Génesis de una novela

Escribir una novela es fácil. Que alguien la lea ya es más complicado. Y que haya gente, además, que quiera gastar el dinero comprándola para leerla, parece tarea imposible. Pero ocurre. Y cuando ocurre… la alegría es inmensa.

Pero volvamos al principio. A eso de que escribir una novela es fácil. Quizá no sea tan sencillo, ¿no? Todo el mundo ha terminado un libro y se ha dicho: «esto también puedo hacerlo yo». O peor: «seguro que yo lo hago muchísimo mejor». Es el equivalente a cuando pensamos, recién salidos del cine tras ver una de esas películas cuyo guión no se coge ni con pinzas, que nosotros lo haríamos mejor. Sin embargo, como intuimos que es un pelín más complicado buscar financiación, contratar actores, seleccionar escenarios, alquilar cámaras y grúas, componer una banda sonora y editar y montar todo el material resultante para que al final luzca chulo chulo, encendemos el portátil, abrimos el Word y nos liamos a teclear hasta que las noches se convierten en días y los días noches. Siempre se ha dicho que todos guardamos en nuestro interior una historia que merecería ser contada, pero es importante saber qué poner y qué no, cómo decirlo, desde qué punto de vista… Así que, cuando llevamos 200 páginas de texto a letra Calibri tamaño 11, es posible que nos encontremos con que las puertas que abrimos en la página 40 no conducen a nada; o que el personaje que tenía los ojos verdes en la página 13, de repente los tiene azules en la 29 y otra vez verdes en la 143; o quizá nos demos cuenta de que el final al que hemos llegado no cumple ninguna regla causa-efecto y carece de toda lógica. Entonces, la tristeza nos invade, dejamos reposar unas semanas nuestra novela y la volvemos a retomar cuando es posible que ya nos hayamos convencido de que eso de escribir no era tan fácil como habíamos pensado.

¿Cuál ha sido el problema? El de siempre: estructura, estructura, estructura. Si fallan los cimientos, falla todo. Para muestra, un botón. El mío: ahora mismo estoy escribiendo una novela. Llevo meses dedicado a ella, pero únicamente he esbozado lo que podría llegar a ser el prólogo. ¿Y qué he estado haciendo durante todo este tiempo? En primer lugar, documentarme. Es una novela ambientada en la guerra civil española, así que he tenido que leer libros sobre la época, visionar varios documentales y ver cientos de imágenes de aquellos años. Y, como además se trata de una novela que narra una historia familiar, he tenido que empaparme (y sigo haciéndolo) de esa historia. Mientras tanto, voy tomando datos y escribo lo que sería el esqueleto. La escaleta, que se llama.

¿Y qué poner en esa escaleta? Básicamente todo aquello que va a suceder, pero a grandes rasgos, sin añadir ni diálogos ni descripciones. Apenas unas líneas de narración fría, que cuando vea que funciona y está bien engrasado, ampliaré en un segundo vistazo con todas las acciones que ocurrirán en ese capítulo o pasaje. He decidido que la novela transcurra en dos épocas: el pasado, con la historia de una familia de represaliados políticos durante los años 30 (aunque el contexto me obligará a algunos capítulos previos a esa fecha), y el presente, donde la nieta de uno de esos represaliados buscará reconstruir el pasado. Para hacerlo más difícil, el pasado estará narrado en tercera persona y en tiempo presente; y el presente en primera persona y en tiempo pasado. He llegado a esa conclusión para no tener que poner, al principio de cada capítulo, esa engorrosa acotación que indica en qué época nos encontramos. El nexo común de las dos tramas, y así evitar que los saltos temporales entre capítulos resulten demasiado drásticos, será la poesía: poemas populares o canciones de aquellos años, partiendo de «Los Campanilleros», una tonadilla que la familia recuerda, algo así como el leitmotiv. Eso es lo que le dará unión a la trama. Claro que, para llegar a eso, hay todavía un largo camino que recorrer.

Primero de todo, se ha de buscar la idea principal de la novela, la tesis. Esto, que parece sencillo, es quizá lo más difícil. Pongo como ejemplo un artículo periodístico. Si está bien escrito, podremos definir el tema y encontrar la tesis en una primera lectura (bueno, vale, algún alumno mío necesita leerlo dos veces), pero, si está mal escrito, nos perderemos en vaguedades y al final pensaremos: «¿y qué nos quiere decir el autor con todo esto?». Con la novela, o con esta novela en concreto, quiero que quede claro un tema, un mensaje. Lejos del maniqueísmo del «o buenos o malos», quiero que la gente que salga de esta novela lo haga con una sensación: «eran buenas personas que pensaban diferente, y ese fue su único delito». No será una novela sobre la mala suerte, sobre el azar adverso, pero sí quiero que sea una historia en la que quede patente que hubo personas que lucharon para ganar un futuro mejor que dejarles a sus hijos y que, solo por haber nacido en una época en la que la división de clases estaba muy patente, fueron perseguidos, excarcelados e incluso algunos asesinados solo por ello. ¿Cómo transmitir ese mensaje sin que en ningún momento suene a moralina? Plasmándolo, por supuesto. Por eso en la escaleta debe quedar claro el mensaje, que luego tendrá que completarse con diálogo y acción.

Esto no es una regla absoluta que haya que seguir sí o sí para escribir una novela. Pero a mí me funciona de esta manera, puede que porque no dispongo ahora mismo de seis horas diarias para sentarme a escribir y dejar que fluya la inspiración. Mi inspiración se llama trabajo previo. Así que, hasta que llegue el momento de ponerme a escribir, sigo dándole forma al esqueleto.

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