Sergio Mira Jordán

«La banda de lunares»

Un misterio de cuarto cerrado

Este caso es el que sigue inmediatamente en el tiempo a la novela Estudio en escarlata, de la que ya hablamos aquí. El relato «La banda de lunares» se publicó en febrero de 1892 en The Strand Magazine, fue ilustrado igualmente por Sidney Paget y, para Conan Doyle, era su mejor historia. Al final de ese mismo año se publicaría en el volumen Las aventuras de Sherlock Holmes, convirtiéndose en un nuevo ejemplo de lo que viene a llamarse «misterio de cuarto cerrado». Es este un enigma clásico que han cultivado todos los escritores de novela policiaca, desde Poe hasta Leroux, desde Chesterton a Ellery Queen, desde Umberto Eco a Pérez-Reverte. Es un tema recurrente y este caso, uno de los «más extraordinarios», según palabras de Watson, es un buen ejemplo de ello.

El relato que nos ocupa transcurre en abril de 1883, dos años después de los acontecimientos narrados en Estudio en escarlata. Todo empieza cuando «una dama vestida de negro y con el rostro cubierto por un espeso velo» llega a Baker Street. Se llama Helen Stoner y está aterrorizada.

De hecho, la estructura del cuento es clara. Por un lado, una primera parte, que transcurre en el salón de Holmes y Watson, donde la joven, de treinta años y preocupada por la muerte de su hermana gemela en unas circunstancias extrañas (que ahora, dos años después, se le repiten a ella), plantea los antecedentes y el problema. Por otro lado, la resolución del conflicto en la segunda parte de la historia. Esta división no es física ni aparece en la narración, pero la trama así está construida. Además, el cierre de esa primera parte se lleva a cabo con una frase que esconde cierta vis cómica del detective. Cuando Sherlock le pide a Watson que lo acompañe, dice:

Le agradecería mucho que se metiera el revólver en el bolsillo. Un Eley n.º 2 es un excelente argumento para tratar con caballeros que pueden hacer nudos con un atizador de hierro. Eso y un cepillo de dientes, creo yo, es todo lo que necesitamos.

En «La banda de lunares» (que son las últimas palabras de la joven July antes de caer desmayada y, posteriormente, morir), la habitación cerrada es, como en todas las historias del ramo, física. Aquí se da en el dormitorio en el que murió la chica, una estancia de muros macizos, cerrada con llave ante la presencia de un guepardo y un babuino sueltos, con una chimenea enrejada y ventanas cerradas con postigos con barras de hierro. El misterio sube de nivel cuando los días anteriores a su muerte July afirma haber escuchado un silbido a eso de las tres de la madrugada y un golpe metálico, «como si se hubiese caído un objeto de metal». En realidad, eso es precisamente lo que mueve a Sherlock a aceptar el caso. Se cumple, pues, lo que nos dijo Watson al inicio: se trata de un caso extraordinario.

Imagen de coastalsherlockians.wordpress.com

Antes de que Sherlock y Watson salgan para la mansión de Stoke Moran, en la localidad de Leatherhead (condado de Surrey, al sur de Inglaterra), ambos reciben la visita del doctor Grimsby Roylott, el violento y perturbado padrastro de Helen. Pronto descubre que tiene un motivo suficiente para hacer que July y ahora su otra hijastra mueran: según el testamento de su difunta madre, en el momento de casarse, las dos dejarían de percibir la asignación anual que tienen asignada.

Es decir, si se casan, Roylott pierde dinero. Y resulta que July iba a casarse en breve, al igual que Helen ahora. Normal que esté atemorizada. Además, los antecedentes del padrastro son también violentos: en la India mató a golpes a su mayordomo y «la semana pasada tiró al herrero del pueblo al río». Esto y el hecho de que el hombre deje vivir en sus tierras a un grupo de gitanos (que llevan pañuelos adornados con lunares) ponen sobre la mesa las cartas y los despistes necesarios para construir un enigma perfecto.

Una vez en la mansión, Sherlock Holmes pide inspeccionar los dormitorios. Padrastro e hijastras duermen en el mismo pasillo, en habitaciones contiguas: todos en la planta baja del ala derecha, primero la del doctor, luego la que fue de July y, por último, la de Helen. Están de obras en el edificio, por lo que ahora Helen duerme en la antigua habitación de su hermana.

—Por cierto, no parece que haya una necesidad urgente de reparaciones en ese extremo del muro.

—No había ninguna necesidad. Yo creo que fue una excusa para sacarme de mi habitación.

Holmes descubre algunos aspectos curiosos en la habitación que ocupaba la gemela muerta: hay un conducto de ventilación que no conduce al exterior sino a la habitación del doctor y existe un llamador en forma de campanilla que no funciona.

El cuarto del doctor arroja más enigmas. Hay una caja fuerte con papeles de negocios del padrastro y, sobre ella, un platillo de leche para el guepardo y el babuino. Junto a la cama, un látigo para perros, con un lazo corredizo en el extremo.

El misterio se desvelará esa misma noche. Habla Holmes:

En cuanto regrese su padrastro, usted se retirará a su habitación, pretextando un dolor de cabeza. Y cuando oiga que él también se retira a la suya, tiene usted que abrir la ventana, alzar el cierre, colocar un candil que nos sirva de señal y, a continuación, trasladadas con todo lo que vaya a necesitar a la habitación que ocupaba antes.

Todo marcha según el plan. Esa noche de vigilia las horas pasan para Holmes y Watson en la habitación que está junto a la del doctor Roylott.

De pronto se produjo un momentáneo resplandor en lo alto, en la dirección del orificio de ventilación, que se apagó inmediatamente; le siguió un fuerte olor a aceite quemado y metal recalentado. Alguien había encendido una linterna sorda en la habitación contigua. Oí un suave rumor de movimiento, y luego todo volvió a quedar en silencio, aunque el olor se hizo más fuerte. […] De repente se oyó otro sonido… un sonido muy suave y acariciador, como el de un chorrito de vapor al salir de una tetera.

En esas, Holmes salta de la cama, enciende una cerilla y golpea con furia el cordón de la campanilla con su bastón. En la habitación de al lado está la solución… y el doctor muerto. La banda de lunares era una víbora de los pantanos, una daboia russelii, «la serpiente más mortífera de la India», que vemos aquí abajo en una imagen de Wikipedia.

Las páginas finales del relato sirven para que Conan Doyle nos explique los entresijos de una relato-enigma. Hay que desviar la atención y la presencia de los gitanos cerca de la casa cumple esa función. Y casi logra también despistar a nuestro héroe.

Pero es una simple maniobra de despiste. Como la de utilizar el veneno de la serpiente, «una clase de veneno que los análisis químicos no pudieran descubrir». Análisis químicos de la época, claro está, y poca visión del médico que inspeccionara el cadáver, incapaz de descubrir los dos pinchazos de la mordedura. Hoy sabemos que no pasaría, por lo que, de haberse ambientado en la actualidad, «La banda de lunares» habría terminado a los pocos días de fallecer July. Hoy el padrastro no podría haber planeado un nuevo crimen.

En definitiva, este relato de Sherlock Holmes es un divertimento, una narración bien planeada y elaborada pero que no pasará por ser de las mejores de la producción de Conan Doyle.


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Comentarios

Una respuesta a ««La banda de lunares»»

  1. […] Holmes. Como otras historias de las que ya hemos hablado (como «El ritual de los Musgrave» o «La banda de lunares»), iba ilustrada por Sidney Paget. En la introducción del relato se citan dos obras, la novela […]

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