Reseña «El club de la lucha 2»

Es una historia conocida, repetida a lo largo de los tiempos y almacenada en las enciclopedias literarias para estudio, análisis y tranquilidad de escritores futuros. Chuck Palahniuk escribió El club de la lucha (en original, Fight Club) porque ninguna editorial le compraba su primera obra, Monstruos invisibles, la historia de una top model desfigurada tras un accidente que cruza Estados Unidos robando medicamentos de los botiquines de los ancianos para luego vender una parte y tomarse la otra.

En su segunda novela, escrita en pocos meses y primera en ver la luz allá por 1996, el narrador es un tipo sin nombre que lleva una anodina vida y cuya única felicidad es adquirir muebles y ropa por catálogo. Por así decirlo, el narrador está siendo absorbido por los objetos que le rodean. («Lo que posees, acabará poseyéndote».) Además, como su trabajo como perito en una importante firma de automóviles le lleva a viajar constantemente de huso en huso horario, le sobreviene insomnio. Se despierta en decenas de aeropuertos, en cientos de lugares, y no recuerda cómo ha llegado: «Si me despertara en un lugar distinto, en un momento diferente, ¿lograría despertarme siendo otra persona?». Cuando acude a su médico para que le recete pastillas para poder dormir, porque el dolor es inaguantable, el doctor le dice que vaya a los grupos de apoyo para enfermos y vea realmente lo que es sufrir. Y en Aún Hombres Unidos, el grupo para hombres con cáncer de testículo, el narrador conoce al voluminoso Bob, el gran oso, con sus «tetas de perra», y llora. «Esto era la libertad. La libertad consistía en perder toda esperanza. Si no decía nada, la gente del grupo se ponía en lo peor». Y entonces puede dormir.

Sin embargo —giro en la trama—, todo cambia cuando se cruza en uno de esos grupos de apoyo a los que se vuelve adicto con Marla Singer, otra «turista» del dolor ajeno que busca consuelo. Con ella delante, el narrador no puede llorar y, de nuevo, no puede dormir.

Es entonces cuando nuestro narrador conoce a Tyler Durden, que en la novela levanta estatuas efímeras en medio de una playa nudista al tiempo que combina diversos trabajos nocturnos (operador de cine, camarero de banquetes…) y, en la película, además, vendedor de jabón casero para grandes superficies. «Vendo a las mujeres ricas sus propios culos celulíticos», dice Tyler en el fantástico film de David Fincher; en la novela, el jabón se fabrica con las reservas de colágeno que almacena la madre de Marla.

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Tras un primer encuentro, el narrador se verá obligado a vivir con Tyler cuando su apartamento vuela por los aires tras una explosión de gas, esparciendo por media ciudad los objetos que ha ido acumulando con esmero durante tantos años. Pero para acogerlo en su casa alquilada de Paper Street, Tyler le pide solo una cosa, y es que lo golpee lo más fuerte que pueda. Y así, en el aparcamiento de un bar, nace un grupo de apoyo para hombres como el narrador, desencantados con la vida que llevan: el «club de la lucha». Pronto, el lugar se irá poblando de otros hombres que escapan del aburrimiento generado por el consumismo y huyen de la desazón de no haber cumplido las altas expectativas que, como generación, otros habían puesto sobre ellos. La primera vez que pelearon el narrador y Tyler, este último confesó que luchaba contra su padre. Nunca lo había conocido. Él narrador tampoco: «Yo viví con mi padre unos seis años, pero no recuerdo nada. Cada seis años, más o menos, mi padre funda una nueva familia en otra ciudad. O mejor dicho, establece una franquicia».

Lo demás es historia. La novela tuvo críticas positivas y negativas, se vendió más o menos bien, y luego llegaron Hollywood, David Fincher, Jim Ulhs y su genial guión y Edward Norton y Brad Pitt para construir una obra maestra del cine. Una película que cerraba el año 1999 y que se ha convertido con el tiempo en una película de culto (sumamos El silencio de los corderos, Pulp Fiction, Seven y Asesinos natos y tenemos un buen repóquer que disfrutar durante horas).

Mal entendida por aquellos que solo se quedaron en los golpes y en la sangre y obviaron el mensaje que contenía (y que también está en la novela), la película tuvo una excepcional acogida en DVD (olvidémonos de ese inefable videojuego ¿basado en la película?) y esta segunda parte que ahora ve la luz en forma de novela gráfica no era, quizá, necesaria, pero se agradece. Y mucho.

Concebida para aquellos que crecimos con Tyler Durden en nuestro imaginario cultural y que leímos y releímos El club de la lucha después de vernos cien veces la película (inolvidable ese final apocalíptico con la canción «Where is my mind?» de The Pixies), El club de la lucha 2 (editado en junio de 2016 por Reservoir Books, del grupo Penguin Random House) nos sitúa diez años después de los hechos que cierran la novela.

Toda la trama de la novela El club de la lucha sucede en apenas unos minutos: una larga analepsis en la que la prosa ágil y contundente de Chuck Palahniuk nos explica cómo hemos llegado hasta ahí. Hasta la cima del edifico Parker-Morris, a ciento noventa y un pisos sobre el suelo, donde Tyler Durden le mete una pistola en la boca al narrador: «Con una pistola incrustada en la boca y el cañón entre los dientes solo conseguirás farfullar algunas vocales». Volveremos allí en el capítulo veintinueve, pero nuestra percepción de la realidad será muy diferente. Entonces, puede que le hayamos comprado o no al autor la tesis del libro y el concepto del Proyecto Estragos (Mayhem, por el original, en la película). El libro termina de forma muy diferente a la versión cinematográfica. En la película, Tyler Durden muere para que el narrador sobreviva sin él y con Marla Singer, mientras el mundo se desmorona a su alrededor y todo avanza hacia un futuro incierto. En el libro, no hay esa capacidad de redención: es el narrador quien nos dice que Tyler murió, pero no nos lo deja muy claro. Tampoco se queda con Marla. O sí, pero más adelante.

Marla está aún en la Tierra y me escribe. Algún día, dice ella, me llevarán de vuelta.

Y si hubiera teléfono en el cielo, llamaría a Marla desde el cielo y en cuanto dijera «¿Diga?», no colgaría.

Le diría: «Hola. ¿Cómo te va? Cuéntamelo todo en detalle».

Pero no quiero volver. Todavía no.»

Porque siempre pasa alguien, con un ojo morado, la frente hinchada o la nariz rota, y le susurra: «Lo echamos de menos, señor Durden», «Todo marcha según el plan», «Estamos impacientes por su vuelta».

Y Tyler volvió. Veinte años después de su aparición en forma de novela. Porque la novela gráfica obvia la adaptación cinematográfica. O la respeta, aunque el propio Palahniuk, que aparece como personaje en el cómic, les dice a los fans que van a protestarle por el final de El club de la lucha 2, que no captaron el final del libro. Incluso alguien le responde: «¿Había un libro?». Es un juego metaliterario sensacional. Los que conocemos desde hace años a Chuck Palahniuk y hemos disfrutado con Superviviente, Nana o Asfixia (también llevada al cine), sonreímos ante estos ejercicios literarios y estos autoguiños. Pero no es una novela gráfica para seguidores de la película, sino para acérrimos lectores de Palahniuk. Sin más.

Ilustrada por Cameron Stewart, en El club de la lucha 2 nos reencontramos con personajes conocidos. Como Cara de Ángel. Otros, como Cloe, que iba a las sesiones de Arriba y Más Allá, el grupo para enfermos con parásitos cerebrales, nos visitan tras morir en la novela y en la película. O el grandullón Bob con sus tetas de perra («Se llama Robert Paulson», gritado de punta a punta de Estados Unidos como un mantra, porque en la muerte tenemos nombre; Robert Paulson). Dividida en diez capítulos, la novela gráfica incluye un epílogo que le da, literalmente, una vuelta de tuerca a la conclusión de la novela. Es la forma que tiene Palahniuk de decirnos que ahí se encuentra el origen. Esta segunda parte ahonda en las raíces del narrador (que ahora se hace llamar Sebastian) y en las de Tyler. Después de diez años, el matrimonio de Marla y Sebastian ha tenido un hijo, Junior, y todo parece haber vuelto a la normalidad: él trabaja para Levantarse o Morir, el mayor proveedor mundial de personal militar; ella sigue acudiendo a reuniones de apoyo para enfermos. En el cómic, los afectados por el síndrome de Hutchinson-Gilford. La progeria, el envejecimiento rápido. A ellos, a ese peculiar ejército de niños suicidas que no tienen nada que perder, les confiesa Marla que necesita volver a enamorarse del hombre que conoció, de aquel que la rescató del hotel Regent cuando estaba a punto de morir por una sobredosis. Y les dice que le está cambiando las pastillas que mantienen cuerdo a Sebastian (y a Tyler Durden a raya, por tanto) por placebo.

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Y entonces Tyler vuelve para terminar lo que empezó en la novela. El club de la lucha 2 se lee de un tirón. 282 páginas que terminas y vuelves a empezar, como haces y harás con la película. Para fijarte en los detalles. Para degustarla lentamente después del atracón inicial.

El club de la lucha 2 está editado por Reservoir Books y se puede comprar aquí.

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