Introducción a «Quintiliano, el pedagogo»

Esta es la introducción de mi ensayo Quintiliano, el pedagogo. Didáctica para profesores modernos, que en la actualidad se encuentra en preventa en el siguiente enlace:

Desde ya te lo digo. O, más bien, te lo advierto. Y empiezo por blandir un argumento de autoridad: «En ninguna materia puede aspirarse a la perfección, sino pasando por los principios[1]».

Es obvio que, para llegar a 100 km/h, primero hay que arrancar el coche. Tardará más o menos tiempo en alcanzar esa velocidad, dependiendo del motor y de nuestra pericia con los pies y con el cambio de marchas, pero llegar llegará. Cualquier coche.

Aunque dejemos a un lado la mecánica.

Hablando de cuestiones educativas, ¿hay posibilidad de alcanzar la perfección?

–Bueno, yo diría que…

La respuesta, estimado lector o lectora, y perdona que te interrumpa, es no.

Rotundamente.

Tajantemente.

Sin paliativos.

Ene-o. No.

No hay recetas mágicas en una ciencia que cambia a diario y que se enfrenta a miles y miles de niños y niñas que son diferentes, en miles y miles de contextos que también son distintos.

Como todos hemos visto (y sufrido), esa actividad maravillosa que le funcionó a tu compañera de departamento en el A y que incluso llegó a ser trending topic durante una tarde en la que te aseguró que la iban a llamar de La Ventana de la Ser para una entrevista, a ti te fracasó en el D. ¡Y la hiciste el mismo día!

O ese proyecto que gustó tantísimo en el tercer trimestre de 2.º de ESO y que casi termina con los alumnos levantándote en hombros para pasearte por los pasillos, al año siguiente –¡al año siguiente!– no consigue que levante las cejas ni el más motivado de tus alumnos.

Lo dicho: no hay recetas mágicas. No existe la perfección.

Pero entonces, te preguntarás, como yo también me he preguntado desde hace unos años, ¿por qué existe el Premio al Mejor Docente? Y, es más: ¿por qué, de repente, surgen aquí y allá tantos premios (concursos, más bien) dirigidos a profesores[2]?

La respuesta es clara y, en ocasiones, no hay más que ver quién sufraga o costea esos premios para intuir el interés que hay detrás.

Pero por si no ha quedado aún meridianamente claro, lo repito, y de nuevo con las palabras de Quintiliano: «Nec ad ullius rei summam nisi praecedentibus initiis perveniri». O lo que es lo mismo, en román paladino: «En ninguna materia puede aspirarse a la perfección, sino pasando por los principios».

Si crees en esa frase es que juegas en mi equipo y, en definitiva, llegaremos a la conclusión de que nadie puede considerarse mejor profesor que otro y que, como mucho, uno podría llegar a alcanzar ese bendito estatus después de mucho, mucho tiempo de práctica y dedicación, incluyendo los cientos de miles de momentos en los que uno se equivoca (y lo reconoce, claro) y está a un tris de tirar la toalla.

Así que, ¿reconocimientos a la carrera docente? Por supuesto. ¿Distinciones que resalten y visibilicen la labor de un equipo directivo a través de un proyecto educativo innovador y singular que reduzca el absentismo o el abandono escolar[3]? Los que se quieran y más. Pero ¿premios particulares y personalistas que no son más que la foto fija de un momento en concreto, conectado a las necesidades o motivaciones que se quieran promocionar o vender en ese instante o a la cantidad de likes que ha recibido el vídeo del candidato? Para nada.

Y esto es así porque, como te decía más arriba, no hay recetas mágicas. Nadie tiene la varita que nos asegure la atención de treinta personas que seguramente querrían estar en otra parte antes que sentadas frente a ti. ¡Y encima mientras les cuentas la problemática del autor en el Cantar de mio Cid o las perspectivas múltiples del narrador en Don Quijote de la Mancha!

Nadie sabe lo que funciona y lo que no. Y mucho menos si uno es de esos gurús educativos, coaches, terapeutas, psicopedagogos, supuestos expertos y demás caterva adscrita al paraguas financiero del banco de turno que jamás se ha puesto al frente de un grupo de adolescentes dos días seguidos para impartir materia y transmitir conocimiento.

Sin embargo, a todos nos gusta hablar de educación, seamos docentes o no, pues, antes o después, o bien hemos sido educados por alguien o bien tendremos a nuestro cargo a alguien a quien otro educará. Por supuesto, la preocupación por la educación de los individuos no es nueva (y no, no surge en Francia gracias al mayo del 68) y, tal vez, aunque no me queda demasiado claro, ahí radica el hecho de que cada nuevo gobierno que llega al poder plantea o implanta su propia Ley Orgánica sobre educación, lo que ha terminado por convertir la educación en el arma arrojadiza de todos los partidos. Por último, tampoco es nueva, aunque así nos la pinten y traten de vender, la metodología que hoy se presenta como vanguardista y reformadora.

Porque, ¿recuerdas?: nunca hubo recetas mágicas.

Así que, como lo mejor es empezar por el principio, vamos a recurrir a uno de los primeros filósofos que se preocupó por la educación. Y ese no es otro, ni más ni menos, que Quintiliano, alguien que, para más inri, nació en nuestra piel de toro en el siglo I d. C., hace unos dos mil años.

En una época esta en la que todos los avances vienen de fuera y todos los conceptos terminan en -ing -ed, no está mal recordar que hubo un tiempo, al menos sobre el papel, en el que fuimos un país nórdico o Singapur, aunque sin informes PISA de por medio.

A lo largo de este libro intentaré demostrar que los preceptos y las formas de pensar sobre didáctica y pedagogía del sabio nacido en la actual Calahorra (La Rioja) están en la base de las técnicas y sistemas de aprendizaje más actuales. En otras palabras: estamos haciendo lo mismo (¿o tal vez deberíamos?) desde hace veinte siglos. Para bien o para mal. Le añadiremos más tecnología, le pondremos más colorcitos, lo bautizaremos como ABP, Design Thinking, Aprendizaje-Servicio, Blended Learning o competencias clave, pero, básicamente, es lo mismo.

Y eso es maravilloso, ¿no crees? Porque podemos desgranar una obra como De institutione oratoria, escrita hacia el año 95 de nuestra era, y esbozar toda una metodología que perfectamente abrazaría cualquier claustro de profesores en la actualidad.

Asimismo, procuraré transmitirte mi idea de que la base de toda educación es enseñar a hablar bien, lo que se conocía antes y conocemos hoy como oratoria (un arte que, aunque se explica en la asignatura de Lengua, apenas se enseña o se practica y termina pasando sin pena ni gloria a lo largo del curso académico), acompañando ese hablar bien con la perfecta comprensión de aquello que se lee. Por supuesto, esa idea ya está en Quintiliano:

Reduciéndose, pues, este estudio [la gramática] a dos cosas tan solas, que son: saber hablar y explicar los poetas, más es lo que encierra en el fondo, que lo que manifiesta. Porque el escribir va incluido en el hablar, y la explicación de los poetas supone ya el leer correctamente, en lo cual se incluye la crítica.

libro I, capítulo IV, i

Es decir, las cuatro destrezas básicas de la lengua: expresión oral, comprensión lectora, expresión escrita y comprensión auditiva. A lo largo de este libro veremos que también en Quintiliano está la base de lo que algunos autores han propuesto llamar destrezas mixtas: la interacción y la mediación[4].

Por último, me centraré en la asignatura de Lengua Castellana y Literatura, desde la etapa primaria y hasta el bachillerato, pues es la que mejor conozco, sin menoscabo de que las actividades propuestas en las siguientes páginas, los recursos, las ideas y las sugerencias –algunas de ellas filtradas y actualizadas por el paso del tiempo, pero ya esbozadas en el texto original del calagurritano– puedan extrapolarse a cualquier otra asignatura. Porque el fin es el mismo, el que debería perseguir cualquier docente, naciera en el año 47, en 1974 o en 2026: formar hombres y mujeres buenos, instruidos, con pensamiento crítico y ávidos de conocimiento que hagan de este mundo un lugar mejor donde vivir.


[1] Quintiliano, Instituciones oratorias, proemio al libro I. Traducción de Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier, publicada en 1916 en dos tomos por la imprenta madrileña de Perlado Páez y compañía. Disponible en línea. Todas las citas siguientes de Quintiliano corresponden a esta edición.

[2] Una simple búsqueda en internet nos ofrece, y solo en España o dirigido a profesores que trabajen en nuestro país, más de una decena de dichos premios.

[3] Y que conste que aquí no me refiero al llamado «fracaso escolar», tristemente vinculado a los alumnos repetidores o a las malas notas de un estudiante.

[4] Cortés Moreno, M. (2015). «Reflexiones en torno al clásico modelo de las cuatro destrezas lingüísticas: propuesta de un nuevo modelo». En Decires, Revista del Centro de Enseñanza para Extranjeros, vol. 15, núm. 18, primer semestre de 2015, pp. 45-62. Recuperado de: http://revistadecires.cepe.unam.mx/articulos/art18-6.pdf

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