«Escándalo en Bohemia»

El primer relato de Sherlock Holmes

Después de escribir dos novelas, Estudio en escarlata y El signo de los cuatro, Arthur Conan Doyle publicó el que sería el primer relato protagonizado por Sherlock Holmes: «Escándalo en Bohemia». Apareció, como la mayoría de los que siguieron, en The Strand Magazine, en el número de julio de 1891, ilustrado por Sidney Paget, y al año siguiente se recogió en Las aventuras de Sherlock Holmes. Estudio en escarlata tiene uno de los mejores inicios de la literatura policiaca. Vale la pena degustarlo otra vez:

Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. Rara vez le oí mencionarla de otro modo. A sus ojos, ella eclipsa y domina a todo su sexo. Y no es que sintiera por Irene Adler nada parecido al amor. Todas las emociones, y en especial ésa, resultaban abominables para su inteligencia fría y precisa pero admirablemente equilibrada.

Esta Irene Adler, difunta en el momento en que escribe Watson, es alguien «de dudoso y cuestionable recuerdo». Pronto sabremos por qué.

Watson se ha casado —con … —, por primera vez —habrá más bodas— y ha retomado el ejercicio de la medicina. Una noche de primavera vuelve a casa y sus pasos lo llevan hasta la puerta del número 221B de Baker Street. Allí, Holmes hace alarde de sus deducciones ante su amigo, que no deja de asombrarse. Y nosotros, lectores ávidos de literatura criminal, aprendemos la diferencia entre ver y observar, algo que se ha explotado hasta la saciedad en la ficción policíaca (y me vienen a la cabeza las novelas de John Verdon sobre el policía retirado David Gurney).

La trama empieza, como en otras ocasiones, con una carta que anuncia la inminente llegada de un visitante (que acudirá enmascarado) y, por tanto, de un nuevo misterio. Antes de que llegue, Holmes, observando el papel, deduce que la persona que la escribió es alemana y utilizó papel fabricado en Bohemia (región histórica de la República Checa).

El visitante embozado, que dice llamarse conde von Kramm, pide discreción y secretismo al menos durante dos años sobre un asunto, como ya sucedió en el caso que tratamos la semana pasada, que «podría afectar a la historia de Europa». Pronto explica que representa a la familia Ormstein, herederos del trono de Bohemia, pero a Sherlock Holmes no se le puede engañar así como así. Están frente al mismísimo rey heredero: Guillermo Gottsreich Segismundo von Ormstein, gran duque de Cassel-Falstein.

Una vez desenmascarado, el duque explica el caso: hace cinco años Guillermo Ormstein trabó amistad en Varsovia con la aventurera Irene Adler. Holmes la tiene «fichada» en sus archivos: nacida en Nueva Jersey en 1858, contralto ya retirada, vive en Londres… Tras el affaire del duque y la joven, el futuro rey quiere recuperar unas cartas comprometedoras que le envió y, lo peor, una fotografía en la que aparecen juntos. Ladrones pagados por el duque han intentado robar la imagen cinco veces, pero sin éxito.

Todo el diálogo entre el duque y Holmes es un digno ejemplo de cómo hacer fluir la trama con rapidez. Citemos un fragmento de esta partida de tenis dialógica:

—¿Hubo un matrimonio secreto?

—No.

—¿Algún certificado o documento legal?

—Ninguno.

—Entonces no comprendo a Vuestra Majestad. Si esta joven sacara a relucir las cartas, con propósitos de chantaje o de cualquier otro tipo, ¿cómo iba a demostrar su autenticidad?

—Está mi firma.

—¡Bah! Falsificada.

—Mi papel de cartas personal.

—Robado.

—Mi propio sello.

—Imitado.

—Mi fotografía.

—Comprada.

—Estábamos los dos en la fotografía.

—¡Válgame Dios! Eso está muy mal. Verdaderamente, Vuestra Majestad, ha cometido una indiscreción.

Además, Conan Doyle introduce un reloj (lo vimos hace dos semanas en palabras de Chuck Palahniuk): Irene Adler ha amenazado con enviar la foto a la futura mujer del duque, Clotilde Lothman von Saxe-Meningen, el siguiente lunes, en cuanto se haga público el compromiso. Tienen, pues, tres días.

Cuando el duque le da sus señas en Londres (se quedará en un hotel) y las de Irene Adler (residencia Briony, Serpentine Avenue, St. John’s Wood), se despiden y Conan Doyle da por terminada la primera sección de «Escándalo en Bohemia». El escritor no volvería a dividir un relato en partes nunca más.

La segunda parte de la historia (llevamos la mitad del relato) nos sitúa al día siguiente. Holmes aparece una hora después de su cita con Watson disfrazado de mozo de cuadra en paro, gracias a lo cual ha conseguido muchísima información sobre Irene Adler, a la que visita con frecuencia un apuesto abogado de nombre Godfrey Norton. Sherlock puede escuchar cómo el abogado le dice a su cochero que lo lleve a la iglesia de Santa Mónica. Poco después, ve de refilón a la señorita Adler: «Se trata de una mujer deliciosa, con una cara por la que un hombre se dejaría matar».

Holmes, todavía disfrazado de mozo andrajoso, llega a la iglesia justo para actuar como testigo de la boda entre Norton y Adler, una boda ilegal, como explica Jesús Urceloy en la edición de Cátedra:

En la Inglaterra de entonces cualquier matrimonio es ilegal sin las debidas amonestaciones, que deben ser publicadas con dos semanas de antelación, como mínimo.

Esa misma tarde se resolverá el misterio, con un plan que Sherlock hace repetir a su amigo:

—Tengo que mantenerme al margen, acercarme a la ventana, fijarme en usted, aguardar la señal y arrojar este objeto, gritar «¡Fuego!», y esperarle en la esquina de la calle.

Para la ocasión, Sherlock se disfraza de sacerdote y provoca un altercado en la puerta de la señorita Adler con la ayuda de algunos actores. Finge sufrir una herida en la cabeza y el bote de humo con el que se simula el fuego hace que la joven acuda a salvar lo más preciado que hay en la casa: la fotografía. Pero se percata de la estratagema y abandona la vivienda. Cuando llegan a Baker Street, alguien saluda a Holmes. Un joven delgado. «Esa voz la he oído antes», dice el detective.

En las tres últimas páginas se resuelve la narración y se evita el escándalo en Bohemia. Es la tercera sección. La mañana siguiente, Holmes, el rey y Watson van hasta Serpentine Avenue solo para descubrir que Irene ha marchado con su esposo al continente y que ha dejado una fotografía y una carta en el escondite que Sherlock descubrió la tarde anterior.

En la nota, la señorita Adler/supuesta señora Norton explica que se dio cuenta tarde de que estaba ante Sherlock Holmes, pero que quiso también disfrazarse (el relato abunda en este recurso) y seguirlo hasta Baker Street. Ha huido con su esposo, pero se lleva la fotografía en la que sale con el rey por pura protección. A cambio, deja una fotografía, la suya, que Holmes se queda. Quizá como recordatorio de la persona que lo venció intelectualmente o quizá, me decanto más por esa opción, para no olvidarse nunca de este amor platónico.

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