Sergio Mira Jordán

«La corbeta “Gloria Scott”»

Un caso de juventud

Esta es, haciendo justicia al orden cronológico, la primera aventura de Sherlock Holmes, un caso de juventud, cuando el famoso detective tenía 20 años y todavía estaba en la universidad. Allí aguantó solo dos años. El relato fue publicado por Arthur Conan Doyle en abril de 1893 en The Strand Magazine, ilustrado por Sidney Paget. El año siguiente aparecería, junto con otros once relatos más, en el volumen Las memorias de Sherlock Holmes. El caso de «La corbeta Gloria Scott» tiene una particularidad que lo hace diferente entre el resto de las historias: es de las pocas, poquísimas, que está narrada en primera persona por el propio Sherlock Holmes.

En efecto, tras una breve introducción en la que Watson explica que, durante una noche de invierno junto a la chimenea, su compañero sacó unos papeles, entramos en faena. Son los archivos que culminaron con la muerte —de terror— del juez Trevor, un hombre fornido, padre de Víctor Trevor, compañero y amigo de Holmes. El mensaje que supuso su muerte es el siguiente, usando la traducción de la editorial Cátedra:

La negociación de caza con Londres terminó. El guardabosques Hudson ha recibido lo necesario y ha pagado al contado moscas y todo lo que vuela. Es importante para que podamos salvar con cotos la tan codiciada vida de faisanes.

Con este inicio trepidante (Sherlock Holmes lleva siete años de vida editorial, así que es interesante conocer sus inicios) y un mensaje a todas luces cifrado, es el detective quien toma la palabra hasta el final del relato. Estamos, por lo tanto, con una técnica narrativa bien conocida, la mise en abyme que ya mencionamos en la anterior entrada: una historia dentro de otra.

La trama nos sitúa en el final: la muerte de alguien (el juez Trevor) y el cómo (tras leer ese mensaje). El interrogante es claro: por qué. ¿Por qué habría de morir alguien tras leer unas líneas a simple vista tan inocentes? «Despierta usted mi curiosidad», le dice Watson. Y también la nuestra como lectores.

Holmes cuenta que, tras un accidente con el terrier de Víctor Trevor que lo deja convaleciente e inmovilizado, terminan haciéndose íntimos amigos y Víctor lo invita un mes de verano a la casa de su padre en Donnithorpe, condado de Norfolk. El juez (juez de Paz) Trevor, al que Conan Doyle trata de «viejo», tiene 53 años y es viudo. Sin comentarios lo de anciano…

Era un hombre de escasa cultura, pero con una buena dosis de fuerza bruta, tanto física como mentalmente. Apenas había leído un libro, pero había viajado mucho, conocía el mundo y recordaba todo lo que había aprendido. Era un hombre de aspecto corpulento.

Con esta caracterización viene a quedar claro que es prácticamente imposible que le diera un simple ataque al corazón (aunque poco después afirma el hombre que no está muy bien de él) o estuviera débil de salud. Es evidente que ese mensaje ha de esconder algo de mayor gravedad.

Una noche, mientras cenan, el juez Trevor le pide a Holmes que le muestre esas dotes de deducción y observación. Y Sherlock acierta en todo: teme por su vida (ha vaciado su bastón y colocado en su interior plomo), boxeó en su juventud (tiene las orejas aplanadas), ha cavado mucho (el hombre hizo su riqueza en las minas de oro), ha viajado a Nueva Zelanda y Japón… y «ha estado asociado íntimamente con alguien cuyas iniciales eran J.A.», lo que provoca el desvanecimiento del juez.

Cuando recobra la consciencia, Holmes le explica a Trevor padre que vio un tatuaje medio borrado en el codo con esas letras. El juez lo achaca a un viejo amor.

A la mañana siguiente, cuando se hallan tomando el sol en unas hamacas, la criada anuncia la llegada de un hombrecillo enjuto que no se presenta. Trevor lo reconoce enseguida: se trata de Hudson, quien acaba de desembarcar tras llevar dos años en el mar. El lector también reconoce el nombre de inmediato: aparecía en el mensaje que lo llevará a la muerte. Hudson saca a relucir el nombre de un conocido común: Beddoes, otro marinero. Ambos terminan borrachos, imaginamos que recordando viejos tiempos.

Sherlock abandona la casa, pero casi dos meses después Víctor lo reclama a él y a sus consejos «con urgencia». Cuando se reencuentran, de nuevo, otra minihistoria dentro del relato. Trevor hijo le cuenta a su amigo que su padre empleó a Hudson, primero de jardinero, luego de mayordomo, hasta que Hudson casi se adueña de todo: tanto de la casa como del propio juez. Tras un encontronazo con Víctor, Hudson abandona la casa para irse a vivir con Beddoes, dejando a su antiguo compañero «en un estado de nervios lamentable».

Y la situación empeoró. La noche antes a la llegada de Sherlock llegó una carta con matasellos de Fordingbridge.

Mi padre la leyó, se echó las manos a la cabeza y empezó a dar vueltas por el cuarto como quien se ha vuelto loco. Cuando conseguí por fin tenderlo sobre el sofá tenía la boca y los ojos torcidos hacia un lado y vi que le había dado un ataque.

El mensaje, que Holmes lee por vez primera cuando el juez Trevor ya ha muerto, lo conoce el lector desde la primera página del relato. Fijémonos de qué modo Conan Doyle lleva acompañándonos en su relato: llevamos la mitad de «La corbeta Gloria Scott» y apenas nos hemos dado cuenta. El futuro detective solo tarda unos minutos en dar cuenta de cómo despejar la incógnita. Había que leer una de cada tres palabras. He aquí la solución:

LA negociación de CAZA con Londres TERMINÓ. El guardabosques HUDSON ha recibido LO necesario y HA pagado al CONTADO moscas y TODO lo que VUELA. Es importante PARA que podamos SALVAR con cotos LA tan codiciada VIDA de faisanes.

LA CAZA TERMINÓ. HUDSON LO HA CONTADO TODO. VUELA PARA SALVAR LA VIDA.

La última parte del relato la compone la explicación de todo: «el secreto que hacía que estos dos hombres acaudalados y respetados estuvieran a merced del marinero Hudson». Otro relato dentro del relato, aquí incluso con cambio de tipografía.

El juez Trevor —que en verdad se llama James Armitage— fue condenado, por un asunto económico, treinta años atrás. Lo mandaron a Australia, a bordo del Gloria Scott. Allí conoce a otro preso, que plantea un motín, del que, tras una masacre de explosiones y disparos, solo sobrevive un marinero: el tal Hudson. Los dos presos huidos, Evans y Armitage, terminan en Australia. Allí se cambiarán los nombres. Ahora serán Trevor y Beddoes y harán riqueza encontrando oro y volviendo a Inglaterra para tener una vida próspera y tranquila. Sin embargo, Hudson termina encontrándolos y chantajeándolos para comprar su silencio. Lo que acaba matando al juez Trevor y, entendemos también, a Evans.

El relato «La corbeta Gloria Scott» es sencillo —Conan Doyle los tiene mucho mejores—, y únicamente podríamos destacar ese mensaje cifrado, que es difícil de componer en el original y mucho más de plasmar en la traducción. La historia que lee Holmes, escrita por Trevor, es un ejemplo perfecto de narración de aventuras, aquí, como si de una matrioska se tratara, dentro de otra narración. De este modo, parece más bien una anécdota, una excusa, una trama rápida para un autor que ya empezaba a cansarse de su personaje.


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Una respuesta a ««La corbeta “Gloria Scott”»»

  1. […] Doyle en mayo de 1893 en The Strand Magazine; es decir, un mes después del caso del que hablé la semana pasada, también ilustrado por Sidney Paget, y tiene un aire a Edgar Allan Poe. Como sabemos, en 1894 […]

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