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En quién piensa un escritor

El pasado miércoles, a página completa en El País, leía una entrevista cuyo titular me llamó la atención.

La clave es la segunda parte de la coordinada adversativa: ese «[escribir] lo que podría gustarle [a la gente». Es el dilema de toda narración, de todo escritor en realidad: ¿escribir pensando en los lectores o no hacerlo? Es decir, ¿en quién piensa un escritor cuando se pone a emborronar cuartillas?

Yo siempre he dicho, y lo he defendido cada vez que he tenido ocasión, que hay que escribir pensando en lo que a uno le gusta leer. Si piensas en los posibles lectores la cosa puede desmadrarse enseguida, porque qué haces: ¿renuncias a tus principios en pro de una corriente actual que podría cambiar cuando tengas el texto listo? Podría sonar egomaníaco, sobre todo si no somos nuestros mejores críticos, pero debemos partir de lo que nos gustaría leer para, a partir de ahí, construir algo que haga que nos sintamos orgullosos.

De la entrevista también me resultó curioso (o incongruente, siempre y cuando uno no esté vendiendo un personaje más allá de su persona, que es lo que me temo y lo que predomina en el mundo escrituril últimamente) que el autor pretendiera controlar todos los aspectos de la entrevista (que no hubiera fotografías, las preguntas que se le hacían, casi un certificado médico del periodista…) y luego se lanzara a escribir sin ton ni son, sin saber «lo que iba a pasar el minuto siguiente».

Yo reconozco que soy, sobre todo, porque a veces es difícil separar ambos estilos y uno pica de aquí y de allá, más escritor de mapa que de brújula. Es decir, trabajo con una escaleta previa, aunque luego, en ocasiones cuando analizo esa escaleta y otras veces en mitad de la escritura, surge algo que me hace replantearme ese trabajo previo. No pasa nada. Señal de que he encontrado algo que me gusta más que mi decisión inicial.

Conocí hace años a una autora que me decía que se lanzaba a escribir como cuenta este autor. Se sentaba ante el ordenador, abría el Word y se ponía a escribir. Curioso que ella hiciera también como él: pensar en actores y actrices concretos para sus personajes. Me decía que se imprimía sus fotos y las tenía siempre delante. Creo que eso es una dificultad si después, llegado el caso, surge una adaptación cinematográfica. Con el autor de la entrevista no pasa nada, porque ya dirige sus propias adaptaciones y, tras el éxito de la primera (premio Óscar incluido), tendrá los actores y las actrices que le dé la gana haciendo cola con sus agentes de la mano. Sin embargo, para los escritores de a pie, creo que describir a un personaje tan sucintamente que incluso el lector pueda reconocer al famoso que se esconde detrás es un error. En La sombra del océano, más allá de su edad y de que podíamos pensar (por el ejercicio diario que hacía) que se mantenía en cierta forma, nada se dice del aspecto del subinspector Juárez. En la segunda de la serie, Mate de dos alfiles, sabemos que tiene el pelo corto, con canas, y que también pinta canas en una barba que lleva varios días sin afeitar. En estas historias con narrador en tercera persona (aunque no omnisciente sino objetivo, y casi siempre focalizado en el policía protagonista) puede resultar sencillo describir a los personajes, caer en la tentación de esa minuciosidad puntillista que apasionaba tanto a los decimonónicos. En una novela en primera persona, como las de aquella escritora que comentaba, es complicado no ceder al momento cutre en que un personaje se describe mirándose al espejo o ante un escaparate. No. Creo que debemos dejar que los lectores, con unas pinceladas mínimas, se imaginen a nuestros personajes, a los que sí tenemos que definir (rostro, altura, aspecto físico, voz, etc.) siempre y cuando esos rasgos sean algo a destacar de ellos y no una simple lista de características que servirían más para buscar pareja en internet. Y, como siempre, desvelar muchos de esos datos a través del diálogo y de sus acciones más que en la propia narración.

Dicho lo cual comparto la página completa del periódico, con la entrevista Florian Zeller, dramaturgo y cineasta, autor, entre otras, de la trilogía El padre, La madre y El hijo, y responsable de la dirección y el guion de The Father (con Anthony Hopkins, que también se llevó su estatuilla) y El hijo (con Hugh Jackman).

Publicado enEscritura

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