Escribir a mano / en el ordenador / en el iPad

Hace tiempo hablé de La historia de mi máquina de escribir, un librito genial de Paul Auster. En aquella entrada rememoré mis años adolescentes iniciándome en las letras. Antes de eso, obviamente, escribía a mano. Cuentos, sobre todo, reinvenciones de otros relatos, continuaciones de películas o capítulos de series.

Recuerdo, por ejemplo, que, en una de esas tardes larguísimas que se abrían después del colegio, me decidí a escribir el guion de un episodio de Los Simpson. Era «La casa del terror I», correspondiente a la segunda temporada, justo la reinterpretación del poema de Edgar Allan Poe «El cuervo».

El juego de la ficción crea caminos inescrutables: sobre un poema del siglo XIX, los guionistas de una serie de dibujos animados crean una versión y luego yo, a partir de la traducción y sin ninguna noción sobre guionización o escritura, traslado al papel lo visto.

Pero yo no tuve nunca una máquina de escribir propia. La de mi tío servía para teclear relatos y poco más; para pasarlos a limpio, más bien. Claro que lo intenté, desde luego, porque escribir a máquina era oficio de escritor y yo quería serlo. Pero la máquina consumía mucha tinta y había que ir y comprar cintas y más cintas. Hasta que fue más sencillo y más barato encender el ordenador (un Amstrad CPC 6128) y escribir allí lo que previamente había escrito a mano. Porque entonces escribir aún significaba escribir a mano.

Escribo todo esto tras leer este artículo en El País de hoy:

En él, los escritores Antonio Muñoz Molina, Sergio Ramírez, Brenda Navarro, Leila Guerriero y Julio Llamazares hablan sobre cómo escriben. Todos coinciden: escriben a ordenador. Algunos, incluso, dictándole al ordenador las palabras. Me sumo a ellos, a pesar de que nunca he probado el dictado de voz. Aunque he de reconocer que tomo notas y apuntes «a mano», en realidad no hay papel de por medio: utilizo el Pencil del iPad. Después, casi de inmediato vuelco esas notas a Scrivener, que, gracias a que se sincroniza con distintas plataformas, me permitirá continuar en el MacBook, donde culmino el proceso.

Tras las primeras versiones en bruto en el iPad, lo que me permite escribir en cualquier momento y lugar, insertar imágenes de esas notas o apuntes fotográficos para escenarios o personajes, paso al ordenador, donde la revisión es más exhaustiva. En mi última novela, Yo maté a vuestro hijo, utilicé por primera vez la función de Locución para «escuchar» la narración, y eso que esa voz mecánica y sin alma tira mucho para atrás.

Al final, creo que cada uno emplea lo que mejor le conviene según su comodidad. La imagen del escritor en su estudio, pluma estilográfica en ristre y un montón de hojas en blanco aguardando sobre la mesa, quizá queda ya muy lejos. Pero si de ahí sale una buena historia, que —nunca lo olvidemos— es de lo que se trata, pues bienvenida sea.

Y usted, lector que escribe, escritor que lee, ¿con qué te sientes más a gusto? ¿Con lápiz, bolígrafo, móvil, ordenador, máquina de escribir…?

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