La infame Supercopa

En el estadio Rey Fahd de Riad no hay aseos para mujeres. ¿Para qué?, debió pensar el arquitecto. No pueden ocupar ninguna de las 67.000 localidades disponibles. Con una excepción. Bueno, en realidad, tres al año a partir de ahora y, al menos, hasta 2024 (aunque hay noticias de que incluso más allá): los tres partidos, las dos semifinales y la final, de la Supercopa que la Federación Española de Fútbol obliga a jugar allí a cambio de 30 millones de petroeuros anuales. Una ganga. Luis Rubiales, presidente de la RFEF, está haciendo bueno a Ángel Villar, que ya es decir.

Que se juegue una competición deportiva española fuera de nuestras fronteras ya es extraño, pero que además lo haga en un país que no respeta los derechos humanos básicos es una infamia. Y todo por dinero. Arabia Saudí compra a España con millones para blanquear su dictadura a ojos del mundo. Rubiales, que pretende auparse de este modo en exportador de democracia, como si fuera un yanqui de película, vende que las mujeres, gracias a la Federación (por consiguiente, gracias a él) pueden ir al fútbol. Olvida decir que solo durante esos tres partidos al año. El resto del tiempo los maridos no las dejan, como se entiende de las entradas de la Supercopa: un 98 % fueron ocupadas por hombres. Y del exiguo 2 % restante, muchas iban a trabajar, periodistas de países vecinos.

Lo del público es otro tema. ¿En serio compensa llevarse una competición a miles y miles de kilómetros para que los españoles la vean por la tele y allí no haya nadie? Las siguientes imágenes, capturas de pantalla de la retransmisión, lo dicen todo:

Primera semifinal, entre el F. C. Barcelona y el Real Madrid, con muchos huecos libres en el estadio
Segunda semifinal, entre el Atlético de Madrid y el Athletic Club de Bilbao, con las gradas vacías

En el Barcelona-Madrid había unos treinta mil saudíes, la mitad del aforo permitido tras las restricciones por coronavirus; en la segunda semifinal, el Atlético-Athletic, siete mil. Y, puesto que allende nuestras fronteras, el Real Madrid «vende» más, el estadio árabe estaba lleno de hinchas merengues que pitaban cuando el Barcelona tenía la pelota, algo que no pasaría en terreno neutral, o pasaría menos. ¿Qué ha quedado de esa Supercopa a ida y vuelta entre dos equipos?

Se mire como se mire, se está prostituyendo una competición, que, dicho sea de paso, ya venía enrareciéndose desde 2018 con aquella final a partido único en Tánger, experimento tal vez para la situación actual.

Ahora, con el nuevo e incomprensible formato de finales a cuatro (enfrentando al campeón y subcampeón de Liga y a los dos finalistas de la Copa del Rey, o invitando al tercer clasificado si se da el caso de un doblete), asistimos a la circunstancia, por tercer año consecutivo, de que la final de los campeones la jueguen los subcampeones de ambas competiciones. Es decir, la esencia del torneo se ha evaporado. ¿Y todo para qué?

En fin, sigamos creyendo que estamos arreglando el mundo, aunque mejor sería si dejáramos a las mujeres saudíes cambiar el país a base de pequeñas grandes conquistas. Desde 2015 pueden votar. Desde 2018 conducir solas. Y ya, por fin, pueden sentarse en un restaurante junto a un hombre, siempre que este sea su marido, claro, porque está prohibido tener relaciones extramatrimoniales (así como beber alcohol o consumir pornografía). Y todo esto sin la ayuda del Federación Española de Fútbol, obviamente. En nuestro haber, según la RFEF, está la simiente de una liga femenina de fútbol, competición que, por cierto, no emite la televisión de allí. Ya ven con qué poco se conforman algunos y de qué forma hay que justificar los millones.

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