Sergio Mira Jordán

«Los trazos que hablan»

Historia y necesidad de la escritura a mano

José Antonio Millán (Madrid, 1954) es lingüista e investigador. Su libro más reciente salió publicado hace unos meses, en noviembre de 2023, y lleva por título una metáfora preciosa de lo que supone la escritura a mano: Los trazos que hablan, editado por Planeta. El subtítulo («El triunfo y el abandono de la escritura a mano») es toda una declaración de intenciones.

El ensayo se divide en diez partes que recorren —en capítulos breves de apenas seis o siete páginas— desde los orígenes de la escritura hasta este presente en el que apenas nada escribimos a mano, pasando por los elementos que se han hecho servir para escribir o sobre los que se ha escrito: piedra, tablillas, punzones, pergaminos, plumas de ave, lápices, papel, estilográficas, bolígrafos… Todo ello acompañado de una profusa documentación que incluye textos, fotografías de grafitis, escaneados de páginas, carteles, murales, etc.

Los trazos que hablan es una aproximación general para el no entendido (el hecho de que las notas estén al final y solo incluyan referencias bibliográficas es un acierto), aunque, igualmente, para alguien formado podría ser algo redundante. Aun así, he refrescado muchas nociones y, de nuevo, la abundancia de citas textuales es un punto a favor, lo que convierte al ensayo de Millán en una obra a la que recurrir en futuras clases.

Sin embargo, lo que más destaco del ensayo es la reflexión que nos lanza en esta época en la que hay quienes, en X/Twitter y —peor todavía— en facultades de Educación, propugnan el abandono de la escritura manual aduciendo que no sé qué comparación absurda con las calculadoras y el cálculo mental.

Como se pregunta el autor en el prólogo,

¿Quién necesita escribir a mano, si todo el mundo tiene ordenador o, al menos, un teléfono móvil? ¿Para qué gastar tiempo y esfuerzo en algo que sería tan inútil a estas alturas como enseñar latín? Si los padres guasapean a los hijos, y estos chatean entre sí; si las empresas mandan y reciben correos electrónicos; si además cada vez se usan más mensajes de voz en vez de escribirlos, y encima existen programas que convierten fácilmente la voz en texto (como en Her), ¿qué necesidad hay de saber trazar a mano las letras?

Esta es la excusa (que parte de la utilidad inmediata de lo que se aprende en la escuela) que alegan quienes piden que los niños no aprendan a escribir a mano, sino directamente a ordenador. Porque, si yo ya no escribo a mano, ¿qué necesidad hay de que la próxima generación sepa? Curioso argumento, máxime partiendo de personas que saben escribir a mano y aprendieron a hacerlo en la escuela. De nuevo, ¿por qué evitamos que puedan aprender algo que nosotros sabemos? ¿Ignorancia o egoísmo?

Sobre la utilidad, el breve ensayo del malogrado Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2013) debería dar la clave. Lo leí el año pasado y debería ser de esos libros que todo pedagogo, maestro o profesor habría de tener como lectura de cabecera, el faro que guíe su propósito educativo.

Interesantes también son las alusiones al nivel de alfabetización que se ofrecen en el texto. Y digo interesantes porque a veces perdemos un poco la mirada. Durante nuestros estudios, leemos y vemos inscripciones, tablillas, documentos, papiros… desde la Antigüedad, y quizá podamos pensar que el nivel de educación era aceptable (asumiendo, claro, que no era alto). Todo lo contrario:

En una sociedad en la que era tan dominante la cultura escrita como la de Mesopotamia (que nos ha legado más de medio millón de tablillas), puede que las personas que supieran escribir y leer no superaran el 5 por ciento. En Egipto sería ligeramente superior, y el cálculo es el 7 por ciento. En la sociedad más brillante del mundo antiguo, la de las ciudades griegas de los siglos -IV a -I, y si contamos a mujeres y campesinos, los alfabetizados no llegarían al 50 por ciento, mientras que en Roma hacia los siglos I y II estaría por debajo del 10 por ciento.

Avanzando en el tiempo, y ya solo referido a nuestra península, se informa que hacia el año 1500 la población alfabetizada sería en torno al 4 y el 9 % y que, en 1887, «sabía leer y escribir […] el 52,2 por ciento de los hombres y el 24,9 por ciento de las mujeres», cifras que «seguían muy por debajo de las de otros países europeos: la situación que en este momento tenían países como Gran Bretaña, Holanda o Alemania no la alcanzaría España hasta 1930».

Y llegados a ese año la situación mejoró, aunque no demasiado:

En el censo de 1930 se contabiliza un 42,3 por ciento de población analfabeta, con mayor proporción entre las mujeres (el 47,5 por ciento para el conjunto de la población femenina).

Hoy en día, con las leyes educativas de escolarización obligatoria, los niveles de alfabetización rozan el 100 %. Pero existen voces —y se hacen oír demasiado— que piden que los niños no aprendan a escribir a mano.

La tecnología actual permite dictarle al teléfono o al ordenador y que este vaya reproduciendo por escrito, incluso con los signos de puntuación más o menos colocados, lo que decimos. La revisión posterior es necesaria, aunque todo hace indicar que mejorará. Igualmente, la inteligencia artificial (ChatGPT, entre otros) posibilita la creación de textos escritos de buena calidad a partir de unas simples notas. De nuevo aquí, la revisión posterior es obligatoria, así como saber expresar claramente las instrucciones que se le dan a la IA. ¿Y si todo esto, llegado un futuro próximo, se convierte en «un sistema que integre la entrada por voz con la versión tipográfica de nuestra escritura manual»?, se pregunta José Antonio Millán.

Los trazos que hablan se vuelve más interesante en las últimas secciones, dedicadas a cómo se aprende y cómo se enseña a escribir en la actualidad, aunque ya advierte el autor que aquí cada maestrillo tiene su librillo y que, más allá de que la normativa promueva que el niño llegue a primaria sabiendo leer y escribir, cada comunidad autonoma e incluso cada centro o aula hace lo que buenamente puede y quiere. Y, por ello, encontramos maestros que enseñan letra ligada, letra cursiva o letra de imprenta.

Una primera consideración es que la enseñanza de la cursiva es mucho más laboriosa: implica dominar las ligaduras entre letras, así como trazados especiales para las mayúsculas. Por otra parte, la mayoría de las letras que vemos a nuestro alrededor son «de imprenta», ya sean en los libros o en las pantallas de los ordenadores. ¿Qué sentido tendría enseñar cursiva cuando apenas si existe en nuestro entorno? Sin embargo, la investigación demuestra que no parece haber un auténtico problema con aprender una letra cursiva que no está presente alrededor.

Y así es. La inmensa mayoría de quienes ahora están leyendo estas líneas ha aprendido a escribir una letra que dejamos de ver y leer a los seis o siete años. Y aquí seguimos.

Lo que sí se puede afirmar es que, con independencia de la letra escogida, hace falta dedicar mucho tiempo del aula a una instrucción estructurada y a la práctica, y que hay que atender a la edad de los niños para diseñar los ejercicios necesarios.

De este modo, cuantos menos alumnos haya en una clase de primaria (y en cualquier otra) mucho mejor, para poder atender de manera individual en estos primeros años al aprendizaje de cada niño y niña y adecuarse a la madurez de cada uno.

El objetivo, por supuesto, es automatizar la producción gráfica de las letras con el objeto de que el alumno se pueda dedicar a continuación a cuestiones como la ortografía, léxico y producción de ideas.

Pero es evidente que hay que enseñar y practicar la escritura a mano, pues «la escritura manual moviliza más y diversas áreas cerebrales que la pulsación de teclas». No hacerlo, para mí, es caer en negligencia.

El manuscrito exige una psicomotricidad fina de la mano dominante. […] El teclado moviliza ambas manos con una motricidad más tosca, y una implicación cerebral que tiene más puntos en común con actividades como tocar la batería.

Esto último, lo de movilizar ambas manos, lo podríamos coger con pinzas, porque, en la actualidad, ¿cuántos estudiantes universitarios escriben a ordenador con todos los dedos de ambas manos? ¿Cuántos adolescentes solo escriben con los dos pulgares? ¿Cuántos adultos no escriben —escribimos— en la pantalla de las tabletas o en el ordenador con solo dos o tres dedos de cada mano?

Y se podría alegar que no importa, porque nos hacemos entender, cada uno va a la velocidad que va (y habrá chavales que escriban con dos dedos en el teléfono móvil muchísimo más rápido que un adulto). Pero es una reducción al absurdo.

Por ejemplo, el ensayo nos ofrece ejemplos de producciones escolares. Y destaco una: una carta escrita a mano. Habrá quien diga (y lo peor, lo afirman con rotundidad) que es una bobada mandar a un niño escribir una carta a mano cuando ya nadie escribe cartas a mano. Sería mejor, dirían ellos, que escriban un correo electrónico. Pero en la escritura a mano, en esa creación epistolar

se ve la adquisición de habilidades tanto en lo formal (alineación de las palabras, separación de algunos elementos), como en su estructura (saludo, despedida y firma). La ortografía, la puntuación y la acentuación aún no están plenamente adquiridas, pero muchas de las funciones comunicativas del escrito, empezando por su legibilidad general, se cumplen bien.

En nuestro mundo desarrollado, occidental y plenamente tecnológico y digital, escribir a mano es un acto de rebeldía. Los trazos que hablan nos muestra algunos ejemplos de resistencia:

  • El Ayuntamiento de París creó en 2019 una iniciativa en colaboración con Correos, que consistía en escribir cartas a mano.
  • En Estados Unidos se celebra cada 23 de enero, desde 1977, el National Handwriting Day, fecha de nacimiento de John Hancock, firmante de la Declaración de Independencia, festividad apoyada desde 2015 por la firma de bolígrafos Bic.

Parece que hemos vuelto a los orígenes del castellano, cuando el idioma aparecía en anotaciones al margen de textos. Escribimos poco a mano, muy poco: alguna breve nota pegada en la nevera, la lista de la compra (cuando no se hace directamente en el móvil o en alguna app), un pósit dejado en la mesa de alguien. José Antonio Millán aboga, al final de su ensayo, por las notas manuales, más que nada porque, aunque haya libros electrónicos que permitan las notas, ¿qué haremos cuando desaparezca esa marca de ebook o cuando la obsolescencia se lleve como un tsunami todas nuestras anotaciones?

La reflexión final también es apropiada, sobre todo en estos tiempo de inmediatez inmediata:

No van a funcionar siempre y constantemente las caras y contaminantes infraestructuras que soportan nuestras redes digitales, y convendría que ante una interrupción de los sistemas de comunicación hubiera algún repuesto.

Algo similar me planteé en mi ensayo Quintiliano, el pedagogo. Didáctica para profesores modernos (Libros.com, 2021), figura que aparece también muy citada en el libro del profesor Millán: puedo perfectamente leer los cuentos que escribí a mano cuando tenía nueve o diez años, pero ya es del todo imposible acceder a los trabajos de universidad que quedan en esos obsoletos disquetes de 3 pulgadas y media.

Escribir a mano, concluye Los trazos que hablan, nos iguala con el resto del mundo y promueve una Humanidad menos dividida. Si continúa esta tendencia a eliminar la escritura manual en favor de la tecnología, la élite cultural seguirá estando formada y el resto de los mortales nos tendremos que conformar con una tecnología cara, poco accesible y poco democrática. Enseñar la escritura a mano es dar, de base, la misma oportunidad a todo el mundo. Y dejar que cada uno decida cuando crezca lo que crea más conveniente.


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