorar por su cuenta la isla (es una escena que vemos también en la película), observa de qué manera se nos presenta el primer cadáver. La presencia de las moscas (que el personaje asocia al calor y el lector a la muerte) es notoria. Las marco:

En el mostrador, con una caja registradora de modelo antiquísimo, tanto que él hacía muchos años creía desaparecido, fue sacando de la bolsa cuanto retirara de los estantes para mentalmente sumar los precios.

Espantó a varias moscas de su alrededor, molesto.

Malco se volvió para mirar de nuevo a la muñeca.

—Seguro que a Esther le gustará —y, decidido, fue en su busca.

Puso a la pecosa con las demás cosas.

Una lata, al guardar de nuevo lo comprado en la bolsa, y tras dejar para el final a la muñeca, se le cayó al suelo.

Malco, después de contar el dinero y dejarlo sobre el mostrador, se agachó a por la lata, no sin antes murmurar:

—¡Es como si en esta tienda se hubiesen reunido todas las moscas del pueblo!

Si la lata hubiera quedado unos centímetros más lejos, detrás del mostrador y no a uno de sus lados, Malco habría visto el cuerpo de una mujer en medio de un charco de sangre seca y negruzca.

La mujer, mutilada, estaba cubierta de moscas.

Como dos cuerpos más que yacían en la trastienda.

Malco, antes de irse, dejó una moneda más por una bola de chicle.

Sin embargo, las diferencias más notables entre el libro y la película son el porqué del comportamiento de los niños. En la película, desde el inicio y hasta el final, con la frase final del muchacho en el puerto (Rodrigo Cortés, durante el comentario posterior al visionado en el programa Historia de nuestro cine admite que le sobra), se entiende que es la venganza. Los niños han sufrido mucho a lo largo de la historia, así que ahora ha llegado el momento de vengarse. Si se piensa fríamente, no tiene mucho sentido el contagio entre los niños de esa ansia de matar a los adultos por la mirada o por la hipnosis (como en el caso de la niña que contagia al feto de Evelyn para que la mate desde las entrañas). Parece que se mezcla la voluntad consciente de matar (el deseo de venganza) con el contagio por hipnosis. ¿Quién puso la primera semilla para esa actividad?

Me gusta más la opción de la novela, aunque la interpretación es mucho más abierta. ¿Es una venganza de la naturaleza ante los males que el ser humano provoca en ella? ¿Esa lluvia de polen amarillo (que ha cambiado el color de la isla, que Malco recordaba rojiza) está causando esos cambios en el comportamiento de los niños? ¿Actúan inconscientemente? ¿Se contagia simplemente con el tacto? Nadie lo sabe, «salvo un premio Nobel de Medicina», como leemos al final.

Para ir cerrando esta no-reseña de la novela El juego de los niños (que debes leer si te gusta el terror), destacaré dos fragmentos, que aparecen con ligeras modificaciones en la película.

El primero es el primer crimen que Malco y Nona presencian, bien avanzada la novela (algo más de la mitad, al final de la segunda parte). La escena dura algunas páginas. Representa el choque de la pareja ante la violencia infantil:

—Un niño.

—El viejo se ha escondido detrás de aquellos bidones. Pero el pequeño no tardará en descubrir a su abuelo.

—¿Por qué?

—Al viejo lo delata la sombra de su bastón.

—Antes de que me dé cuenta, estaré jugando así con nuestros nietos.

El niño avanzaba sigilosamente.

—El viejo cada vez se esconde más. Pero esa sombra… —comentó Nona, a quien aquella situación la había sacado del sopor.

—Saldré a preguntarle —dijo Malco, que se volvió para dar un beso a su esposa.

Nona, con un alarido espantoso, lo sobrecogió.

—¿Qué te pasa? —le preguntó y miró inconscientemente al vientre de Nona.

—¡Lo está matando!

—¿Qué dices? —exclamó él estupefacto.

—El niño… ¡El niño está golpeando al viejo! En cuanto llegó a él le cogió el bastón y… —dijo casi desfallecida.

Malco se sintió paralizado por el horror al ver en la calle como el niño daba furiosos golpes con el bastón en la cabeza del anciano.

—¡Por Dios, haz algo!

—No puede ser… —dijo Malco sin dar crédito a tan macabro espectáculo.

—¡Pronto!

Malco salió precipitadamente de la fonda.

—¡Basta! —gritó.

El niño, al oír a Malco, se volvió amenazadoramente hacia él.

El segundo del final, el pasaje más desgarrador del libro, que aparece tal cual en la película: el momento del no retorno:

—¡Nuestro hijo!

—¡No te comprendo! —exclamó Malco, desesperado.

—Lo sé… —y Nona sufrió otro agudo dolor.

—¡Por Dios! —gritó Malco, que la había sujetado por las muñecas para que dejara de serpentear por el camastro.

—¡Me está matando!

—Eso… es… imposible… —balbució Malco, aterrado.

—Él… ¡es como los otros niños! ¡Desgarra mis entrañas! ¡Me odia, Malco, nos odia!

Malco, estupefacto, no acababa de dar crédito a lo que ella decía. Pero, el vientre de Nona, era como un mar agitado.

—Me mata… Con sus piececitos, con sus manecitas… ¡No quiero morir así! ¡No quiero! Acaba con él… No aguanto más —y rugió, salió por su boca una pasta sanguinolenta.

—¡Está dentro de ti!

—¡Dispara, Malco! ¡Por mí, por él!

—¡No puedo! ¡Nona, no puedo! —gritó fuera de sí.

—Me… asesina —y ríos de sangre afloraron por su boca.

—Nona, no… ¡Resiste! No puede ser… Él no…

Nona quedó con los ojos en blanco.

Y aquí te dejo la que es, para mí, la mejor escena de la película, creación de Chicho Ibáñez Serrador, espejo de una de las escenas iniciales: el momento de la piñata.

Por último, copio el epílogo que Juan José Plans escribió para la edición de 2011:

Han pasado treinta y cinco años desde que se publicó en formato de libro, por Sala Editorial (Madrid, 1976), la primera edición de El juego de los niños, cuya escritura inicié a finales de los años sesenta del pasado siglo tras convertirse en una de mis más angustiosas pesadillas, producida por la fotografía de unos niños llorando inconsolables junto al cadáver de su madre, alcanzada por la metralla de otra estúpida guerra más, la de Vietnam, principiada en aquella época en la que surgió el movimiento hippy. con el que el sempiterno inconformismo de los jóvenes (y yo entonces lo era) alcanzó un nivel impresionante, principalmente por adoptar una actitud de protesta.

Tal imagen, más sobrecogedora por la desesperación de los niños que por el charco de sangre en el que se hallaban, fue lo que hizo eclosionar en mí la idea que había ido gestando sobre la relación de nuestra especie, la humana, con la naturaleza: que esta, víctima inocente de una de nuestras más devastadoras acciones, la destrucción del equilibrio ecológico, pretenda eliminarnos.

Los niños, también víctimas inocentes de las locuras de los mayores, pueden ser el medio por el que la naturaleza inicie la erradicación del planeta habitado por la especie que tano la hace peligrar, la humana.

Esta novela forma parte de una trilogía sobre nuestra problemática con la naturaleza. Las otras dos son Babel dos y Paraíso final, en las que igualmente enmarco la acción en una isla imaginaria; porque lo que ocurre puede ocurrir en cualquier parte, como en El juego de los niños.

Las consecuencias de nuestro instinto, tanto de destrucción como de autodestrucción, también las planteo en varios relatos, que ante todo son unos desgarradores alegatos contra la guerra o la contaminación… En el fondo, contra todo aquello que nos denigra, incluida la indiferencia ante la tragedia de los demás: Algún día regresaré, La noche de los inocentes, Tren hacia la costa, El amigo que llegó del cielo

Son las obras de un escritor indignado, que es lo que soy, con un mundo que no le satisface del todo. Por consiguiente, lo escrito por Antonio Buero Vallejo sobre El juego de los niños, tiene mucho sentido aún en la actualidad y por eso lo repito aquí: «No sabemos de dónde viene ese maná amarillo, pero que sea justamente a los niños a quienes afecta vuelve a estos doblemente infantiles, disponibles para todos, como lo han estado para la deformación que los adultos les hemos infringido. Ese es el mayor acierto del argumento [de El juego de los niños]: que ellos se conviertan «por juego» en definitiva némesis».

Publicado enReseña

2 comentarios

  1. Charly Charly

    Yo también la he vuelto a ver recientemente la primera vez fue en el cine Jorge Juan de Novelda y fue bastante impactante. Pero al igual que ocurre con la naranja mecánica la novela siempre va más allá que el mero espectáculo

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